. Unos beduinos, y luego
numerosos investigadores entrenados, hallaron más de 800 manuscritos hebraicos
y arameos, e incluso en griego, de la antigua Biblioteca de Qumran, perteneciente
a la secta esenia, de la cual nos hablaron antiguos sabios como Filon, Plinio
el Viejo, y Flavio Josefo.
Estos documentos estaban
escondidos y dispersos en once cuevas de los acantilados a orillas de ese mar
salado del sureste de Jerusalén, y que recibe las aguas del río Jordán, donde
el profeta Juan bautizó a su primo, Jesús
de Nazaret y a miles de judíos de los primeros años del siglo I de la Era Cristiana.
Al leerse esos manuscritos en
hebreo y arameo, el mundo culto dio un salto de estupor y alegría. Tal emoción
era muy comprensible, pues a la fecha de 1950 no existía copia alguna de los
libros de la biblia hebraica anteriores en 100 y 200 años a la época de Jesucristo.
La biblia hebraica completa màs antigua
era del año 900 Despuès de Cristo.
Y allí estaban todos los libros
del Antiguo Testamento, menos el libro de Ester y los Macabeos y muchísimos
otros libros para-bíblicos o anexos a la tradición judía, como el libro de
Henoch, la Asunción de Moisés, y otros textos apocalípticos de Israel. De ellos
había copias modernas y medievales, pero ninguna era tan antigua como las de la
Biblioteca de la Secta de Qumran.
Esos textos, que incluían las
reglas de vida de la Comunidad de Qumran, o de “los Hijos de la Luz” o de los
“Osim”, como se hacen llamar esos monjes del Desierto de Judea, nos permiten
cubrir extensos vacíos de información que se tenían respecto de la época previa
al nacimiento de Cristo y de la atmósfera espiritual que se respiraba en
Palestina en el primer siglo de nuestra Era.
Tal atmósfera intelectual es
importante para comprender las razones del éxito del Cristianismo emergente en
el Medio Oriente y en el resto del Imperio Romano. Y, desde luego, esos
documentos nos permiten iluminar a la persona y a las enseñanzas de Jesús de
Nazaret con una nueva luz, la de los Esenios, y así saber a ciencia cierta si era
o no un miembro iniciado de esa secta de monjes de blanco a orillas del Mar
Muerto.
Lo que se ha podido establecer
con claridad meridiana es que los Esenios de Qumran (Gomorra en español),
fueron fundados por un sacerdote levita, que oculta su nombre real tras el
titulo honorifico de Maestro de Justicia, y que vivió hacia el año 150 antes de
Cristo. Formó su secta-escuela monástica tras un quiebre con el sumo sacerdote
del templo de Jerusalén, por razones de cómputo de los tiempos del calendario
judío y cuestiones relativas a la pureza espiritual y ritual del los sacerdotes
y la santidad del templo mismo.
La secta sobrevivió más de 200
años a la muerte del Maestro de Justicia, llegando a tener unos 4.000 miembros
en su mejor momento, hasta el año 68 después de Cristo, en que se disolvió por
la guerra entre Roma y los judíos, además de la absorción de muchos de sus integrantes
en el seno del movimiento cristiano
emergente.
La hermandad era dirigida por un
consejo de ancianos de doce miembros laicos más antiguos y tres sacerdotes. Tenían
juramentos de obediencia, ceremonias de ingreso, sanciones especiales para los
rebeldes, ejercían la misericordia y el amor fraternal, pero odiaban a los
enemigos de Israel y al mundo de pecado que los rodeaba.
Para ellos el fin del mundo era
algo inminente, y no sólo eso, sino que ese acontecimiento traería acompañado
una enorme guerra apocalíptica, un armagedon cósmico, en el que ellos serían
las tropas de elite en la lucha final contra los poderes de la oscuridad. Por
eso habían escrito un importante libro llamado “La guerra entre los hijos de la
luz y los de las tinieblas”.
