. Un honor haber podido contactar con él y que sea hoy el mismo
Manuel el que me conceda esta entrevista para Alquibla. Para mí hoy una de las entrevistas más profundas publicadas hasta ahora.
1.-
Manuel, he leído recientemente una crítica de Miguel Baquero a tu
última novela, “Jaramagos y otras flores amarillas”, cuyo primer párrafo
–de la crítica-- dice textualmente lo siguiente: “Si hay un nombre
maldito en la literatura de aquí, nuestro país, y ahora, la actualidad,
es el de Manuel García Viñó. Un autor “maldecido” —casi mejor así, para
que nadie pueda percibir un rasgo de complacencia o pose— desde que allá
por los años sesenta publicó su libro “Novela Española Actual”. ¿Te
consideras un escritor maldito?
MGV.- Hay que reconocer que, desde que Paul Verlaine publicó su libro Les poétes maudits
el malditismo tiene un altísimo rango literario, pero yo, a través de
los conocimientos que he tenido de los considerados tales, lo he
asociado siempre con tabernas cochambrosas, bohemia, hambre, ausencia de
jabón, largas pelambreras, capas y vagancia. No hay una razón seria
para ello, pero así ha sido. De manera que prefiero que me llamen
silenciado, incluso puteado. Una definición del maldito, de hecho, y se
trate de poeta, novelista, pintor o escultor, seria la de que, a pesar
de su valía, es incomprendido, ignorado, marginado… En mi caso, no se
puede hablar en absoluto de incomprensión –a mí se me entiende todo--,
sino de silenciamiento, de ninguneo.2.- ¿Y cuál crees tú que ha sido la razón de esa actitud hacia ti?MGV.-
A pesar de que todavía hay extremos que no termino de comprender,
objetivamente la veo muy clara. A pesar de que en muchas ocasiones me ha
hecho sufrir, en el fondo es una historia muy bonita. Cuando me vine a
Madrid, a trabajar como secretario adjunto del Ateneo y redactor-jefe de
“La Estafeta Literaria”, con veintinueve años y recién casado, ya había
publicado dos novelas en México y, sobre todo, colaborado intensamente
en la creación y puesta en órbita de la que se llamó “Generación
Sevillana del Cincuenta y Tantos”, en la que estaban también Manuel
Mantero, Aquilino Duque, Julia Uceda, María de los Reyes Fuentes, José
María Requena… Dado algunas conferencias en defensa del Arte Moderno y
escrito muchos artículos y mis primeras críticas literarias. Pero,
aunque he publicado una docena de poemarios, lo que a mí me interesaba
era la novela.3.- ¿Fueron difíciles los comienzos?MGV.-
En justicia tendría que decir que no. Normales. Lo difícil vino
después. Para publicar mi primera novela “española”, “Nos matarán
jugando”, en la Editorial Cid, vinculada a la SER, tuve dos padrinos de
lujo: José Luis Castillo Puche y Juan Luis Alborg. Buenas críticas,
según las cuales yo era “una gran promesa”. De la siguiente, “La pérdida
del centro” –cerca de cuarenta críticas, algo imposible hoy, incluso
para los mimados del sistema--, se llegó a decir que era el buque
insignia de mi generación. Según dicen los prudentes, y creo que con
razón, si yo hubiese seguido por la misma senda, sin meterme a arreglar
el mundo, otra hubiese sido mi carrera. 4.- ¿Te pusiste a arreglar el mundo?MGV.-
Verás. Yo ya había oteado de sobra el panorama y escrito algunos
artículos contra la clase de novela que se hacía en España. La de
realismo costumbrista y la de realismo social. Todo el que empezaba,
quería imitar a Cela, un formalista que no había tenido en su vida una
sola idea, y a un provinciano mental como Miguel Delibes, que creía que
las tres divinas personas eran la boina, el chuzo y el porrón. Yo odiaba
el casticismo, negaba con fuerza que la espina dorsal de la literatura
española fuese el realismo. Sin salir de aquí, y a solas, me formé en
Europa. Novelas y ensayos, sobre todo, franceses, fueron configurando mi
concepción del arte literario. Y aquí quiero decir algo que me
satisface sobremanera: he podido comprobar que en mi primera,
primerísima novela, “El caballete del pintor” (México, Latinoamericana,
1957) cumplí, sin ser consciente de ello, con la normativa que he
explayado en mi “Teoría de la novela” (Anthropos, Barcelona, 2005 ¡medio
siglo más tarde!)5.- Cuarenta y ocho años, para ser exactos… ¿Continua la historia?MGV.-
