. Por cierto y aquí entre nos, déjeme decirle que
muchas veces los trajes de nuestros indígenas, son mucho más caros que la
ropita que utilizamos los citadinos que sí sabemos vestirnos.
Después de
ese primer párrafo plagado de yerros, voy a tratar de explicar a usted, mi
querido lector, que ni Aeroméxico es propiedad de mexicanos, pues sus activos
están en bolsa de valores y por tanto, son propiedad de holdings que carecen de patria, como le digo que la nota “siete
indígenas oaxaqueños” per se, es una
frase lapidaria y discriminatoria.
En efecto,
usted no dice: “venían cuatro nativos de Texas” ni tampoco: “Eran unos
ciudadanos de Chihuahua”. Usted no los califica de entrada y eso fue lo que
hicieron, tanto la gente de Aeroméxico como los medios de comunicación,
incluyendo a los principales comentaristas.
Decir “siete
indígenas oaxaqueños” es etiquetar, a
priori, a una persona con una calidad y hacer todo lo posible para que no
pueda quitarse el estigma.
Los
mexicanos del norte del país, se distinguen por ser altos y las más de las
veces de tez blanca. Los mexicanos del sur y centro del país son más bien
bajos, de piel morena y risa cantarina, con un gran bagaje cultural
prehispánico que adorna sus formas de vida casi hasta el infinito.
En alguna
ocasión tuve oportunidad de ir con mi padre a Milpa Alta, la Delegación Rural
del Distrito Federal, donde él tuvo el privilegio de ser Delegado Político hace
muchos ayeres, a saludar a un amigo de mi papá. Lo fuimos a buscar a la labor y
ahí lo encontramos: las manos callosas, el rostro curtido por el sol,
trabajando la tierra para obtener los frutos que le da a sus hijos.
Y recuerdo
perfectamente que nos invitó a su casa y yo, para ese entonces estudiante de secundaria,
vecino de Tamaulipas, pensé para mis adentros: ¿qué puede ofrecernos un
campesino a nosotros, que vivimos en la frontera y disfrutamos de todos los
satisfactores? Craso error. Aquél campesino era abogado, por mi padre me enteré
era Juez y además, un hombre de fortuna y bienes, repartía su tiempo entre su
casa en Europa y la de Milpa Alta. Sus estudios entre las universidades de
aquellas tierras y la UNAM. ¡Y nos recibió a nosotros! En ese momento cambió mi
perspectiva, de pensar que le hacíamos un favor a darme cuenta que la facha no
hace al hombre. Ahora creo que ese era el mensaje que me quiso dar mi padre.
Y claro, ya
en el interior de su casa nos ofreció las mejores viandas, los caldos escoceses
más finos y tequila que aún no he podido probar mejor.
Luego, con
los años, pude ver los letreros que decían: No nigers, no greasers,
haciendo alusión a la gente de color en Estados Unidos, los primeros y los
últimos, los greasers, a los
mexicanos. Y supe y sentí el dolor de saber que no puedes entrar a un negocio
por no ser igual que ellos.
Y conocí lo
que ahora se llama la otredad Los otros. Saber que nosotros estamos bien y
ellos, los otros, están mal. No importa que los otros sean oaxaqueños, o
indígenas, o chaparros, o altos, o morenos, o cualquier otro estigma que se
quiera imponer a la gente.
La única
diferencia está en la educación, en la forma de tratar a los demás y ahí, los
mexicanos, estamos muy atrasados, vamos con muy malas calificaciones pues no
hemos aprendido que lo que cuenta, no está en la ropa que usamos ni en el color
de la piel. Está en los sentimientos, en la educación y en el respeto a la
diversidad.
Y por
mientras, nuestros próceres de la comunicación le dan vuelo a la nota:
Aeroméxico no deja subir a siete indígenas oaxaqueños… qué les costaba decir:
Una compañía transnacional impide el acceso a siete ciudadanos de México.
¿Verdad que se oye distinto?
Me gustaría
conocer su opinión. Vale la pena.jmgomezporchini@gmail.com/ http://mexicodebesaliradelante.blogspot.com