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Cuento "El Inmortal" escrito por Raysan


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18/11/2013


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Cuento escrito por Raysan el 11 de marzo de 2005.


Erase una vez un hombre que reencarnaba. Era el último en su género, un ejemplar único al borde de la extinción, que ni siquiera necesitaba mirar a la muerte cara a cara y desafiarla, pues ella simplemente le ignoraba. Residía en una bella casa de Lancaster Gate, y muy a su pesar, era el centro de atención de la vida londinense desde que cosechara sus primeros éxitos allá por el año 1879. Los reporteros le asaltaban en mitad de la calle, los banqueros le agobiaban con sus ofertas de imposiciones a largo plazo, algunos científicos le requerían para que donara su cuerpo a la ciencia, y hasta los perros olisqueaban sus pantalones en Hyde Park como si estuviera hecho de una pasta especial.

En la presente vida, el inmortal ejercía de afamado escritor, pese a ser un tanto engreído y pendenciero. Vestía siempre con una sólida chaqueta de pana marrón, y parecía algo ausente, como si permaneciera anclado en otro tiempo. Su trayectoria como escritor había sido imparable, tal como si repitiera unos pasos mil veces andados. Sus libros, siempre bien acogidos, estaban plagados de acción, y guardaban un cierto aroma de misterio. Sus personajes parecían tan fascinantes y a la vez tan reales, que sus lectores lo tenían por un dios… Cuando le preguntaban cuál era el secreto magnetismo que guardaban sus obras, se despachaba con desdén diciendo que eran meros recuerdos de un hombre viejo que narraba sus batallas…

No obstante, tal vez cosechando el premio de su arrogancia, un mal día, olvidó todo lo relativo a sus vidas anteriores. Entonces, apartado de su poder, comenzó a comportarse como un ser anodino e insignificante, capaz de repetir abúlicas experiencias día a día, año tras año. Con el paso del tiempo, sus textos fueron languideciendo y menudearon; y una vez caído de su pedestal, resultó ser, como muchos otros, un pobre hombre metido a literato. Su editor, un tanto preocupado, viendo que menguaba su imaginación le dijo:

—Amigo, debéis buscar nuevos temas, experimentar nuevas aventuras. Viajad, hallad la causa que os permite encarnar una y otra vez, y tal vez a la par remita la ansiedad de vuestra azarosa existencia. Ofreced a los pobres humanos el elixir de la inmortalidad, y tal vez os convirtáis, además, en un hombre rico.

No obstante, transcurridos unos meses, a pesar de todo intento, la fuente de la inspiración del escritor dejó de manar.

Se conocían ambos desde años atrás, cuando apenas era un alevín de escritor, y se tenían por amigos. El editor había confiado en él y en su extraña historia desde el primer momento, y acaso pensando en sus rentas, le creía con la fe ciega del parásito que viaja sentado sobre el caparazón de un molusco. El escritor, perdida su buena estrella, aceptando el consejo, decidió recurrir a un extraño conjuro: ¡vendería su alma si fuera preciso para recuperar la memoria de lo que fue! A la mañana siguiente, abandonó de súbito la ciudad, emprendiendo un largo viaje al oriente en pos del viejo mago de las montañas blancas…y, tal como si fuera engullido por las arenas del tiempo y el olvido, nunca más se supo de él.

Veinte años después, en el día de autos, cuando el viento frío de la noche agobiaba los cristales con furia, se escucharon en la casa del editor unos golpes secos que anunciaban una inoportuna visita. Al abrir la puerta, alumbrándose con la tenue luz de un candil, apareció el escritor. Se abrazaron ambos con un afecto milenario, atisbando el fondo de sus miradas como quien aguardara de nuevo las golondrinas que partieron con el tiempo gélido. Una vez junto al calor de la chimenea, el escritor, un tanto apresurado, dejando caer sobre la mesa un polvoriento legajo, le confesó:

—Me muero; debéis saberlo… He acelerado el paso para llegar puntual a la cita. Mi buen amigo, he aquí mis memorias. Espero que deis buena cuenta de ellas, y podáis resarciros finalmente de los pobres textos que antaño os entregué.

Dicho lo cual, el escritor se arrellanó en una mullida butaca de cuero solicitando una copa de brandy, y tras departir de modo coloquial unos minutos…se murió. El editor, que tan solo había visto morir a alguien con tanta facilidad en las novelas, tras los primeros instantes de consternación, comprendió que su amigo, a fuerza de costumbre, sabía morir como si en ello no le fuera la vida, sino apenas la rutina. Acto seguido, acercando sus lentes al texto, tal como un sabueso que olisqueara su presa, inspeccionó el documento con avidez.

Aquel manuscrito, envuelto en unas duras tapas de hojas de palmera, estaba escrito a pluma, con un tipo de tinta extraña. La arena del desierto aún dormitaba silenciosa entre sus páginas, detectándose en sus costados algunas manchas de sudor, y las huellas de apresurados lectores. Cada capítulo de aquel voluminoso libro, con anotaciones y fechas al margen, narraba al parecer los recuerdos de una sola vida. Noche tras noche, el finado, había escrito de un modo escueto pero pleno de vivencias, los recuerdos de sus vidas anteriores. En él quedaron registradas sus experiencias como camellero en las rutas de Samarcanda, o de hoplita en Maratón; en otros capítulos, en cambio, se recreaba en minuciosos detalles sobre la vida de las vestales, o en el modo en que fueron construidas las pirámides, y también en otros tantos pasajes ni siquiera registrados por la Historia, como el que relataba las técnicas para cazar dinosaurios en grupo. En la última página, alguien sentado en una butaca de cuero pedía una copa de brandy…, y después, tan sólo aparecían unos largos puntos suspensivos.