Su mejor parte. El crítico literario barcelonés José María Castellet,
director literario de Seix Barral, que había sostenido teóricamente el
movimiento de la novela social, se dejó caer, en 1962, con un libro, “La
hora del lector”, en el que decreta el fracaso literario del movimiento
y se apunta a uno de signo completamente diferente: el objetivismo,
escuela de la mirada o “nouveau roman”. Y yo, que, pese a mi europeismo
vocacional, no había dejado de atender lo que acontecía a mi alrededor,
caigo en la cuenta de que, justo en 1962, cuando Castellet manda al
limbo la novela social, se publican en España cinco novelas, de autores
de más o menos la misma edad –nacidos entre 1926 y 1929--, que no se
conocían entre sí y que ofrecen una serie de características comunes de
concepción del género –universalismo, intelectualismo, valores estéticos
que no eran precisamente los del lenguaje florido de los castizos,
consideración de la realidad invisible junto y aún por encima de la
visible, innovaciones técnicas y estilísticas y un inconformismo ante el
mundo y la sociedad de mayor alcance que el que únicamente alcanzaba al
régimen político local--, que los hermanan con los novelistas que están
laborando en ese momento en Europa y en América. Dichas novelas eran
–son—“El borrador”, de Manuel San Martín, “Las llaves del infierno”, de
Carlos Rojas; “Homenaje privado”, de Andrés Bosch; “Cuando amanece”, de
José Vidal Cadellans, y “La pérdida del centro”, de Manuel García Viñó.
Lo que más hermanaba a los protagonistas de estas historias era que
encarnaban una actitud inconformista de mucho más largo alcance que la
del inconformismo social al uso, aunque también. Los cinco eran
–son—estudiantes universitarios, que miran la vida desde dentro y desde
fuera, haciendo de ella no ya una crítica elemental, basada únicamente
en determinaciones económicas, sino en un análisis en profundidad, en
busca de su sentido, teniendo en cuenta también las tensiones
provenientes de esa realidades fundamentales que son la posible o
imposible religación, el tiempo, el amor, las ideas, el ser, el mundo y
la muerte.6.- Y a escribir un libro.MGV.-
¿Cómo lo has adivinado? Aquello se tenía que saber y, si no lo decía
yo, ¿quién lo iba a decir? Pasé un tiempo de verdadera zozobra. Yo no
pensaba en posibles consecuencia negativas. En lo que pensaba era en que
me iba a echar encima una tarea muy pesada y ello iba a ir en
detrimento de mi obra de creación. Finalmente, me decidí a hacerlo. Me
quemaba. Una amiga, profesora de español en la Universidad de
Montpellier, me dijo: “Tu quieres ser novelista ¿no? Pues meterte a juez
y parte no te va a beneficiar”. Yo le dije que se me había aparecido
la Virgen y que me había ordenado hacerlo. Fueron tres o cuatro años de
leer novelas y redactar. Algunos capítulos los adelanté en “Punta
Europa” y “Nuestro Tiempo”. Terminado, me lo contrató Guadarrama para su
colección “Crítica y Ensayo”, pero después retrasó su salida más de un
año, para que fuera uno de los primeros números de una nueva colección,
“Punto Omega”.7.- ¿Consecuencias?MGV.-
Tremendas. La polémica que suscitó “Novela Española Actual” (1967) fue
tan grande que la recopilación de críticas, entrevistas, artículos, con
breves comentarios, me dio años después (1975) para un libro de más de
doscientas páginas “Papeles sobre la’‘nueva novela’ española”. Que a
Cela ni lo nombrara escandalizó. Lo mismo que el hecho de que me cargara
a Delibes, casi casi también, a Carmen Laforet y a los principales
novelistas sociales: Antonio Ferres, Armando López Salinas y Jesús López
Pacheco. Por otra parte, era el primero que se ocupaba extensamente de
Álvaro Cunqueiro, Ana María Matute, Torrente Ballester, Rafael Sánchez
Ferlosio, José Luis Castillo Puche, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández
Santos, Luis Martín Santos y los entonces desconocidos Carlos Rojas,
Andrés Bosch, José Tomás Cabot, José Vidal Cadellans, Manuel San Martín y
Antonio Prieto. El libro, que agotó una primera edición de diez mil
ejemplares –luego hubo otras dos— tuvo una muy favorable acogida en la
América Latina y en las universidades estadounidenses. Durante varios
años, no hubo doctorando norteamericano que no “peregrinase” a mi casa.
