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Duras condiciones de vida de los campesinos de un pueblo de la montaña
leonesa vecino a Asturias e intrigas de sus habitantes aguijadas por las
adversidades: aislamiento, pobreza, caciquismo, ignorancia para aceptar
el fraude y bravura para soportarlo todo, pero escaso coraje para
rebelarse contra lo establecido.
En un pueblo que el escritor no nombra (doce casas y sesenta o setenta
vecinos), en un verano caluroso y triste, una serie de hechos, muchos de
ellos sin ninguna transcendencia, hacen hablar a unas gentes aisladas y
solitarias. Emerge la acción, como al azar, un jueves de agosto con
pequeños e insignificantes asuntos. Un nuevo médico ha llegado a la
aldea y sus afanes corren muy distantes de los de los pequeños y
condicionados asuntos de los lugareños. Pepe es el conductor del único
coche del pueblo y concesionario del correo y del transporte de
viajeros. Pepe desearía (y lo conseguirá) instalarse en la ciudad. A
Pilar le tiene preocupada el insomnio que, como se oye decir, aproxima a
la muerte; también vive frustrada por sus insatisfechos deseos
eróticos. Un forastero que se dice representante de un banco ha llegado y
promete dar el cuatro por ciento anual de los ahorros. Amador tiene a
su hijo enfermo y su esperanza renace cada vez que llega un médico
nuevo. Don Prudencio, el cacique, está realmente enfermo, pero lo
oculta. Socorro, la criada y amante de don Prudencio, es objeto de los
deseos del médico. De manera parecida se fija el forastero en Amparo. La
jornada del sábado, mezclada con muchos hechos aislados que amplia el
número de personajes, está también dedicada a esa humilde vida: el
despertar de Antón, el de Pilar, el de Manolo, el de Amparo, el del
viajante…Pepe lleva al pastor Lorenzo a la estación; Martín y su mujer
pasan delante de la casa de don Prudencio; Antonio se afana en su
trabajo; Socorro juega con las hijas de Alfredo, y un aficionado a la
pesca de truchas recibe un tiro en la pierna por su furtiva dedicación.
El forastero cita a los lugareños en la escuela para recogerles el
dinero. El médico visita a Pilar, pero también, y con más frecuencia, a
Socorro, para ponerle las inyecciones que él mismo le ha recetado. La
jornada del domingo recoge lo específico del día de descanso, pero
destaca la pasividad, por el aislamiento, frente a la vida religiosa. No
tienen cura. El del pueblo vecino se acerca para celebrar las
ceremonias especiales como bodas y entierros. Con el comienzo de una
nueva semana seguiremos los pasos de don Prudencio por un parte, que
visita a un médico en la ciudad, y por otra, la boda de Antonio: un
brillante cuadro de costumbres que desvela la miseria de aquellas
gentes. Cuando don Prudencio vuelve en la noche del lunes encuentra su
casa vacía: su criada Socorro ha huido a la casa que el día anterior
había alquilado el médico. Es el ocaso del cacique. El despertar de los
personajes nos pone en contacto con el martes, un día muy parecido en la
técnica a las primeras jornadas, cargado de acontecimientos triviales
como el baño de unos niños o la llegada de tres asturianos, o la caza de
la trucha en la que participan Alfredo y el médico, o la visita a unas
monjas que piden limosnas para la casa de Pilar. La normalidad de los
acontecimientos se ve repentinamente truncada por el aviso al médico
para que visite a un pastor enfermo. La narración abandona el pueblo
durante dos días y sigue al médico, que parece cumplir mejor que el
anterior. A su vuelta se encuentra con el viajante del banco, que huye
de la gente una vez descubierto su engaño. Otras aldeas habían sido
también estafadas por el impostor. El médico se encarga de su custodia y
lo protege de mayores linchamientos, pero se gana la enemistad de los
vecinos y el rechazo. Queda también aislado, y Baltasar, el casero, le
reclama la vivienda. Pepe ayuda al médico y colabora para traerle
alimentos del pueblo vecino. Don Prudencio mientras tanto consume las
últimas horas de su vida en soledad y poco después muere. La subasta de
sus bienes robustece y afianza al médico, que compra la morada del
cacique, que es la casa más elevada del pueblo, desde la que se puede
contemplar a todos sin ser visto. El nuevo inquilino es justo y
caritativo e inicia una nueva época para los bravos lugareños, que día a
día construyen y soportan su existencia, pero no tan bravos porque la
abulia y la pobreza parece tenerlos destinados al sometimiento a un
cacique, aunque algo han cambiado las cosas. La bravura de los bravos
parece pura ironía. Más hay de conformismo, de acomodo que de
intrepidez.
En el pueblo no pasa nada porque en esos pueblos no suele pasar nada
que no sean esas pequeñas pasiones humanas: la mezquindad, la envidia,
la ruindad, la decadencia…Son acumulaciones de escenas aisladas, de vida
diaria objetivamente carentes de interés, pero sacadas de la banalidad
sin recurrir al tópico del tono nostálgico o pintoresco. El autor se
sitúa en la subjetividad de sus propios personajes, en una limitada
omnisciencia que solo se ocupa de visiones de conjunto y por lo demás
nada mejor que los concisos diálogos, vivos y explosivos, con un mínimo
de explicación. Son personajes que se limitan a vivir. Los hombres son
como son, y los acontecimientos han llevado hasta donde él ha contado.
La interpretación corresponde al lector y éste saca sus conclusiones de
la atmósfera que descubre, que puede ser distinta a la que descubre otro
lector porque el autor no persigue una interpretación moralizante. Los
hechos narrados son experiencias biográficas del joven novelista, cuya
familia era originaria de aquel pueblo, y su padre, el encargado de los
transportes. Esos pequeños avances de argumento, están basados en
fórmulas cinematográficas. Para Gil Casado <>. Y añade: <>. Para Domingo, <>. Dice Sanz Villanueva que la novela se viene considerando
<>. La obra debe
situarse en los orígenes de una nueva manera de novelar propia de los
años cincuenta y los sesenta que prescinde del recurrente tema de la
guerra.