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Optimismo


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29/11/2013

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Por mucho que me guste una persona, y quiera estar con ella, hay algo a lo que nunca, y por nada del mundo, he renunciado, seguramente porque no se trata de un capricho sino de una pura y simple necesidad. No ha sido ningún secreto para aquellos que me han conocido un poco íntimamente: cada cierto tiempo, cada dos o tres días, necesito retirarme y estar solo. A veces lo hago durante un par de horas; en otros momentos, mi pasión por la soledad, o mi necesidad de la misma, me suele durar varios días, y hasta semanas. Entonces, y ahora en este mi último hogar más todavía, incluso me molesta salir al comedor y tener que sentarme con alguien. Procuro aquí, en mi penúltima morada, llegar el primero, cuando todavía no hay casi nadie ante la mesa, comer rápidamente y marcharme enseguida. En estos lugares tener un poco de intimidad resulta un tanto complicado. Eso fue lo que le expliqué a don Benito la siguiente vez que nos reunimos.

-Sí, me imagino -me dijo él- que aquí sucede lo mismo que en los hospitales.

-Nunca he pasado una noche en un hospital, así que no se lo puedo decir.

-¡Ah, pues ya puede usted dar gracias! Debe de tener usted una salud de hierro.

-Empecé a medicarme siendo relativamente joven; y ya sabe lo que se dice por ahí: quien enferma de joven, vive muchos años.

-Pues aquí se ve que todos comenzaron a medicarse en la adolescencia. Hay gente muy mayor -replicó sonriendo.

-Sí, pero es que todos estos son de un grupo antisistema -le dije bajando la voz, como si estuviera intrigando-: llevan una vida artificial, una vida mantenida con drogas, bebedizos y demás brujerías, pues están intentando arruinar al estado ya que este les tiene que abonar sus pensiones. Todas las pensiones se las pasan a los hijos, que están en el paro, o a organizaciones que luchan por la liberación de algo o de alguien.

-Normal -respondió don Benito sin dejarse intimidar por mi broma y sin bajar la voz-. Yo también lo hago. Tengo un hijo en el paro, y otro que se está planteando o meterse fraile o ingresar en el ejército. Para esto último es un poco mayor, y para lo otro, no le veo vocación. Y además, no tiene ni idea de latín.

-Entonces lo tiene un poco crudo, y lo digo por la vocación, que no por el latín, que lo ignora ya hasta la madre que lo parió. La posible salvación de su hijo está en si posee algún pedazo de tierra en algún pueblo. Si va allí y la trabaja, al menos podrá comer. Economía de subsistencia se llama eso.

-Sí que la tiene. Y eso que dice usted es una buena solución. Yo también pensé de joven dejarme mi trabajo, que no me satisfacía mucho, y retirarme al campo. Pero no lo hice.

-¿Y se arrepiente ahora?

-No, no me arrepiento. Tenía hijos, y no podía marcharme a un lugar alejado de institutos, universidades, academias, gimnasios, conservatorios y demás. Si hubiera estado solo, tal vez lo hubiese hecho. Y digo tal vez. La vida en una aldea tiene que ser un poco dura ¿Le atrae a usted la vida del pueblo?

-No, en absoluto. Y eso que soy de pueblo, o por eso mismo. A mí me gusta la capital. Creo -dije entornando los ojos- que el lugar donde me hubiese gustado vivir es en París o en una ciudad similar.

-No sé. A mí esas grandes capitales me gustan, pero para ir un día o un fin de semana a ver museos, o cine, o lo que sea; pero quedarme a vivir allí... Demasiado jaleo. ¿Y cómo compaginaría usted una gran ciudad con esos ataques de misantropía o de soledad que le dan?

-En una gran capital es muy fácil estar solo. Lo difícil es lo contrario.

-Sí, tiene usted razón. En realidad en esta sociedad no es que sea fácil estar solos, es que estamos solos.

-Yo creo que estamos solos en esta sociedad y en la otra y en la demás allá. Me parece a mí -dije tras unos segundos de reflexión-, y le digo esto sin ningunas ganas de ponerme sentimental, que la única forma de salir de la soledad es a través del amor. Y también, quizás, de la amistad. Ya estamos con las grandes palabras; tratémoslas con naturalidad.