Pero, resumiendo, mientras en la revista “Sic” de Caracas, opinaron que
si yo hubiese apurado un poco más mis tesis, habría ido a parar a la
cárcel o al exilio, aquí me acusaron de ser del Opus y un esbirro del
capitalismo. Fíjate: justo en los días en que yo empezaba mi camino
hacia el ateísmo me colocaban poco menos que las sagradas órdenes. Y me
consideraban derechón capitalista cuando las estaba pasando canutas para
sacar adelante cinco hijos, entre cero y siete años. Tuve ilustres
valedores, ciertamente, como los profesores Mariano Baquero Goyanes,
Juan Luis Alborg y Rafael Benítez Claros, y los críticos Manuel
Cerezales (marido de Carmen Laforet), Antonio Valencia, Domingo Pérez
Minik, Juan Ramón Masoliver, Ángel Marsans, Fernando Gutiérrez, Horno
Liria, Segado del Olmo, el propio Rafael Conte, que luego consideró
oportuno situarse contra mí.. Pero los enemigos me llovieron
caudalosamente, empezando por todos los novelistas que no figuraban en
el índice del libro. Quienes repartían el bacalao en aquel momento
–bacalao político, que no literario-, encabezados por los profesores
Gonzalo Soberano e Ignacio Soldevila, quienes decretaban marginaciones y
ostracismo, consideraron de derechas defender la estética literaria y
el pensamiento existencialista. Yo nunca he comprendido que contra un
libro que defendía la novela culta y los valores estético-literarios se
ganara la enemistad de unos profesores universitarios. Manolo Mantero me
escribió desde la Michigan University: “Has sabido ver la contingencia
de la novela social y eso no te lo perdonarán “. Y tanto que no me lo
han perdonado.7.- Desde bien joven, sentiste admiración por la literatura y decidiste ser escritor. ¿Cómo fueron los comienzos?MGV.-
Yo sé bien que ocurrió, pero no cómo ni por qué. En mi familia no había
precedentes. Sé lo que me atraía la asignatura de Literatura. Y
recuerdo que, cuando nos ponían a hacer una redacción, yo le daba forma
de cuento, imitando a los autores que frecuentaba entonces. Porque la
vocación de escribir siempre va precedida por la afición a leer. Creo
que hasta el escritor que después será muy original, empieza imitando lo
que concuerda con sus gustos y su disposición8- Uno de los primeros libros que te llamó la atención, según he leído, fue la Historia de la literatura española de Guillermo Díaz Plaja, ¿no?MGV.-
Bueno, no se trató propiamente de un solo libro. En el colegio de los
maristas, entre cuarto y séptimo de bachillerato, estudiamos la
literatura española, la universal, la teoría de los géneros literarios,
la lengua, todo, en libros de Díaz Plaja. Me entusiasmó la forma en que
exponía y cómo hacía amar a nuestros clásicos. Quién me iba a decir a mí
que aquel hombre a quien tanto admiraba, pasados los años, me citaría
en su discurso de ingreso en la Academia, a propósito de mi libro sobre
las leyendas de Bécquer9.- ¿Cuál fue, en tus principios, tu poeta/escritor/novelista…?MGV.-
Eso sí que lo tengo claro. Cuando empecé a escribir, empecé también a
leer. Lo leía todo. Y seguro que aprendí de todos los autores que leía.
