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Las falsas pestañas de Rubalcaba


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11/11/2013


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  Es comprensible alargar el discurso de las mentiras para salvar la cabeza. Porque Rubalcaba está en la picota de las sospechas criminales que conducen hacia él, siendo la cabeza visible del día de una matanza que se ha pretendido encubrir en tanto se iban atando los cabos de pactos secretos derivados de las conversaciones con una organización terrorista antes del 11-M. Una década después se deduce por qué Zapatero conversaba con ETA tres años antes de acceder al poder. Antes la sospecha estaba latente, al día de hoy es una realidad que explica el oscurantismo de la era zapatera.

  Los pactos son ya evidentes, descarados y Rubalcaba no puede apearse del tinglado político habida cuenta de que su pescuezo depende de seguir encubriendo las incongruencias democráticas a las que estamos asistiendo sorprendidos. Además el programa sigue su curso y existirán futuras etapas en que él ha de permanecer como orquestador de embustes que tanto de eficacia ha mostrado, desde que apareció en medio de una jornada de reflexión electoral para poner la guinda del pastel a la confusión provocada de un atentado multitudinario. Estaba entrenado antes como encubridor del terrorismo de Estado del GAL. Siempre convincente,  el tiempo ha corroborado a los ciudadanos sus no pocas implicaciones en los desastres que padecemos.

  No se llega tan lejos para apearse a mitad del viaje siendo el constructor del vehículo en el que han obligado a viajar a todos los ciudadanos, aún perdiendo por el camino a 192 inocentes sin Justicia después de 10 años. Los méritos de Alfredo Rubalcaba son muchos, permanentes, vitalicios.

  Si yo fuera un criminal con suerte procuraría alargar el aforamiento que otorga el poder político, esperando que existiera una alternativa para presidir el gobierno de la nación que tantas veces ha sido engañada con esa raigambre de impunidad estrenada durante el felipismo. Si yo fuera criminal y se me viera el plumero de la permanencia para salvar la calva, me llamaría Rubalcaba y pretendería echar balones fuera para distraer de las verdaderas intenciones que son las secretamente llevadas, al margen del discurso público.

  Si fuera un sinvergüenza con suerte de impunidad gracias al control sectario de la Justicia, arengaría a las masas disimulando las fechorías de mi haber histórico en la corrupción del socialismo español y espolearía hacia la victoria aún siendo yo la causa de la derrota, el parásito agarrado a una tabla de salvación partidista para no ser juzgado fuera de las influencias sectarias.

  De ser un  desalmado, procuraría que el adversario político lo pareciera culpándole en dos años de lo que yo habría provocado en ocho, librándome de acusaciones de chivatazos y disimulando mis conocimientos de química, tan imprescindibles para confundir sobre elementos de explosivos que fueran las claves evitando que se supiera la verdadera autoría de una masacre que me dio una victoria electoral.

  Si acostumbrara a mentir con una soltura propia de un indecente demagogo, procuraría no pestañear tanto para no delatarme pero si no pudiera conseguirlo, me exaltaría con indignación contagiosa; así vociferar para ocultar mis silencios… esa callada clave que hasta permite que desaparezca un vagón como foco de explosión sin que ningún juez se dignara a recabar pruebas para esclarecer la autoría del atentado. Por cierto ¿Dónde está el vagón ,custodiado antes, desaparecido ahora, y que era la única prueba no destruida de todos los trenes del crimen de Madrid?

  Si yo fuera Rubalcaba y tuviera promesas que saldar con ETA procuraría llegar con influencia política para seguir facilitando los cauces que de otro modo no serían posibles. Rebuznaría, ladraría, gruñiría con tal de que en mi discurso no se develara la responsabilidad criminal en todo lo sucedido, con un país al que se le puede hacer un balance de profundas corruptelas siendo siempre el mismo protagonista principal en todas y cada una de las etapas oscuras  de nuestra democracia… un Rubalcaba que ya no puede disimular más que lo que es por sí mismo.

Las pestañas de Rubalcaba no se han gastado en treinta años en Política, sino por ese constante pestañeo delator, el acostumbrado tic por cada  mentira, que ha terminado contagiando a toda España.



Etiquetas:   Alfredo Rubalcaba

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