Don Jon

Si hay un rasgo que defina a Joseph Gordon-Levitt es la inteligencia a la hora de elegir sus proyectos. Tras conjugar espléndidamente el indie más delicioso -500 días juntos (Marc Webb, 2010), Brick (R. Johnson, 2005)- con el blockbuster de calidad -Origen; El caballero oscurso: la leyenda renace (C. Nolan, 2010 y 2012 respectivamente)- el angelino se ha convertido en uno de los rostros más valorados del cine actual. Con Don Jon (2013), su esperado salto a la dirección, confirma que su talento no se queda sólo delante de las cámaras: Gordon-Levitt firma una de las óperas primas más frescas, mordaces y dedicidamente contemporáneas que se recuerden. El cineasta dirige, escribe y protagoniza una película que arrasó en el último festival de Sundance y que atesora todo lo mejor del cine independiente, por mucho que su reparto incluya figuras tan conocidas como Scarlet Johansson o Julianne Moore, actrices que le dan un plus de calidad a cualquier largometraje y que aquí se muestran especialmente cómodas en sus papeles. Apadrinado por Christopher Nolan, el cual estuvo dándole consejos técnicos durante la grabación, Levitt demuestra una gran disciplina cinematográfica -sobre todo en la depuración narrativa- y sorprende con un proyecto cargado de buenas intenciones.

 

. Tras conjugar espléndidamente el indie más delicioso -500 días juntos (Marc Webb, 2010), Brick (R. Johnson, 2005)- con el blockbuster de calidad -Origen; El caballero oscurso: la leyenda renace (C. Nolan, 2010 y 2012 respectivamente)- el angelino se ha convertido en uno de los rostros más valorados del cine actual. Con Don Jon (2013), su esperado salto a la dirección, confirma que su talento no se queda sólo delante de las cámaras: Gordon-Levitt firma una de las óperas primas más frescas, mordaces y dedicidamente contemporáneas que se recuerden. El cineasta dirige, escribe y protagoniza una película que arrasó en el último festival de Sundance y que atesora todo lo mejor del cine independiente, por mucho que su reparto incluya figuras tan conocidas como Scarlet Johansson o Julianne Moore, actrices que le dan un plus de calidad a cualquier largometraje y que aquí se muestran especialmente cómodas en sus papeles. Apadrinado por Christopher Nolan, el cual estuvo dándole consejos técnicos durante la grabación, Levitt demuestra una gran disciplina cinematográfica -sobre todo en la depuración narrativa- y sorprende con un proyecto cargado de buenas intenciones.
El argumento de Don Jon, atípico donde los haya, se basa en la vida de Jon Martello (Gordon-Levitt), un joven cuyo modelo de su vida es ir al gimnasio, ligar con las chicas en las discotecas, pegar griteríos mientras conduce, confesarse de vez en cuando, comer con su estrambótica familia y, sobre todo, masturbarse viendo pornografía en su portátil. Preso de la monotonía, la vida de este Don Juan adaptado a los nuevos tiempos dará un giro radical cuando conozca a Barbara, la joven con la que formalizará una relación puesta a prueba por su secreto inconfesable, y también con Esther (Moore), una mujer madura con un duro pasado personal. Un argumento suicida que en manos de otro director se hubiese encaminado por los derroteros del morbo y el chiste fácil, pero que, en manos de Levitt, se transforma en una inteligente comedia, asordinando lo explícito. Eso sí: quienes esperen ver en la la opera prima del hasta ahora actor un relato sobre la adicción al porno y cómo este hecho influye en las relaciones de pareja se verán decepcionados. Reconfortará, en cambio, a los que se dejen llevar por un relato absolutamente fruto de su tiempo: una época anclada en la perenne artificiosidad que venden los medios de comunicación y, muy especialmente, la publicidad; el film es un dardo afilado al poder que ejercen los mass media a la hora de determinar los cánones de belleza, derivando en un cada vez más degradante e imparable y vomitivo culto al cuerpo. A la más absoluta apariencia. La(s) tesi(s) de la película son demoledoras: a su crítica sobre cómo los medios dictaminan la percepción que tenemos del prójimo, se le suma la constante erotización en la que están inmersos y sus zambullidas en el morbo, factores que actúan en detrimento de la calidad. Don Jon es un arpón venenoso y certero en el corazón de un mundo cada vez más artificial, acartonado y exento de personalidad propia.

Junto a la enjundia de un guión que invita a un segundo visionado, lo más destacable de la película es su habilidad para penetrar en la psicología de su personaje central. A través de un acercamiento (casi) antropológico, Jon se presenta con una naturalidad increíble y se desarrolla de forma aún más eficaz; la constante repetición de planos y la monotonía narrativa -ese sonido del Mac en primerísimo plano, ya emblema de la cinta- logran reflejar una vida tediosa, anclada en la uniformidad y falta de expectativas. El patetismo del personaje queda claro a los cinco minutos gracias también a una trabajada voz en off y a un encomiable trabajo de montaje, especialmente en su -perfecto- collage de películas porno. ¿Cae en la caricatura? Sí. ¿Roza los tópicos? También. Pero, qué diablos, existe gente así en la vida real, a pesar de que se tiendan a exagerar ciertos rasgos de su personalidad para ridiculizar más el objeto de su denuncia. Esta cierta tendencia hacia lo bufonesco y lo delirante se perdona cuando uno es consciente de la intención de su autor al escribir el guión y también, qué duda cabe, por moverse en el terreno de la comedia pura y dura. El actor, que demuesta una vez más su gran elasticidad interpretativa (y también física), dedica cada célula de su ser en dar vida a esta especie de Tony Manero del S.XIX -en el que la gomina, atención, sobresale como metáfora de esa frivolidad de la que antes hablábamos-.

La película nos deja varios momentos para el recuerdo. El más destacado: las lágrimas de Julianne Moore siendo observadas desde la distancia por un Gordon-Levitt enfrascado, quizá sin saberlo todavía, en las vías de la madurez. A pesar de que le falte más intensidad a algunos de sus capítulos -no se ahonda lo suficiente en el drama personal de Moore- o que la articulación de su discurso podría haber sido más denso, instantes como este justifican una película que demuestra una sorprendente capacidad para amortizar cada uno de sus 88 minutos. Un film se sencilla estructura que funciona por su columna vertebral, increíblemente sólida; un show cocinado para ser paladeado sin tabúes ni prejuicios que confirma, ante todo, que Gordon-Levitt es un profesional también detrás del objetivo y se convierte, de forma ipso facta, en un director al que es obligatorio seguir muy de cerca: se presagian excelentes trabajos.

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales