. Nació en un
pequeño pueblo castellano en el año 1926. Sufrió las duras consecuencias de una
Guerra Civil y de la hambruna de la posguerra. Prácticamente no pudo acceder a la
escuela, y comenzó a trabajar a los doce años. Tras cincuenta y tres años de
duro trabajo y sacrificio, de miles de horas de sudor, logró ahorrar unos
treinta y tres mil euros. Ya jubilado, con problemas de visión y movilidad,
decidió invertir ese dinero en un depósito bancario, a plazo fijo y
recuperable. El trabajador de la entidad bancaria le ofreció un producto
maravilloso que, según le informó verbalmente, le daría una gran rentabilidad y
gracias al cual podría disponer del dinero cuando quisiese. Le puso un papel delante
repleto de palabrería técnica y compleja y el hombre firmó. Cuando quiso
recuperar una parte de su dinero, en el banco le informaron de que no podía
disponer de él hasta el vencimiento, que era el año 2025.
No creo que sea muy atrevido pensar que
el trabajador de la entidad bancaria conocía a la perfección que lo que le
estaba ofreciendo a este hombre eran las conocidas como “preferentes”, y que
también conocía a la perfección los plazos y los riesgos de este producto. Sin
embargo, decidió no informar correctamente a su cliente –por no decir abiertamente
que le engañó - sin ponerse en ningún momento en el lugar de este hombre. Como
este caso o similares, hay miles en toda España; personas con alzheimer,
personas con problemas de comprensión, analfabetos, minusválidos, etc., a los
que les encasquetaron un producto complejo con grandes riesgos que ninguna
persona sin conocimientos de inversión hubiera firmado en su vida.
Miles de empleados de entidades
bancarias son culpables de haber “engañado” a miles de clientes para contratar
este tipo de productos. La falta de ética de estos trabajadores es tan
escandalosa que los convierte en seres absolutamente despreciables por los
perjuicios causados a este tipo de personas, ya que queda más que demostrada la
intencionalidad y la premeditación de un engaño. Sin embargo, muchos de estos
trabajadores siguen en sus puestos de trabajo sin que se les caiga la cara de
vergüenza ni sin que hayan pedido en una carta pública perdón a sus víctimas.
Pero si este tipo de seres son
despreciables, aún lo son más aquellos que dirigen estas entidades bancarias.
Todos ellos eran conocedores de los riesgos de este tipo de productos y
fustigaron a sus empleados para que los colocasen lo antes posible, fuese a
quien fuese y del modo que hiciese falta. Sin embargo, gracias a las leyes de
este país que benefician a los ladrones y criminales, ninguno de ellos está en
la cárcel. Todo lo contrario; mientras miles de afectados por las preferentes
han perdido todo o gran parte de sus ahorros luchados tras millones de horas de
trabajo y esfuerzo, los responsables de su ruina siguen en altos cargos con
sueldos multimillonarios, riéndose a carcajada limpia y tomando güisqui de
cincuenta años.
Nuestros políticos siempre nos recuerdan
a los ciudadanos que hay que respetar la democracia. Pero, ¿qué tipo de
democracia es aquella donde la vida y los privilegios de los que se lucran
inmoralmente valen más que la vida de la gente decente y trabajadora? ¿Qué tipo de democracia es aquella donde unas vidas valen más que otras? ¿Qué tipo de democracia es aquella donde la justicia no es igual para todos?