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Una invitación al amor


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16/06/2011

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Sólo por un momento escucha… ¿qué sonidos hay detrás del silencio? ¿Cuál es la nota que se repite, una y otra vez, en la obscuridad del pensamiento?


Estamos solos, en compañía del Universo; estamos ciegos, inundados de todos los colores que la ciencia no ha descubierto; sordos ante la sinfonía profunda de una música que nadie escucha… o que sólo pocos han logrado escuchar.

Somos unidad: con el aire, la lluvia, el fuego, la Tierra, las criaturas todas que habitan en ella… somos uno con nuestro prójimo, el más distante y el más cercano, el más deseable de todos, aquél a quien más reproches y enojos guardamos. Si entendiéramos la vida como una sola manifestación divina, como una sola inigualable voluntad de Dios, tal vez, sólo tal vez, podríamos vivir en armonía…

Pero, atentando contra nuestra naturaleza de hermandad, buscamos razones para diferenciarnos, para sobresalir entre nuestros iguales. ¿Cuántos racismos no denominados pueden existir? No importa si es en razón del éxito profesional, personal, económico; pero siempre buscamos ser diferentes al otro. Sí, seguramente es uno de los caminos para lograr la individualidad; sin embargo, en esa autodeterminación, olvidamos darnos la mano para seguir avanzando, y lo hacemos caminando sobre los logros, sueños y el “bien estar” de los demás.

El racismo no radica sólo en diferenciarnos y atacarnos en razón de nuestra raza, cultura, religión o ideología política; también es en razón de nuestra educación, las posibilidades económicas, el ambiente, las circunstancias personales, el sexo…

El sufrimiento de una tribu que padece una epidemia; la angustia que vive un sector social por no tener acceso a seguridad social; los sueños rotos de un infante al ser trastocada su inocencia… todo nos afecta, en un momento o en otro, aún cuando jamás conozcamos al jefe de la tribu, a las futuras madres que mueren por no ser atendidas en condiciones de higiene o al niño que es violado a manos de un familiar. Porque todos somos uno.

Quienes tuvimos la fortuna de conocer a nuestros padres, la dicha de gozar de un sustento seguro día tras día, y la oportunidad de elegir una profesión, tenemos una obligación no sólo moral, sino también social. Estamos obligados con el resto de la población, con el mundo entero… es humanamente imposible que luchemos por mejorar las condiciones de vida del entero de la población mundial, pero sí responderemos a ese llamado moral si ayudamos al prójimo más cercano, no importa el punto geográfico que elijamos para tener esa cercanía…

Es una cadena, una cadena de ayuda la que podemos formar: ayudar al cercano, y éste, a su vez, cuando tenga la fortaleza con la que nosotros contamos ahora, responderá también ese llamado social, ese llamado del Universo.

Todos somos el mundo, somos esos niños, aquellos que de reojo vemos en el televisor, porque no nos atrevemos a ver de frente la miseria humana que nos rodea a través de las diferentes latitudes. También somos el dolor de una madre que pierde a sus hijos en guerras sin sentido, y somos las mujeres que en silencio se preguntan si habrá una vida diferente a los golpes y a la humillación… somos la tristeza del inmigrante que, con el corazón en su tierra, escindido de su materia, de un cuerpo que agoniza por extenuantes jornadas de malos tratos y sonidos extraños, olvida poco a poco la historia de su pueblo, porque duele menos… somos las lágrimas de los  enfermos terminales que no encuentran refugio en los malos tratos del personal médico que los atiende, la desesperación sin tregua de los enfermos de sida que anhelan una mirada limpia de reproche, de discriminación y altivez…

En el núcleo de la sociedad, en estricto sentido, se encuentra la familia; integrada, ésta, por un padre, una madre y los hijos. Así conformadas, se denominan “familias funcionales”, en contraposición del término común de “familia disfuncional” para referirse a las familias en donde, derivado de un divorcio, existe la elemental separación de la pareja. ¿Cuántas familias funcionales y disfuncionales nos rodean? Habrá qué revisar las estadísticas.