Aunque el trasfondo religioso o teológico,
y apocalíptico, de los esenios es el mismo del pueblo judío y el de Jesùs de
Nazaret, hay notables diferencias entre el pensamiento de Jesucristo, sus
ordenanzas rituales y las doctrinas y las prácticas esenias. Las diferencias
encontradas son tantas y tan esenciales que se ha concluido entre los eruditos
del tema que Jesús de Nazaret no fue miembro de la Comunidad de Qumran ni de
ninguna otra rama del esenismo del siglo I.
El problema ahora lo tendrán las
escuelas rosacruces, teosóficas y otras, que por más de 140 años han afirmado
que Jesús sí fue esenio. Autores famosos como Eduardo Shuré con Los Grandes
Iniciados, han quedado descalificados por los descubrimientos de los
manuscritos de Qumran. Pero como los errores tardan en morir, se observa que
muchos seguirán repitiendo como papagayos la monserga de que Jesús sí era un
maestro esenio aunque los documentos digan lo contrario.
Veamos esas diferencias para que
el lector saque sus propias conclusiones.
Las normas levíticas que seguían
rigurosamente los esenios les impedían tocar a los muertos, fueran cadáveres de
animales o de personas, pues se contaminarían con esa acción, tanto en sentido
material como espiritual. Sin embargo, Jesús de Nazaret toca los cadáveres de
aquellos que va a resucitar de modo habitual, sin temor a contaminarse ritual
ni espiritualmente. Ver a ese respecto la resurrección de la Hija de Jairo y la
resurrección del hijo de la Viuda de Naín. (Respectivamente
Marcos 5, vers. 40 al 43. Y Lucas 7, 11 al 15).
Los esenios se bañaban
religiosamente tres veces al día, para sacarse del cuerpo toda impureza ritual
y espiritual que les impidiera participar de sus ritos sagrados en el comedor
de la comunidad y en sus ceremonias de invocación de ángeles, a Dios y en sus
ritos de iniciación, todos los días. Y si faltaban a sus obligaciones para con
la hermandad y para con sus superiores eran privados de su derecho a participar
de esos baños sacros de purificación, y tampoco podían usar sus túnicas
blancas.
Pero Jesús de Nazaret impuso a
sus seguidores un solo baño ritual iniciático, para nacer del agua y del espíritu,
una sola y definitiva ceremonia de bautismo para ser discípulo del Señor. Lo
demás era cuestión de higiene de cada uno y de sus posibilidades de conseguir
agua.
Los esenios esperaban para el
futuro, no a un mesías, sino a tres mesías, a saber, un mesías rey y guerrero,
un segundo mesías profeta y un tercero, el mesías sacerdote. En cambio Jesús en
el Nuevo Testamento aparece como rey, profeta y sacerdote. Las tres funciones
encarnadas en su sola persona.
Además, esos mesías no eran
ungidos sufrientes, sino seres triunfantes, que no expiaban personalmente el
pecado con su sufrimiento. En cambio, Jesús de Nazaret se identificó con el Siervo
sufriente descrito por el profeta Isaías cap. 52-53. y pagó con su muerte por
los pecados de los hombres.
Para los esenios el o los mesías
eran hombres de carne, tocados y escogidos por el Espíritu Santo para cumplir
sus funciones en el seno de la comunidad israelita, pero nunca eran seres
divinos o de origen divino u hombres sobrenaturales, unificados con Dios, o
encarnaciones de Dios. En cambio la persona de Jesucristo es de origen divino,
un avatar al estilo hindú, una encarnación divina en forma de hombre. (Avatar:
“el que desciende”).
Por eso es que Jesús nos dice en
el capítulo 6,51 del evangelio de Juan que él es el pan vivo que descendió del
cielo para la salvación del mundo. Y en otros textos del mismo evangelio de
Juan, Jesús nos dice que él salió o emanó de Dios, y que a él debe volver. (Ver
evangelio de Juan, cap. 16, vers. 27 y 28. Y Juan cap. 17, vers. 8).
A diferencia de los cristianos,
los esenios excluían de la comunidad a los locos, a los endemoniados, a los
cojos, a los ciegos, a los inválidos, a los niños, y a los lisiados, y el pan y
el vino que compartían era sólo para los iniciados en la secta. Y, además, la
predicación es sólo para los miembros de la comunidad y jamás se predicaba en público
a todas las gentes.