-No lo sé -me respondió ignorando mi última reflexión sobre las palabras-. No le sabría contestar. Yo a veces me quedo mirando hacia el pasado, y dudo de haber estado enamorado de mi mujer. Dudo de haber despertado el amor de ella o de otras personas. Y dudo de haber querido a alguien. Creo que ya dudo de todo. A veces hasta dudo de mi existencia.

-¿No lo quieren sus hijos? -pregunté un tanto tímidamente.

-Creo que sí. Quiero creer que sí. Pero tal vez las cosas no han sucedido como yo me esperaba, o yo no he sabido adaptarme muy bien a los acontecimientos que me han ido sucediendo. Espero que me comprenda.

-No sé si lo comprendo o no. Aunque intuyo por donde van los tiros.

-Mi mujer y yo nos separamos a los diez años de estar casados. Ya habían nacido nuestros dos hijos, un niño y una niña, como es preceptivo. Lo de antes, lo del hijo que quiere meterse fraile es una broma ¿Usted no ha tenido un niño y una niña?

-No. Yo he tenido un niño y otro niño. Y mis hijos me quieren mucho. Cada uno a su manera, claro. Y yo a ellos, también. Estoy aquí porque no quiero vivir con ninguno de ellos, ni convertirme en ninguna carga para nadie.

-Le alabo el gusto: lo mejor en esta vida es no deberle nada a ningún ser humano vivo. Se pide un servicio, se paga, y cada uno a su casa. Yo, a ese respecto, siempre me acuerdo de una película española en la que un señor tiene un ataque de no recuerdo qué en medio de la calle. Lo auxilia un señor que pasaba por allí, y el enfermo, recuperado, saca un fajo de billetes y se empeña en pagarle a quien lo ha auxiliado.

-No está mal. Es una buena crítica; pero es indudable que también hay gente buena que, de alguna forma, vive un poco para los demás.

-Sí, no le digo que no; yo también los he conocido. Gente, además, que poco, o muy poco, tiene que ver con quienes predican y lanzan soflamas sobre el prójimo y demás.

-Bueno, ya sabe que hay muchas personas a las que se les va la fuerza por la boca. O dicho en román paladino dime de qué presumes y te diré de qué careces.

-Lo mejor en esta vida es no presumir de nada. Yo aquí, con tantas horas por delante, no hago más que hacer balance de mi vida. Y ¿se puede creer usted que cuanto más me analizo menos orgulloso estoy de mí mismo? Podía haber hecho las cosas muchísimo mejor.

-Tal vez se deba a que es muy severo con usted mismo. Si se está autoanalizando imagino que ya sabrá que unos días nos da la impresión de haberlo hecho todo muy bien, y al siguiente que nuestra vida ha sido un verdadero desastre.

-Sí, cierto es que todos pasamos por momentos así; pero en mi caso predominan más los segundos que los primeros. Quizás esté un poco deprimido por este lugar. Tal vez cuando me adapte a él, veré las cosas de otro modo.

-No le quepa duda. Y cuente conmigo para ello.

-¿Se autoanaliza usted también?

-Sí, creo que a estas edades es inevitable. Y, bien, hay cosas en mi vida que me hubiera gustado que hubiesen sido de otra forma. Pero ya no puedo hacer nada, ni siquiera pedir perdón a las personas que molesté u ofendí. Aunque algunas personas se ofendieron y molestaron porque quisieron. Y con esos no hay nada que hacer. Una cosa solamente: mantenerse alejados de ellos. Muy alejado.

-Sí, es cierto: hay gente tan pobre, espiritualmente hablando, que sólo se sienten vivos amargándose ellos y amargando a los demás.

-No todos tenemos la capacidad de amar. Ni de gozar.

-Espero que eso no sea una indirecta. Tal vez yo no haya tenido esa capacidad; pero, desde luego, le puedo garantizar a usted que no he ido por la vida amargando a nadie.

-No era una indirecta. Es la constatación de un hecho.