Pero hubo dos que ejercieron sobe mí especial magisterio: Edgar Allan
Poe y Gustavo Adolfo Bécquer10.- Debe tener una colección
bastante extensa de libros de literatura, ¿cuál es el que guarda con
más cariño? ¿Y el más antiguo que tiene o que conserva en un lugar
privilegiado?MGV.- Mi biblioteca tiene unos doce mil
volúmenes. Cierto que no los he leído todos, pero también he leído
muchos en la Biblioteca Nacional. Conservo con cariño el Quijote
reducido para niños que teníamos en la clase de lectura de ingreso. No
soy bibliófilo, pero conservo y valoro una primera edición de La Regenta. 11.- Tu método de trabajo. ¿Qué aconsejarías a uno que empieza?MGV.-
Yo creo en la conveniencia de tener un método de trabajo. Pero también
creo que se trata de algo muy personal, y que cada uno debe tener el
suyo, adecuado a su manera de ser, sus circunstancias y su
disponibilidad de tiempo. Lo que sí me atrevo a aconsejar, sobre todo en
el caso de la novela, es que hay que saber a donde se encamina uno, y
trabajar con vistas a ese fin. Un fin que después puede cambiar pero
que, entretanto, es la base de la estructura. En su “Filosofía de la
composición”, decía Allan Poe que el primer verso que hay que tener de
un poema es el último y que éste debe ser el mejor, de manera que si se
cuenta con uno anterior todavía mejor, hay que rebajarlo. Mi método. Yo,
cuando concibo una novela, inmediatamente abro una carpetilla, en cuya
cubierta pongo el título, si ya lo tengo. Si no, pongo “Novela sobre…lo
que sea”. Vienen entonces unos días febriles, de pensar y pensar –en la
cama, por la calle, en la ducha—y tomar notas. Cuando creo que tengo
suficiente material empiezo a escribir y escribo lo equivalente a un
capítulo. Entonces me paro y no vuelvo a retomarla hasta pasados dos o
tres años. No sé por qué, pero siempre ha sido así. Únicamente “Congreso
de burladas” la escribí de un tirón, en dos meses. En los años 70,
tenía ocupadas las mañanas y las tardes. Escribía los fines de semana y,
para ponerme en situación, tomaba anfetaminas. Los estragos que aquello
produjo en mi sistema nervioso, ya castigado por un trastorno bipolar
congénito, hicieron que mi mujer me exigiera la promesa de que no
volvería a tomar anfetas.. Para escribir ensayo nunca he necesitado de
ningún requilorio.12.- ¿Qué tal el ambiente literario?MGV.
Ese es un tema importante. Como formando parte del método hay que
considerar lo que yo llamo el caldo de cultivo. Caldo de cultivo
literario, caldo de cultivo espiritual y caldo de cultivo existencial.
Esto, a veces, se lo encuentra uno, pero otras hay que fabricárselo. En
los años 50 y 60, aquí andaba casi todo el mundo , como te he dicho
antes, inmerso en el realismo costumbrista y castizo dominante, en el
tremendismo anticultural de Cela y en la ignorancia de la novela
intelectual y la novela esteticista que se hacía en Europa y los Estados
Unidos. Por manera de ser, formación (autoformación) y gustos
personales yo me alejé en seguida del culto al porrón, la boina, el
chuzo, las sardinas al martirio, los calamares, los regüeldos, etc.,
como me alejé de las tascas, del café Gijón y de las novelas de Miguel
Delibes, un señor que consideraba demoníaco el progreso, al que oponía,
como portador de la autenticidad humana, a un fulano que no se lavaba,
con sólo la mitad de los dientes y que comía ratas, “con una pinta de
vinagre”. Leí filosofía, teología, sociología, historia general,
historia de las religiones, estética, antropología, física teórica
–sobre todo cosmología-- y novelas que iba de vez en cuando a buscar a
Paris. (No hay materia que pueda dejar de interesar al novelista)
Mantenía continua correspondencia con Andrés Bosch y Carlos Rojas, que
pensaban como yo y, cuando el segundo, que era profesor en la Emory
University (Atlanta) venía a España yo iba a Barcelona y los tres
hablábamos horas y horas. Mi amistad con el genial novelista rumano
Vintila Horia también me fue de gran utilidad para mi formación. No sólo
le hice ascos al casticismo, sino que fui vocacionalmente un escritor
europeo, incluso antes del Mercado Común. De lo español, me sumergí
sobre todo en los clásicos y en los del Noventa y Ocho. (Hace poco, me
invitaron a dar una charla en uno de esos que llaman talleres de
literatura. Todos aquellos jóvenes conocían “El Código da Vinci” ¡pero
ni siquiera sabían lo que era la picaresca…!) / Mi elección fue
enteramente subjetiva, pero no me cabe duda de que, también
objetivamente, la acertada. Lo cual no quita para que, materialmente, me
fuera perjudicial. Y es que en este país de castizos y de catetos los
afrancesados siempre hemos ido vistos con malos ojos, como gente
indeseable a la que hay que borrar del mapa. Decía Valle Inclán que
España es una deformación grotesca de la cultura europea. Zaragatera y
triste, como decía Antonio Machado. Mientras Europa vivía el siglo XX,
el siglo más creativo de la Historia, aquí andaban ensarzados en guerras
tribales. Aquí se pusieron muy contentos, y todavía lo están, porque
España permaneció neutral en las dos guerras mundiales. Yo esto lo leo
de otra manera: en dos ocasiones en que Europa se jugó su destino España
no tuvo nada que decir. En todos los milenios pasados y estoy seguro
que muchos venideros nunca han estado activos a la vez tantos cerebros
de primera magnitud, tanto en las ciencias como en las artes. Pero
fíjate: si tomas un libro de Filosofía, de Antropología, de Sociología,
de Estética, de Física, de Cosmología, de lo que sea, y te vas al final,
a la bibliografía, no encontrarás ni un solo nombre español. Porque
España no ha aportado nada ni a la ciencia ni al pensamiento de
Occidente. Y todavía hay cretino que dice y repite que “España va bien”.
