Vivir es fácil con los ojos cerrados

Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2013) es una película bonita. Un adjetivo que, aún a riesgo de sonar infantil o prosaico, es el primero que me viene a la mente para definir la última criatura del director madrileño, último eslabón de una correctísima y estimulante filmografía. Pero, además, es una película de contrastes: además de su esencia agridulce, de ese atractivo mejunje en el que algunas veces no sabes si reír o llorar, en Vivir es fácil con los ojos cerrados confluyen presente -esa España gris, enrarecida, inmovilista, dominada con la mano de hierro de la dictadura y por un clero que cometía tropelías a tutiplén- y futuro -esos personajes sólidos como una roca que, sin pretenderlo y haciendo presagiar épocas mejores, se personificarán en rayos de luz capaces de penetrar por las rendijas de unos años que transcurren entre tinieblas. Los contrastes también pasan por la ambientación: la Almería más árida y desierta se fusiona con el mar, aquí fotografiado con la misma furia y fuerza interior que la que late en el corazón de unos roles que sienten la necesidad imperiosa de romper con todo lo establecido -bien sea con un simple corte de pelo o el impartir clases de inglés en plena década de los 60, algo insólito en un país absolutamente hermético y aquejado de un analfabetismo recalcitrante-.

 

. Un adjetivo que, aún a riesgo de sonar infantil o prosaico, es el primero que me viene a la mente para definir la última criatura del director madrileño, último eslabón de una correctísima y estimulante filmografía. Pero, además, es una película de contrastes: además de su esencia agridulce, de ese atractivo mejunje en el que algunas veces no sabes si reír o llorar, en Vivir es fácil con los ojos cerrados confluyen presente -esa España gris, enrarecida, inmovilista, dominada con la mano de hierro de la dictadura y por un clero que cometía tropelías a tutiplén- y futuro -esos personajes sólidos como una roca que, sin pretenderlo y haciendo presagiar épocas mejores, se personificarán en rayos de luz capaces de penetrar por las rendijas de unos años que transcurren entre tinieblas. Los contrastes también pasan por la ambientación: la Almería más árida y desierta se fusiona con el mar, aquí fotografiado con la misma furia y fuerza interior que la que late en el corazón de unos roles que sienten la necesidad imperiosa de romper con todo lo establecido -bien sea con un simple corte de pelo o el impartir clases de inglés en plena década de los 60, algo insólito en un país absolutamente hermético y aquejado de un analfabetismo recalcitrante-.

Inspirada en el personaje real del profesor cartagenero Juan Carrión -a partir del cual The Beatles empezaron a incluir las letras de sus canciones en sus discos-, la película desgrana la historia de Antonio (Javier Cámara, en una de sus interpretaciones más contenidas) un profesor de inglés que enseña el idioma a sus alumnos a través de las canciones de la mítica banda de rock inglesa. Cuando dicho maestro tiene constancia de la presencia de John Lennon en Almería  con motivo del rodaje de la película Cómo gané la guerra (Richard Lester, 1967), decide emprender un camino en coche desde Albacete con el fin de conocer a su ídolo. No irá sólo: le acompañarán dos jóvenes -Belén (la debutante Natalia de Molina) y Juanjo (Francesc Colomer) tan solitarios como él, que se irán encontrando por el camino. Esta es una historia a la que es muy fácil entrar; ocupar ese cuarto asiento en ese coche de época... y dejarse llevar. La figura de John Lennon, auténtico leit motiv de la película, es el pretexto de Trueba para hablarnos de la firme determinación para cumplir los sueños, del no conformarse nunca con lo políticamente correcto o, simplemente, de la interacción entre seres humanos para sentirse más vivo, menos solo. En este sentido, es de admirar cómo el director teje la relación entre sus tres personajes principales, en perpetua retroalimentación, en continuo aprendizaje; un poderoso vínculo que les marcará el resto de sus vidas y que va calando progresivamente en su público. Y digo en su público porque la película es especialmente hábil en detectar a qué tipo de espectador va dirigida.

El film, que coge su título de los primeros versos de Strawberry fields forever -la canción que Lennon compuso en Almería durante su estancia para la película-, podría haber sido fácilmente campo de cultivo para la cursilería y el pastel. Nada más lejos de la realidad. Los personajes funcionan, la cámara de Trueba evita recrearse en el sufrimiento de protagonistas y secundarios -siempre bañados, impregnados por la vitalidad de la luz solar, de su look visual tan característico- y la perpetua inclusión de la música para enfatizar las emociones no suena falsa ni impostada, todo lo contrario. Los compases de guitarra y las notas melancólicas, lejos de manipular al público, son un recurso perfecto para terminar de ambientar la historia y para conectar, más si cabe, con estas tres almas perdidas. Habrá quien eche en falta mayor carga dramática o un grueso argumental más definido. No será este cronista, seducido por una peripecia emocional de casi dos horas -que se consumen volando- escrita con gracia e infinita sutileza, en el que el verdadero eje argumental es el sentirnos fascinados ipso facto por unos personajes enigmáticos de los que, en el fondo, lo desconocemos prácticamente todo.

A pesar de irse de vacío en el Festival de San Sebastián -donde, no obstante, cosechó un gran éxito de público y crítica-, el que supuso la primera colaboración entre el hermano de Fernando Trueba y Cámara es un ejercicio que destila buen rollo lo mires por donde lo mires. Una atípica amalgama entre la road movie y el western más atípico que funciona como balón de oxígeno, como un documento en el que refugiarse para comprobar que, como en las canciones, alguien sintió lo mismo que tú en algún momento. Un espectáculo delicioso, de férrea personalidad e impecable confección, obligatorio para los que alguna vez han soñado -o siguen soñando- con cambiar el mundo. 

UNETE



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