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Participación laicista en el Atrio de Santiago


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29/10/2013


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El 25 y 26 de octubre recién pasado, se realizó una actividad impulsada por la Iglesia Católica, la Universidad Católica y la Fraternidad Ecuménica de Chile, que reúne a las tres tradiciones cristianas del país (católica, protestante y ortodoxa). Se trata del Atrio de Santiago, el tercero que se ha realizado en el mundo, producto de una política de la Iglesia Católica de “diálogo con los gentiles”. La idea fundamental del Atrio – el espacio exterior del templo -, es abrir un debate con los no creyentes, sobre los temas fundamentales que afectan las sociedades, para posibilitar el encuentro ético.


A mi modo de ver, es complicado hacer una diferencia entre creyentes y no creyentes, ya que, a medio camino, entre ambas definiciones, hacia una posición y otra, hay demasiadas variables que devienen de la duda humana, la variable de conciencia que funda el impulso humano de búsqueda de las respuestas del existir. Pero, lo que importa es que se generó un espacio impensado hasta ahora, aún desde sus alcances simbólicos.

En ese contexto, como exponente del pensamiento laicista y en mi condición de masón, fui invitado a participar en el foro “La Libertad de Conciencia en una Sociedad Plural”, que se realizó en el Salón de Honor del antiguo edificio del Congreso Nacional, en Santiago. En la mesa de debate participaron el académico Rafael Palomino Lozano, de la Universidad Complutense de Madrid, y un experto en Derecho Eclesiástico; Humberto Lagos, teólogo protestante de amplio prestigio en Chile; y este columnista; siendo moderados por Carmen Asiaín Pereira, experta católica uruguaya en libertad religiosa.

Desde mi posición laicista, puse acento en los aspectos fundamentales que fundan la libertad de conciencia, y su relación con los procesos de racionalización y construcción moral, como procesos evolutivos, la importancia del Estado laico, y el ejercicio de la tolerancia. Luego, en un segunda parte, señalé tres problemas que afectan la libertad de conciencia en el caso chileno: la propensión a las “palabras únicas”, desde particulares definiciones filosóficas o teológicas; el ejercicio de hegemonía, que se expresa en Chile en los últimos 40 años, de modo determinante; el concepto de democracia moderna y el respeto a las minorías; y el problema de la calidad de la educación chilena, como factor inhibitorio para la formación de conciencias libres.

Debo agradecer a la Fraternidad Ecuménica de Chile y al Arzobispado de Santiago, la invitación para participar en este diálogo, que creo que debiera ser de una recurrencia habitual, sobre todo en los ámbitos del debate ciudadano, ya que ello desde luego que conduce a construir los consensos necesarios para resolver muchos de los problemas que afectan las libertades y los derechos de conciencia.

Esto, sobre la base de que vivimos una época de oportunidades para el aseguramiento de los derechos de las personas. Si hay algo extraordinario de este tiempo, es precisamente la verdadera democratización espiritual que provoca la globalización como fenómeno cultural, tanto así que las concepciones totalizantes le temen y tratan de proscribirla, y buscan impedir su avance entre los pueblos.

Sin duda alguna, nada ha hecho cambiar más las concepciones del hombre que la ciencia y la tecnología. Es el uso de determinadas tecnologías lo que ha permitido dar al hombre histórico los grandes saltos hacia su realización.

Las actuales generaciones han tenido el privilegio de ser protagonistas de los cambios tecnológicos más acelerados que ha vivido la humanidad en su historia. Internet ha instalado culturalmente la irreverencia frente a lo más sólido de los determinismos.

Como consecuencia de ello, las instituciones más solemnes enfrentan el socavamiento de sus basamentos más robustos, por un mayor empoderamiento de la opinión ciudadana, expresándose a través de las redes y los movimientos sociales. Ello ha provocado que muchas instituciones hayan entrado en una profunda crisis. Si observamos con atención las percepciones de importantes sectores de nuestra sociedad, vemos que no solo hay crisis de credibilidad en torno a las instituciones del Estado, sino también de muchas de la sociedad civil, y de aquellas relacionadas con el mercado.

Y creo que para muchas de las instituciones contemporáneas se vislumbra claramente una crisis terminal, si no existe la capacidad de amoldarse a cambios profundos en su cultura organizacional. Una sociedad sin instituciones creíbles es una sociedad que avanza peligrosamente hacia la destrucción de las referencias esenciales que permiten organizar la vida social en convivencia.

Todo indica que no solo debemos ser cuidadosos en lo que hacemos con nuestras instituciones, sino que debemos trabajar muy intensamente en que tengan credibilidad y que hagan su labor con eficacia en la exclusividad de la esfera de su ámbito específico de acción. Pero, ello no es una tarea que solo descanse en lo que cada cual haga con lo suyo.

La validación y la credibilidad, el fortalecimiento institucional depende de un esfuerzo que también debemos hacer colectivamente, los unos con respecto de los otros, y para ello es fundamental que asumamos la más activa valoración de nuestra diversidad. Reconocerse y respetarse entre instituciones y personas diversas es una práctica ejemplar para la convivencia de las personas en la realidad de cada día.

Por ello son altamente valorables debates y diálogos como el foro realizado en el marco del Atrio de Santiago, como lo es el esfuerzo de diálogo que he conocido por parte de las tradiciones cristianas a través de la Fraternidad Ecuménica de Chile, presidida tal eficazmente por el pastor bautista David Muñoz Condell. Una cultura de no exclusión sin duda es el mejor acicate para el aseguramiento del ejercicio de la libertad de conciencia y para la emancipación de los espíritus.

Se ha dado una señal potente sobre lo que se puede hacer en el ámbito de los múltiples diálogos que la sociedad chilena requiere, para superar los resabios de los autoritarismos, de las exclusiones, de los exclusivismos, de las segregaciones, que tanto han dañado su convivencia a través del tiempo y que han conculcado el ejercicio de la libertad de conciencia de manera persistente en muchos planos.

En el robustecimiento de la libertad de conciencia, comparto la visión del Papa Bergoglio, que ha planteado que hay que preocuparse menos de los impulsos para regimentar la vida de las personas, y poner más el acento en las cuestiones de fondo, que tienen que ver con la esencia y propósito de los mensajes que sostienen la naturaleza de la fe.

Efectivamente, creo que - lo que la sociedad espera de sus instituciones éticas - es más iluminación, más misericordia, más humanidad. Más comprensión que regimentación. Más respeto a la diversidad que afirmaciones obtusas respecto a lo que me distingue y lo que propongo singularmente. Más práctica democrática efectiva. Más práctica del pluralismo. Más decoro y prudencia en el ejercicio de las hegemonías y el poder, frente a las minorías. Más aceptación de la idea de que las libertades individuales son un derecho inalienable del existir, y que cada cual puede disponer de su vida de acuerdo a sus personales afirmaciones de conciencia.

 



Etiquetas:   Ciudadanía   ·   Religión

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