Myanmar lanza un grito de desesperación (una historia personal)



A propósito de lo que ha pasado últimamente en  Lampedusa, Italia, donde unos 366 seres humanos perdieron la vida huyendo de la miseria y apostando todas sus cartas por la esperanza que significa cruzar el mar desde África hasta Europa, un mar comandado por la piratería mafiosa que trafica con los sueños y la desesperación. También a propósito de la niña gitana expulsada de Francia recientemente (aunque ya hubo rectificación debido a la presión internacional); y también a propósito de los millones de inmigrantes del mundo impulsados a dejarlo todo por la pobreza y violencia de sus países no puedo evitar  hacer un paréntesis en estas crónicas de mi viaje a Myanmar para contarles desde mi experiencia y lo que pude escuchar de la tragedia de las minorías en este país.Por un lado, están los musulmanes del pueblo Roghinya, originarios de Bangladesh pero que llevan generaciones asentados en Rakhine, una región de Myanmar; son víctimas de  una ola de violencia de un ala del budismo (Bamar) desatada en 2012, la cual terminó en pueblos arrasados por el fuego y la ira; y además, dejó cientos de víctimas y centenares de refugiados en la frontera con Tailandia. A partir de allí, la tensión con el pueblo musulmán ha generado una crisis en la región del sudeste asiático, porque recordemos que Malasia e Indonesia tienen una población predominantemente musulmana que denuncia estos hechos como una limpieza étnica apoyada o por lo menos no criminalizada por el Estado de Myanmar. Los Roghinya sufren persecución y aislamiento. El Estado de Myanmar los insta a volver a Bangladesh y Bangladesh lo opuesto, pero lo cierto es que no tienen lugar, cobijo, atención sanitaria, educación ni mucho menos pasaporte. Ciudadanos sin Estado.

 

Hoy cuando documento un poco más todo este hilo de tristes episodios de un país que recorrí con la emoción que puede tener el viajero en su primer despegue,  me encuentro con noticias de ataques a pueblos musulmanes no necesariamente Roghinya, esta vez cercanos a la ciudad de Mandalay. Una anciana de 90 años fue asesinada a cuchillazos. La agresión de los budistas a los musulmanes va escalando. Y -me pregunto retóricamente- ¿quién se beneficia de estas agresiones? ¿de este nacionalismo o anti-islamismo? No lo sé, pero parece que a nadie le importan las minorías del país, si tan siquiera son ciudadanos de papel.

Otro es el conflicto con la región de Kachin al que se enfrenta la nueva Myanmar. A comienzos de este año en Bangkok se realizó una protesta y un llamado de auxilio a la ONU y al mundo suplicando por el estado de terror que sufren los habitantes de Kachin, en su mayoría cristianos. Reseñaba la agencia EFE  de uno de los activistas en la protesta ”La situación es desesperada en el estado Kachin. El Ejército ataca con aviación y artillería pesada, y muchos civiles están siendo heridos, asesinados y obligados a abandonar sus hogares”. En Kachin se gestó una guerrilla que pide la independencia del lugar, rico en recursos naturales y donde los chinos construyen una represa hidroeléctrica.

En cuanto a la presencia extranjera, me encuentro leyendo entre las cifras que es público y notorio que China tiene un tercio de las inversiones en Myanmar y que Japón se mantiene también como un inversor importante. Pero, al parecer estos socios económicos no les importa demasiado los derechos humanos.

Hay más minorías aún en Myanmar, parece que la geografía asiática movilizó muchos chinos, hindúes y nepalí hacia este país. De cerca he conocido familias Gurkali, una etnia India e hinduista que se instaló al norte de Myanmar, en la zona de las minas de rubíes. De todos sé lo mismo. Son ciudadanos sin Estado. No existe un papel que los reconozca, aunque lleven más de dos generaciones allí. Muchos han sido tratados como esclavos en las minas, sin recibir casi nada a cambio.

Las víctimas de esta pila de injusticias piden a Aung San Suu Kyi, líder de la Liga Nacional para la Democracia, hilo conductor con el resto del mundo, que haga algo por frenar esta locura colectiva que no hace más que reavivar el terror de la peor época de la dictadura. Sin embargo, son escépticos, parece que la oposición del régimen no hace mucho.

Hoy Suu Kyi, también premio Nobel de la paz en 1991, está hoy 22 de octubre de 2012 en Luxemburgo, lanzando un grito de ayuda a Europa para impulsar los cambios necesarios en la Constitución del país, que aún siguen dominando los militares y que restringen derechos fundamentales de los ciudadanos.

Esta es una generalísima toma de un país al que nunca olvidaré. Al que cubre una nube gris de injusticias que espero un día den paso al amanecer.

Hasta ahora encuentro poca documentación en español, pero aquí dejo un artículo muy interesante de Al Jazeera en inglés.

PS: Intento buscar fotos par ilustrar este post y debo advertir que las imágenes de Google dejan sin ganas de mirar.