Era un manuscrito tan inusual como desconcertante… La belleza y armonía de aquel texto, su alegre musicalidad, el dominio de las imágenes y su desbordante intriga hacían de aquel legado la mejor obra que un editor pudiera conseguir. A la luz de tan sentidas y convincentes palabras, la historia de un hombre capaz de reencarnar un sin número de vidas parecía totalmente creíble. El editor primeramente pensó en editar la magna obra, pero a medida que transcurrían los días y observaba a las gentes transitar por las atestadas calles de Londres, decidió no hacerlo. Sólo veía a hombres y mujeres presurosos y metidos en sus cuitas diarias, o bien, a otros tantos agobiados por las necesidades más básicas. Eran seres con miradas sin horizonte: unos estaban en manos de sus instintos y otros en manos del hambre. Por ello, a sabiendas de la dureza con que los hombres reciben las nuevas ideas por muy profundas que éstas sean, escribió de su puño y letra en el encabezado del manuscrito:

—No puede dársele credibilidad en el presente a este texto, pues nadie ha vuelto para contarlo…

Y seguidamente, sustituyendo el nombre del autor por el suyo y estampando su firma, ordenó al notario asentar en su testamento el siguiente mandato de últimas voluntades:

—Publíquese dentro de cincuenta años, cuando la mentalidad del hombre sea propicia, distribuyendo los beneficios de la edición entre mis herederos legales.

Unos dicen que el escritor falleció de muerte natural, aunque creo que simplemente murió por desgaste. A pesar de su inmortalidad, aquellos hombres que reencarnan tan sólo tienen un punto débil, un talón de Aquiles: viven mientras alienten deseos de vivir, pues la única forma de muerte real para ellos es la desesperanza…

Tras su muerte, los más crédulos, dejaron pasar unos cuantos años a la espera de que aquel hombre encarnara de nuevo. No obstante, transcurrido un tiempo prudente sin que diera señales de vida, los científicos, decretaron pomposamente la defunción de dicha especie.

Por mi parte, aunque soy un experto en el tema, jamás me atreví a contradecirles. Han pasado ya cuatro generaciones… Me llamo Stanley…, y me dedico a escribir, aunque no sé si ello me convierte en escritor. Provengo de escritores, y tengo a gala contar entre mis antepasados con el más brillante de todos, el hombre que reencarnaba. Escribo estas líneas en una casa tan pulcra como sencilla del valle de Salisbury. En la actualidad me dispongo a narrar la historia de mi amigo James, un reputado editor con el que me une un sentimiento de alma. En el fondo su historia es también la mía.

Todos los ancestros y parientes más directos de James murieron en extrañas circunstancias…y acaso ello guarde relación con el enigmático manuscrito que conservaba su familia. Él heredó todos los derechos de edición del documento que ya es conocido como “el manuscrito siniestro”, tal como precisaba el testamento de su padre. El padre, a su vez, lo heredó del suyo, que también lo recibió de igual modo, remontándose atrás hasta cuatro generaciones. Releímos juntos cientos de veces aquel misterioso documento buscando una explicación factible. James no creía en las maldiciones, pero ya habían sucedido demasiadas tragedias en su familia, cuando decidió ponerles fin. Nuestras respectivas familias, extrañamente, han permanecido enlazadas por diversas circunstancias desde entonces, tal vez a pesar nuestro.

Indagamos durante años en los archivos y registros del reino, pues ambos nos habíamos juramentado para saber la verdad a toda costa. No imaginábamos, al principio de nuestras pesquisas, que antaño uno de sus familiares se apropió indebidamente del famoso legajo. Expertos calígrafos identificaron finalmente el ardid y la impostura de aquel viejo editor, devolviendo la autoría legal del manuscrito “al inmortal”, mi querido tatarabuelo. La verdad de los hechos ha dado la vuelta a la moneda de nuestras vidas, pero nosotros seguimos siendo los mismos de siempre.

Ahora poseo los derechos sobre el manuscrito. No sin antes cruzar los dedos, le he permitido a James que editara el enigmático documento. Él lo rechazó varias veces por temor a acarrearse más desgracias, aunque finalmente accedió. Ahora todo el mundo puede disfrutar de un facsímil del manuscrito original. Es una delicia; aunque a veces parece exaltar el empecinamiento de los hombres en repetir constantemente las mismas experiencias, una y otra vez, vida tras vida.

En este apacible lugar de retiro, desde mi ventana observo, con una copa de brandy en la mano, como fluyen las aguas del río, desperezándose mansamente por la campiña, tal como hicieron desde miles de años atrás. Intuyo que me queda poco tiempo para contar aquello que preciso. Al atardecer camino por la vereda que serpentea junto a la ribera del río, y a veces me cuestiono cómo puede ser que un río, a la vez sea siempre el mismo río, a pesar de que las aguas que arrastra cada día sean diferentes…y entonces me pregunto, si más allá del paso del tiempo, no seremos nosotros también los mismos, aunque día a día, y acaso vida tras vida, aparezcamos como seres diferentes.



Etiquetas:   Escritores   ·   Literatura   ·   Cultura   ·   Cuentos
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