Verdad y ficción en Ricardo Piglia. A propósito del Premio Rómulo Gallegos

Uno no sabe qué pensar cuando después de una errancia por condicionamientos extra literarios el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos haya ido a parar a manos de un maestro indiscutible.

 

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Desde que en 2005 el jurado para la ocasión concediera el premio a un novel y desconocido escritor español, el recelo del mundo literario circunda el veredicto, si bien en ediciones posteriores honró a reconocidas plumas latinoamericanas: Elena Poniatowska (2007) y William Ospina (2009), ambos coincidencialmente adherentes de la izquierda continental.

 

No es conocido Ricardo Piglia particularmente por acomodarse en el mobiliario ideológico, lo que lo libera de cualquier sospecha. Habría que leer la novela premiada, porque el galardón no reconoce trayectorias sino una obra en particular publicada en el bienio correspondiente, pero quien haya leído cualquiera de las de Piglia no tendrá argumentos para no decir que el premio está muy merecidamente concedido.

 

Entre aquel incipiente Isaac Rosa que recibiera el más importante premio de novela en habla hispana en 2005 y el prolífico Ricardo Piglia que lo recibe ahora por su novela Blanco nocturno media una distancia cósmica, a la que si se asoma el  joven autor de la antes premiada El vano ayer, sentirá el vértigo del azar que lo favoreció en su momento.

 

Más allá del género

 

He rastreado la escritura de Ricardo Piglia desde que leí con juvenil asombro Respiración artificial (Pomaire, 1980). Ha sido un rastreo intermitente, con períodos largos de pausa. En su momento leí Plata quemada (Anagrama, 1997), novela  de no ficción como la llamaría alguien, investigación y escritura de un episodio policial que ocurriera entre Argentina y Uruguay; tuvo su respectiva adaptación cinematográfica.

Últimamente visito dos volúmenes suyos de reflexión sobre la literatura y sus periferias: Crítica y ficción, publicado en 1986 y El último lector (Anagrama, 2005). En ambos expone una meditada doctrina de la ficción que no se atiene a la forma y trasciende el mero género.

 

“Me interesa trabajar esa zona indeterminada donde se cruzan la ficción y la verdad. Antes que nada porque no hay un campo propio de la ficción”, escribe en Crítica y ficción, un libro que se desarrolla en forma de diálogo, suerte de “autoentrevista” del autor.

 

En esas páginas aventura la noción de que todo tipo de discurso puede ser leído como literario. Pone como principal ejemplo la ficción que es todo discurso desde el poder. Y también otros: “¿No es el psicoanálisis una gran ficción? (...) hay muchos elementos folletinescos en el psicoanálisis; las sesiones, sin ir muy lejos ¿no parecen repetir el esquema de las entregas? El psicoanálisis es el folletín de la clase media, diría yo”.

 

La lectura a prueba

 

La imagen de Jorge Luis Borges, la mirada ciega muy cerca de las páginas de un libro que sostiene; James Joyce apertrechado de un lente de gran aumento, hablan de ese lector que siente su vida extinguirse en la medida en que no puede leer. Piglia los evoca en ese libro tan revelador El último lector, en el que revisa las muchas formas en que la lectura se constata, incluso como forma de vida: “El lector adicto, el que no puede dejar de leer, y el lector insomne, el que siempre está despierto(...)Los llamaría lectores puros; para ellos la lectura no es sólo una práctica, sino una forma de vida”.

 

Alonso Quijano, el quijote, tal vez represente el revés de la moneda. Es el lector que no quiere leer más, sino convertir la lectura en acción.

“Muchas veces los textos han convertido al lector en un héroe trágico”, escribe Piglia en este libro que por tratar lo que trata es, como él dice, el más personal.

UNETE



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