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Myanmar lanza un grito de desesperación (una historia personal)


A propósito de lo que ha pasado últimamente en  Lampedusa, Italia, donde unos 366 seres humanos perdieron la vida huyendo de la miseria y apostando todas sus cartas por la esperanza que significa cruzar el mar desde África hasta Europa, un mar comandado por la piratería mafiosa que trafica con los sueños y la desesperación. También a propósito de la niña gitana expulsada de Francia recientemente (aunque ya hubo rectificación debido a la presión internacional); y también a propósito de los millones de inmigrantes del mundo impulsados a dejarlo todo por la pobreza y violencia de sus países no puedo evitar  hacer un paréntesis en estas crónicas de mi viaje a Myanmar para contarles desde mi experiencia y lo que pude escuchar de la tragedia de las minorías en este país.Por un lado, están los musulmanes del pueblo Roghinya, originarios de Bangladesh pero que llevan generaciones asentados en Rakhine, una región de Myanmar; son víctimas de  una ola de violencia de un ala del budismo (Bamar) desatada en 2012, la cual terminó en pueblos arrasados por el fuego y la ira; y además, dejó cientos de víctimas y centenares de refugiados en la frontera con Tailandia. A partir de allí, la tensión con el pueblo musulmán ha generado una crisis en la región del sudeste asiático, porque recordemos que Malasia e Indonesia tienen una población predominantemente musulmana que denuncia estos hechos como una limpieza étnica apoyada o por lo menos no criminalizada por el Estado de Myanmar. Los Roghinya sufren persecución y aislamiento. El Estado de Myanmar los insta a volver a Bangladesh y Bangladesh lo opuesto, pero lo cierto es que no tienen lugar, cobijo, atención sanitaria, educación ni mucho menos pasaporte. Ciudadanos sin Estado.

 

Hoy cuando documento un poco más todo este hilo de tristes episodios de un país que recorrí con la emoción que puede tener el viajero en su primer despegue,  me encuentro con noticias de ataques a pueblos musulmanes no necesariamente Roghinya, esta vez cercanos a la ciudad de Mandalay. Una anciana de 90 años fue asesinada a cuchillazos. La agresión de los budistas a los musulmanes va escalando. Y -me pregunto retóricamente- ¿quién se beneficia de estas agresiones? ¿de este nacionalismo o anti-islamismo? No lo sé, pero parece que a nadie le importan las minorías del país, si tan siquiera son ciudadanos de papel.

Otro es el conflicto con la región de Kachin al que se enfrenta la nueva Myanmar. A comienzos de este año en Bangkok se realizó una protesta y un llamado de auxilio a la ONU y al mundo suplicando por el estado de terror que sufren los habitantes de Kachin, en su mayoría cristianos. Reseñaba la agencia EFE  de uno de los activistas en la protesta ”La situación es desesperada en el estado Kachin. El Ejército ataca con aviación y artillería pesada, y muchos civiles están siendo heridos, asesinados y obligados a abandonar sus hogares”. En Kachin se gestó una guerrilla que pide la independencia del lugar, rico en recursos naturales y donde los chinos construyen una represa hidroeléctrica.

En cuanto a la presencia extranjera, me encuentro leyendo entre las cifras que es público y notorio que China tiene un tercio de las inversiones en Myanmar y que Japón se mantiene también como un inversor importante. Pero, al parecer estos socios económicos no les importa demasiado los derechos humanos.

Hay más minorías aún en Myanmar, parece que la geografía asiática movilizó muchos chinos, hindúes y nepalí hacia este país. De cerca he conocido familias Gurkali, una etnia India e hinduista que se instaló al norte de Myanmar, en la zona de las minas de rubíes. De todos sé lo mismo. Son ciudadanos sin Estado. No existe un papel que los reconozca, aunque lleven más de dos generaciones allí. Muchos han sido tratados como esclavos en las minas, sin recibir casi nada a cambio.

Las víctimas de esta pila de injusticias piden a Aung San Suu Kyi, líder de la Liga Nacional para la Democracia, hilo conductor con el resto del mundo, que haga algo por frenar esta locura colectiva que no hace más que reavivar el terror de la peor época de la dictadura. Sin embargo, son escépticos, parece que la oposición del régimen no hace mucho.

Hoy Suu Kyi, también premio Nobel de la paz en 1991, está hoy 22 de octubre de 2012 en Luxemburgo, lanzando un grito de ayuda a Europa para impulsar los cambios necesarios en la Constitución del país, que aún siguen dominando los militares y que restringen derechos fundamentales de los ciudadanos.

Esta es una generalísima toma de un país al que nunca olvidaré. Al que cubre una nube gris de injusticias que espero un día den paso al amanecer.

Hasta ahora encuentro poca documentación en español, pero aquí dejo un artículo muy interesante de Al Jazeera en inglés.

PS: Intento buscar fotos par ilustrar este post y debo advertir que las imágenes de Google dejan sin ganas de mirar.




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