En cambio, en el evangelio de San
Lucas cap. 14, ver 16 al 24, por ejemplo, Jesús narra la parábola de la gran
cena, en la que los invitados no quisieron
asistir, entonces el dueño de casa dijo a su criado: ve pronto por las
plazas y las calles de la ciudad y trae a los pobres, los mancos, los cojos y
los ciegos. Y aún había lugar en la gran casa. Entonces el Señor de la casa
dijo: ve por los caminos y los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se
llene mi casa.
Los esenios eran particularmente
rigurosos respecto de las normas de respeto por el sabat, como dia de reposo
absoluto, no andaban màs de 200 metros, ni trabajaban, ni cocinaban en ese
sagrado dìa. Sòlo oraban, alababan a Yahvè desde la puesta del sol, y leían las
santas Escrituras en dicho dìa. Pero en cambio Jesùs era liberal respecto del
sábado, respetando su espíritu pero violaba todas las formalidades
acostumbradas que seguían en aquel tiempo los judíos. Se atrevía a hacer
milagros en dìa sábado, permitìa que sus discípulos caminaran y trabajaran por
comer en dia sábado, y, lo peor es que
agregaba una horrible blasfemia. Afirmaba que EL ERA SEÑOR DEL SABADO, Y
QUE EL SABADO HABIA SIDO HECHO PARA EL HOMBRE Y NO EL HOMBRE PARA EL SABADO.
Asì puede leerse en Mateo 12, 8-14. Y 12, 1-8. Y Marcos 2,27. Y en Lucas
6,6-11.-
Otra cuestión, no menor, es que
Jesùs desarrollò casi toda su misión apostólica alrededor del Templo de
Jerusalen, visitàndolo con frecuencia desde niño, y al ver conductas
inapropiadas en el atrio del santuario, las reprendió enérgicamente y purificò
el lugar con un làtigo en sus manos. Tambièn predicò muchas veces a sus
puertas, y nunca pidió a sus seguidores que se apartaran de visitar el templo.
En cambio, los Esenios, guiados por el Maestro de Justicia, se apartaron para
siempre del santuario nacional, negándose a enviar ofrendas o a visitarlo en
fechas sagradas obligatorias para todo judío piadoso. Pensaban que sòlo al
final de los tiempos, tras la batalla final entre los hijos de la luz contra
los hijos de las tinieblas, el templo sería purificado y restituido a sus
sagradas funciones.
La actitud positiva de Jesùs
respecto del Templo fue seguida rigurosamente por sus discípulos, Juan y Pedro,
por ejemplo, en la narración de los Hechos de los Apòstoles. Tal conducta fue
seguida con rigor incluso por san Pablo. Eso muestra cuàn diferente es la
actitud y la conducta de Jesùs y los apóstoles respecto de la que seguían los
esenios. Cuando el Templo fue destruido por los Romanos en el año 70 D. de C. los
seguidores de Jesùs se hicieron independientes de esa costumbre y se
esparcieron por la cuenca del mediterraneo igual que hicieron los Judìos que
huìan de la catástrofe nacional y de la matanza.
Como corolario puede agregarse
que la fraternidad esenia es una organización liderada por sacerdotes levitas,
desde el principio hasta el fin. Todos sus màs altos dirigentes deben ser hijos
o descendientes de Levi y de Aaron. En cambio el sacerdocio dentro de la
iglesia primitiva es algo que depende del llamado de Dios y de los videntes o
profetas de la comunidad, quienes llaman y nombran para esas funciones a
cualquier hombre, sea o no hijo de Levi o de Aaron, el mismo Cristo no es hijo
o descendiente de sacerdotes, como si lo es su primo Juan. Y a Jesùs le corresponde
el sacerdocio supremo, según la epístola a los Hebreos. A pesar de ser hijo de Judà,
a ellos, por ser descendientes de David, les corresponde el poder político, no
el sacerdocio.
Siete poderosas razones que nos
indican claramente que Jesùs no fue un esenio. Y si alguien, a pesar de lo
dicho sigue creyendo en esa hipótesis, que escriba siete poderosas razones que
demuestren con los documentos del Mar Muerto y con la Biblia en la mano que
Jesùs si fue un maestro esenio.