Sólo Dios perdona

Dos años antes de Sólo Dios perdona (2013), Nicolas Winding Refn facturó Drive (2011), fenómeno cinematográfico por el que el director danés pasó a integrar, de forma directa, la lista de las grandes esperanzas del cine contemporáneo. Las expectativas con su nuevo trabajo no eran altas: eran altísimas. Y aunque siempre conviene juzgar una obra de forma independiente, las comparaciones con su ilustre precedente son, en este caso, inevitables. En Sólo Dios perdona Winding Refn potencia las señas de identidad estilísticas de Drive, y se agradece: a su permanente búsqueda del simbolismo, se le suma ese elegante y sofisticado look visual marca de la casa. Cada uno de los fotogramas de esta coproducción entre Francia y Dinamarca parece una -estudiada, original, premeditada- obra de arte. Lo que ocurre con la nueva criatura del danés es que este esteticismo formal no es suficiente para sostener un proyecto de hora y media de duración. El gran problema de Sólo Dios perdona es, en efecto, que su apabullante despliegue estilístico y su elegante envoltorio se imponen a la consistencia del guión, dando lugar a un trabajo más preocupado por sus formas -ese gusto por las perspectivas simétricas, esos vanguardistas tiros de cámara- que por el fondo. Un hecho que podría tener su pase en el arte pictórico, pero pocas veces en el cine.

 

.wordpress.com/wp-admin/serueda.wordpress.com/2012/01/28/drive-un-insolito-cuento-de-hadas/" data-mce-href="serueda.wordpress.com/2012/01/28/drive-un-insolito-cuento-de-hadas/" style="color: rgb(27, 139, 224); text-decoration: none;">Drive (2011), fenómeno cinematográfico por el que el director danés pasó a integrar, de forma directa, la lista de las grandes esperanzas del cine contemporáneo. Las expectativas con su nuevo trabajo no eran altas: eran altísimas. Y aunque siempre conviene juzgar una obra de forma independiente, las comparaciones con su ilustre precedente son, en este caso, inevitables. En Sólo Dios perdona Winding Refn potencia las señas de identidad estilísticas de Drive, y se agradece: a su permanente búsqueda del simbolismo, se le suma ese elegante y sofisticado look visual marca de la casa. Cada uno de los fotogramas de esta coproducción entre Francia y Dinamarca parece una -estudiada, original, premeditada- obra de arte. Lo que ocurre con la nueva criatura del danés es que este esteticismo formal no es suficiente para sostener un proyecto de hora y media de duración. El gran problema de Sólo Dios perdona es, en efecto, que su apabullante despliegue estilístico y su elegante envoltorio se imponen a la consistencia del guión, dando lugar a un trabajo más preocupado por sus formas -ese gusto por las perspectivas simétricas, esos vanguardistas tiros de cámara- que por el fondo. Un hecho que podría tener su pase en el arte pictórico, pero pocas veces en el cine.

La historia pivota entorno al personaje de Julian (Ryan Gosling), propietario de un club de boxeo que funciona como tapadera para el tráfico de estupefacientes. Con motivo del asesinato de su hermano Billy (Tom Burke) tras haber violado y matado a una prostituta, Julian recibe la visita de Crystal (Kristin Scott Thomas), su madre, cuya relación siempre estuvo marcada por una especie de complejo de Edipo. Sedienta de venganza, la mujer obliga a su vástago a entregarle la cabeza de los asesinos de su hijo muerto, a raíz de lo cual Julian, debatiéndose entre la venganza y la racionalidad, deberá enfrentarse a Chang, un extraño policía. Con semejante argumento, no quiero ni imaginarme lo que habría salido si Winding Refn hubiese estado más atinado; prefiero achacar el patinazo de Sólo Dios perdona a su falta de inspiración que a lo que, me temo, es el verdadero problema de fondo: su vanidad. Jugando a ser David Lynch, el resultado no es el que esperábamos todos aquellos que consideramos escenas como la del ascensor o del paseo en coche de Drive como parte de nuestra cultura/vida cinéfila. Omitiendo las escenas de la reconciliación entre Julian y Crystal en el tramo final, lo bien coreografiada que está la escena de la lucha entre el protagonista y un Chang que se revela como la Santa Inquisición, como ese Dios dispuesto a darle su perdón o esos flashes violentos narrados con brío, en el resto no hay nada subrayable.

Hablemos claro: viendo Sólo Dios perdona uno no puede evitar sentir que está siendo víctima de una estafa. Sí, es excepcional en sus apartados visuales, su fotografía -premiada en Sitges- es de un nivel fuera de lo común y sus fotogramas se alimentan de una perfección irreprochable. Pero repito: no es suficiente. No basta cuando el resultado adolece de una alarmante falta de ritmo, un tremendo sinsentido y, lo que es más grave, del más absoluto vacío narrativo. No es que no sea tan absorbente como Drive es que, al margen de su apartado audiovisual, parece dirigida por otra persona. Ryan Gosling, actor fetiche del cineasta, está totalmente desaprovechado, no tanto porque sólo pronuncie veinte frases cortas en toda la película, sino por su falta de matices: en Drive era un héroe anónimo, un personaje genialmente escrito; aquí parece una caricatura, la sombra de lo que fue. Lo único que comparten son los silencios. El actor hace lo que puede en medio de una historia desarrollada en Bangkok muy bien iluminada, muy atractiva formalmente, pero a la que se le ven las hechuras de forma indiscriminada. Esperemos que las ínfulas metafísicas y/o intelectuales que rezuma un director empeñado en hacer una película de autor a toda costa -cuando Sólo Dios perdona es todo lo contrario a un título de culto- queden en eso, en un tropiezo en medio de una estimulante carrera...y que no sea un aviso de lo que está por venir.

Recibida entre la incredulidad y el entusiasmo en el Festival de Cannes, Sólo Dios perdona es, en definitiva, el claro ejemplo de película anodina y lastrada por la pretenciosidad -el que esté dedicada al polifacético artista chileno Alejandro Jodorowsky ya es el colmo-. Es lo que ocurre cuando su máximo responsable está más empeñado en conseguir una estampa memorable que una historia memorable. No digo que no me sienta atraído por su estética underground, y que su estilizado barroquismo visual y su toque kirsch impidan que despegue los ojos de la pantalla, pero una vez acabada, me veo incapaz de retenerla en mi retina. Sólo Dios perdona es eso: un ver y olvidar. Una sonora e inesperada decepción.

UNETE



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