Por otro lado, tenemos un grueso de integrantes de la sociedad que, ajenos totalmente a los dos términos, sobreviven el día a día. Son los hijos de nadie, los hijos del viento… sin haber conocido a su padre o a su madre, o a ambos, limpian parabrisas todo el día, o venden chicles en alguna esquina… o se prostituyen con el mejor postor para llevarse un pedazo de pan a la boca, o una droga de baja calidad a su organismo. ¿Cuántos son los hijos del viento?

Y, siguiendo con el tema preferido de los economistas, esas estadísticas que dicen tan poco de la realidad social, ¿cuántos hombres y mujeres, productos de familias funcionales, disfuncionales y de los avatares del destino, han conformado un hogar –o al menos, intentado hacerlo? Y, ¿cuál es el resultado de ese esfuerzo? ¿Qué valores pueden inculcar al producto de sus relaciones? O, dicho de otra manera, ¿quién puede dar lo que nunca ha tenido?

¿Cómo pretender que el adulto de hoy sea responsable, trabajador, sin adicciones, “hombres de bien”; si en su pasado tiene recuerdos turbulentos de días de hambre, noches sin luz, violaciones, golpes, y toda clase de violencia?

No, la base de la sociedad no es la familia, sino los niños que ahora la conforman… y nos guste o no a las feministas, pseudo feministas o ex feministas, la mujer tiene una gran responsabilidad en la crianza y educación de esos hiños que hoy juegan en los parques o venden sonrisas en una esquina.

Reportes de todo tipo indican que la mayoría de la población, en distintos puntos del globo terráqueo, somos mujeres… ¿y qué estamos haciendo las mujeres por nosotras mismas? ¿Qué estamos haciendo las mujeres por la sociedad en que vivimos y sobreviven algunas? Quienes tuvimos todo a nuestro alcance para realizar u olvidar un sueño, ¿a qué nos dedicamos para retribuir esa oportunidad?

Éste no es un grito de guerra para eliminar al género masculino de la faz de la Tierra; es un grito de unión, de integración… si somos mayoría, la mayoría debe hablar.

Son tantos los lugares que nuestras manos pueden alcanzar… es cuestión de ser capaces de dar lo mejor de nosotras mismas. Las sonrisas alivian no sólo tristezas, también enfermedades; enfermedades físicas, enfermedades del alma y enfermedades necesarias, en ocasiones, para ahuyentarse de la realidad. Y el dar lo mejor de nosotras mismas genera sonrisas, de ésas que de tan auténticas iluminan todo a nuestro alrededor. ¿Qué es lo mejor que sabes hacer? ¿Cantar, bailar, bordar, leer, analizar, persuadir, cocinar…?

Dones, cualidades, fortalezas; no importa cuál sea la denominación, todas tenemos ese algo que nos hace particularmente diferentes, que hace latir con fuerza nuestro corazón y nuestros sentidos al hacerlo… Quizá el compartirlo ayude a que el corazón del Universo siga latiendo…

Compartir, ¿imaginas la diferencia que haría si esta palabra fuera la máxima del sistema económico, en lugar del “laissez faire, laissez passer”? Compartir el excedente, compartir conocimiento, compartir cultura, compartir riqueza; la mujer sabe la importancia y trascendencia de esta palabra, y la fuerza al aplicarla en nuestra vida diaria. Cuando nuestra mayor preocupación consiste en el vestuario del día siguiente, la orden del día de una reunión o la estrategia de mercado más útil para un nuevo producto, olvidamos permitirnos explotar aquello que es tan nuestro.

Somos todos, somos uno… en el silencio se escucha un grito ahogado de dolor, el dolor de la humanidad que expira ante nuestros más profundos defectos… pero también en el silencio se escucha el eco de la canción más hermosa jamás entonada, la canción que cura todas las heridas, que ayuda a olvidar esa mala memoria: es la canción del amor.

Piénsalo, ¡es posible!

 



Etiquetas:   Ciudadanía

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2 comentarios  Deja tu comentario


Leticia del Rocío Hernández, Derecho Muchas gracias Néstor!


, Me encantó Leticia!




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