¿En qué? Mira este dato: Rumanía, un país pequeño y paupérrimo, ha
aportado al mundo, en el siglo XX, estas seis luminarias universales:
Mircea Eliade, Ionesco, Brancusi, Stephane Lupasco, Vintila Horia y
Ciorán… En cuanto a los que aquí osan llamar “países de nuestro entorno
–Alemania, Francia, Italia, Reino Unido—nos perderíamos en la cuenta.12.- ¿Crees que la literatura se ha ido degradando o, al contrario, ha ido avanzando?MGV.-
Sin la menor duda, se ha degradado. Y con estruendo. La caída ha sido
como desde las cumbres nevadas a las cloacas. Y lo más canallesco es que
la culpa la han tenido quienes por principio tenían que defenderla: los
propios escritores, los profesores y los críticos… (Hablo en términos
generales, claro)… Empezando por los editores. El género más perjudicado
ha sido la novela. La novela, desde Aristóteles, ha estado excluida de
la poética. Los neoclásicos la desdeñaron, en comparación con géneros
más nobles, como la épica y la lírica. En nuestra época, algunos como
Valéry la excluían del arte literario “por su prosaísmo”. No cabe duda
de que, ni con toda la mayor buena voluntad del mundo, se podían
considerar artísticas aquellas grandes, colosales, inmensas creaciones
de mundos del siglo XIX. Ni sus creadores creo que lo pretendieran. “La
feria de las vanidades”, “David Copperfield”, “Madame Bovary”, “Los
hermanos Karamazov”, “Fortunata y Jacinta” son eso: mundos otros, con
toda la riqueza psicológica y humana, moral e intelectual que era
posible que tuvieran. Y ese parecía ser el destino del género narrativo
cuando se produce un cambio de orientación propiciado por el nuevo
paradigma que arrumba el surgido de la mecánica absolutista de Newton y
lo sustituye por el que levantan la teoría de la relatividad y la
mecánica cuántica. Lo mismo que ello influye en la pintura influye
también en la novela. Consciente o inconscientemente, los novelistas se
desentienden de psicologismos, sentimientos, personajes y aventuras,
dejan de pretender ilustrar la historia y se vuelven sobre la
literatura. Y así surgen, a partir de principios del siglo XX, los
Joyce, Kafka, Faulkner, Virginia Woolf, Huxley, James y los miembros de
la escuela que se llamó “nouveau roman”, empezando por Robbe-Grillet y
Samuel Beckett. A mi juicio, las dos novelas paradigmáticas de esta
revolución, sin valores éticos, pero con todos los valores estéticos son
“La ruta de Flandes”, de Claude Simon, y “El empleo del tiempo”, de
Michel Butor. Pues bien, el ascenso en la escala que esto suponía se
vio truncado por la irrupción del capitalismo en la edición. Un
legendario editor italiano, Giulio Einaudi, había dicho: “Un libro se
publica si es bueno, y no se publica si no lo es. Cualquier
consideración comercial viene después”. En el último cuarto del siglo,
los editores, empezando por los norteamericanos, se hacen el siguiente
planteamiento: “ya hemos sacado dinero hasta de los desechos, ¿cómo
podríamos sacar dinero de los libros?” Pues volviendo a novela de
entretenimiento, a la novela de tema, rebajando su calidad para ponerla
al alcance de las mentes más romas. Y lo que decía antes: los escritores
se prestan al juego, que críticos y profesores secundan. El libro, de
ser el valor de uso que siempre fue, se convierte, lo convierten, en
valor de cambio. Se lo rodea de una parafernalia de marketing,
publicidad indirecta y otra serie de trucos para fabricar nombres, como
nombrar académico al contable de Prisa, Juan Luis Cebrián, negándole la
entrada al genial fonólogo Antonio Quilis. O al ridículo epígono de los
