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La novela simula una larga carta escrita por Lázaro en respuesta a otra
desconocida en la que alguien que recibe el tratamiento de
<> le pide que cuente la verdad acerca de un
asunto escabroso con el que el narrador parece estar relacionado. El
motivo no recibe aclaración hasta el final porque Lázaro quiere dar
<> y no limitarse al caso
concreto. Solo después de una apresurada secuencia de episodios
descubriremos, en el último tratado, que preguntaba por la reputación y
honra de Lázaro, por el dudoso comportamiento de su mujer con el
arcipreste de San Salvador.
La obra está dividida en siete tratados que cuentan desde que nace
Lázaro en Tejares (Salamanca) hasta que obtiene cargo de pregonero en
Toledo. Cuatro de ellos están desarrollados (los tres primeros y el
quinto), los demás son muy breves, bocetos probablemente inacabados.
En el tratado I
descubrimos los bajos orígenes de Lázaro y cómo su madre, para
procurarle lo que ella no tiene, lo pone al servicio de un mendigo ciego
que resulta tacaño y mezquino. Lázaro tiene que servirse de los engaños
y malicias para poder comer y cuando el ciego se siente estafado, busca
su venganza y goza su triunfo con violencia y sarcasmo. Lázaro se
experimenta con sus tretas y engaños, y pasa de niño inocente a dominar
más argucias que el ciego. En el tratado II
sirve al cura de Maqueda (Toledo), un clérigo avaro tan pobre y
hambriento como él que no lo alimenta, y tiene que ingeniárselas para
robarle los panes (bodigos) que les ofrendaban los fieles. El clérigo no
revela su sufrimiento a nadie, ni a Lázaro se lo deja entender. Cuando
se esperaba una mejora en su vida, el nuevo amo resulta ser peor que el
ciego. En el tratado III,
cuando parece que ya no cabe más ruindad, Lázaro sirve a un hidalgo
celoso de su honor pero holgazán y sin fortuna. En su nuevo hogar no hay
absolutamente nada y el caballero sufre hambre sin intentar saciarla. A
diferencia de los otros, se muestra el amo condescendiente con Lázaro y
le ofrece su amistad. El pícaro, agradecido, mendiga para los dos.
Aparece así un sufrimiento de fraternidad muy elogiado y apreciado por
críticos y lectores. El tratado IV es brevísimo, apenas un apunte clerical dirigido hacia un fraile de la Merced. En el tratado V,
Lázaro que no sufre hambre, no actúa como protagonista, se limita a
contemplar, asombrado, cómo un desvergonzado clérigo, vendedor de falsas
bulas (privilegios en el más allá que el papa concedía a quienes las
compraban), engaña a unos incultos y crédulos aldeanos. Lo abandona
cuando se cansa de él. El tratado VI,
también es muy corto, habla del servicio a un maestro de pintar
panaderos, y a un capellán, que lo empleaba como aguador. Con este
último ahorra sus primeros dineros, que emplea para comprarse unas ropas
que mejoren su aspecto. Por fin, en el tratado VII,
tras servir como auxiliar de un alguacil (oficio que deja pronto por
considerarlo peligroso), obtiene el cargo de pregonero real. Y nos
cuenta cómo por entonces <<…viendo mi habilidad y buen vivir,
teniendo noticia de mi persona el señor arcipreste de San Salvador, mi
señor, y servidor y amigo de vuestra merced, porque le pregonaba sus
vinos, procuró casarme con una criada suya>>. Bajo la tutela del
arcipreste, Lázaro recibe todo tipo de protección y ayuda. Y sigue
contando: <>. Su largo <> ha
terminado y ya puede aceptar la deshonra como una especie de irónico
triunfo a cambio del bienestar buscado. Otra cosa es considerar si
Lázaro ha subido o no en la escala social.
Asistimos a un proceso en el que el protagonista deja de ser el
muchacho que lucha activamente contra la crueldad y avaricia de sus amos
para plegarse cada vez más a ellos, para imitar su moral. El sueño de
Lázaro es ganarse la vida con un mínimo de fatiga y no ir más allá del
momento en que está. Se casa sin querer indagar si su mujer es o no la
amante del clérigo que tanto les favorece, y por un momento, se vuelve a
erguir como protagonista adiestrado por la experiencia de su vida,
acepta su deshonrosa situación y se protege con la misma hipocresía, que
ha visto él en los de arriba, único medio de vivir acomodado y
tranquilo. Lázaro ejerce por fin un cargo, el de pregonero y como
narrador evita significados ocultos o complicaciones psicológicas. Su
intención es justificar, de manera llana y explícita, una situación que
no es tan deshonrosa como la gente quiere entender. Quiere también, como
indica en el prólogo, que <>. Los lectores destacan como
virtudes la densidad, que es como decir la brevedad, pues pasa mucho en
pocas páginas, y esas aventuras vienen expuestas con naturalidad y
justeza. Esta sobriedad afecta también a la lengua y a todo ello se
añade un humor constante y comprensivo que suaviza la amargura y ablanda
la desazón de toda la novela. No obstante, la obra es deliberadamente
ambigua, o voluntariamente plural en significados y admite una lectura a
varios niveles de comprensión y de interpretación. Era
la primera vez que la literatura presentaba la vida de un pobre
desesperado. La novelita se convirtió en un arquetipo del género y sentó
las bases de sus continuadoras: personaje nacido en los bajos fondos de
la sociedad sin oficio determinado, criado de muchos amos, hombres de
cortos escrúpulos, vida irregular, pesimista y resignado que,
desengañado frente a las excelencias y valores de la vida social,
prefiere mendigar antes de someterse a la tiranía del trabajo, y solo se
esfuerza lo indispensable. La sátira antieclesiástica motivó que fuera
incluida en el Índice de Libros Prohibidos del inquisidor Valdés, en el
año 1559. En 1571, en Amberes, un grupo de teólogos redactó un
<<índice expurgatorio>> señalando las supresiones que habían
de hacerse en muchas obras para dejarlas de nuevo. Juan López de
Velasco preparó la edición expurgada del Lazarillo publicada en
Madrid en 1573: se suprime el capítulo del buldero (V) y del fraile de
la Merced (IV) y algunas frases en el del clérigo de Maqueda (II). Este
texto es el que se siguió reimprimiendo en España hasta la abolición de
la Inquisición en 1834, año en que reapareció sobre un texto defectuoso
importado de Francia. Al fin, en 1844, casi tres siglos después de las
primeras ediciones, fue impreso de nuevo en su integridad. No deja de
ser paradójico que la mejor novela del siglo XVI al gusto del lector
actual tuviera en su tiempo un éxito tan limitado. Ya Menéndez Pelayo la
definió como una <>, y añadió: <>. Y para Alborg, que cita a
Zamora Vicente como origen de su aportación: <>. Francisco Rico recoge las aportaciones para justificar
las consideraciones que la convierten en el punto de partida de la
novela moderna.