Ayer por la mañana, bien temprano, nada más salir de mi habitación, en la residencia de ancianos, me encontré con un nuevo compañero, recién incorporado. Estaba sentado en una confortable butaca, en el salón de lectura, frente a uno de los grandes ventanales. No había nadie con él. Parecía observar el conocido paisaje con atención. Junto a sí, en una pequeña mesita, tenía un libro, una libreta, grande, de color marrón, cerrada por una goma roja que la recorría de arriba abajo, y una pluma estilográfica. Me llamó la atención la pluma, pues me gustan mucho. Así que me acerqué a él. También lo hice por curiosidad y cortesía, claro.