-¿Ha querido usted mucho? -me preguntó con voz insegura, como temiendo estar metiéndose en un terreno peligroso. No tuve ningún reparo en responder:

-Sí, mucho. Y he sido correspondido. Quizás por eso últimamente me acuerdo de una historia, una verdadera tontería, pero que me duele...

-¿Qué sucedió? Si puede saberse.

-Le insisto que es una tontería. Y quizás fuera más interesante descubrir porqué me acuerdo ahora de esto que conocer la propia historia... Hace años, cuando yo era profesor, tendría ya mis cincuenta años cumplidos, una niña de 1º de la ESO se enamoró perdidamente de mí...

-¡Por favor!

-Ya le he dicho que es una tontería. Si quiere lo dejo estar. Hay cosas que uno se debe guardar para sí mismo...

-Perdóneme; no he querido ofenderlo. ¿Qué sucedió?

-No sucedió nada, por supuesto. Sencillamente, no sé por qué, me acuerdo ahora una y otra vez de la carita de pena de aquella niña cada vez que me veía. Había en ella una cierta desesperación, una cierta tristeza porque las cosas eran como eran y no como ella deseaba... No sé, a todo el mundo le contaba que yo tenía la mitad de la edad que yo decía y que era posible... Todo aquello ahora me asalta una y otra vez. Y me hace daño.

-A veces, demasiado a menudo, la vida es sufrimiento. Y demos gracias porque nuestro sufrimiento haya sido este y no otro.

-Desde luego. Porque también me acuerdo de alumnos que eran hijos de emigrantes... ¿Se acuerda usted de cuando los hijos de su madre de los gobernantes pusieron concertinas en las vallas de Melilla?

-Sí, me acuerdo. Hace falta tener tripas para hacer una cosa así.

-Esa historia me recordó una lectura de juventud... En quinto de bachiller creo recordar, un compañero me pasó una novela que entonces hacía furor. El Jarama se titulaba, de Sánchez Ferlosio. Cuenta la novela la historia de unos chicos que se van a pasar el día a orillas del Jarama. Y en un momento determinado ven una pared, un muro, en cuyo remate alguien ha puesto botellas rotas para que se corte quien trate de escalarla. Lo que decía sobre aquello uno de los chicos de la novela es lo que pienso yo del que ha puesto esas cuchillas en las vallas y de quien lo ha autorizado.

-Lo malo del caso es que no sirvieron para nada: la gente siguió cruzando aun a riesgo de morir desangrados o desgarrados.

-La desesperación no tiene fronteras ni alambradas. Es como la muerte: pasa por encima de todo. Ahora a quien dio la orden de poner eso lo tenían que haber pasado por encima de las concertinas un par de veces.

-Y eso que lo hizo un gobierno que estaba a partir un piñón con la Iglesia. Lo cual, bien pensado, no quiere decir nada. ¿Sabe? Yo intenté una protesta en contra de ellos, pero de forma muy pacífica: se trataba de reunirnos un grupo de personas, contra más mejor, en una plaza y organizar un rosario o una vigilia pidiendo por la muerte de nuestros dirigentes, de los políticos, y de algún que otro obispo y similar.

-Hombre, eso es una herejía.

-Depende de como se lo tome usted: si ellos son creyentes, y buenos, deberán estar convencidos de que, cuando se mueran, irán al cielo y estarán sentados a la derecha de Dios Padre. ¿Qué tiene de malo que pidamos por que se cumpla su deseo cuanto antes?

-No, visto así, de malo no tiene nada. Ahora, que le haga caso Dios ya es harina de otro costal.

-Nunca hay que perder la esperanza: torres más altas han caído.

-¡Ah! Pues si quiere usted convencemos a las cuatro beatas que tenemos por aquí y montamos una vigilia.

-Oiga, pues no estaría nada mal. Y si tenemos suerte, y nuestras plegarias son oídas, hasta nos suben a los altares.

-Tanto, tanto, no. Procedamos con un poco de mesura.

-Pues ya tenemos faena. E ilusión y ganas de vivir.

-Y de otra cosa que no digo.

-Sí, mejor nos la callamos.







Etiquetas:   Solidaridad   ·   Hijos

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