entreguistas del XIX, Pérez Reverte, dejando fuera a José Luis Castillo
Puche. Ni siquiera hay que ser un experto para ver que los que más
venden hoy, como Muñoz Molina, Almudena Grandes, Javier Marías, Maruja
Torres, Eduardo Mendoza, etc. son los más pedestres, los que menos saben
de literariedad. Y, en este punto, se hace preciso decir que los
valores estéticos de la novela no radican en el lenguaje, como se suele
creer en España, como creían Cela y Umbral, que no eran propiamene
novelistas (el primero sí lo fue en “La famlia de Pascual Duarte”). Aquí
se cree que novelar es ponerse a contar cosas con lenguaje florido. El
lenguaje basta con que sea funcional y correcto. Los valores estéticos
de la novela, que aquí confunden muchas veces con el relato, dependen
fundamentalmente de la composición y del extrañamiento, y de levantar
una realidad objetiva, con el mayor bulto, consistencia y expresividad.
A mí se me ha borrado del disco duro un ensayo sobre “Las cerezas del
cementerio”, de Gabriel Miró, en el que explicaba todo esto con una
extensión con que no lo puedo hacer aquí.13.- ¿Cuántos libros aproximadamente ha leído o corregido a lo largo de su vida?MGV.-
Eso es imposible calcularlo. Muchos, desde luego, pero creo que menos
de los que aparento. Aparte de en mi época de la universidad, soy muy
mal lector. Lo que sí creo es que he seleccionado con buena vista, y
nunca he obedecido esa tonta máxima que dice: “Ya que lo he empezado…”
Ni la de estar al día de todo lo que se publica. Siempre he leído en
función de lo que estaba haciendo y, por supuesto, más ensayos que
novelas.14- ¿Cuál fue la primera novela que escribió y en qué se basó para escribirla?MGV.-
Mi primera novela fue “El caballete del pintor”, que es el nombre de
una constelación del hemisferio austral. Me basé en lo que tenía en la
cabeza. Yo creo que la novela tiene que salir de la imaginación.
Personalmente, rechazo el realismo y, más todavía, el realismo
costumbrista.15.- ¿Sus novelas tienen parte autobiográfica?MGV.- Pues, a pesar de lo que digo de la imaginación, en algunas de mis novelas hay autobiografía, sí. Modificada, claro.16.- Cada etapa de su vida ha estado marcada por unos acontecimientos que se han reflejado en sus novelas…MGV.-
Más por acontecimientos culturales y líneas de pensamiento, que por
hechos históricos concretos. Hay un tipo de novelas, válido, cuyo
objetivo es ser ilustración de la historia. A mí me interesan más las
ideas y los valores estéticos.17.- Antonio Zoido, en una
crítica, lo define como <>, ¿a qué cree que se refiería con esas palabras?MGV.- Seguramente a que siempre he escapado de lo rutinario. A que no he atendido a las modas18.- ¿Qué consejo le daría a un escritor novel que se inicia en el mundo de la literatura?MGV.-
Creo que ya he respondido extensamente con anterioridad a esto.
Recordaré lo que he dicho de la formación universalista, el caldo de
cultivo, etc. Aunque no sea absolutamente necesario, los pintores
cuentan con las facultades de Bellas Artes, las Escuelas de Artes y
Oficios, el taller de un maestro, para aprender la técnica que tiene que
estar en la base de todo arte. El escritor se tiene que formar a solas,
leyendo y reflexionando sobre lo que ha leído.19.- ¿De quién ha aprendido? ¿Ha tenido algún maestro? ¿Se siente influenciado por algún escritor?MGV.-
He aprendido de todos. De algunos mucho más que de otros, porque en
este aspecto funciona lo que Goethe llamaba las afinidades electivas.20.- Actualmente está al frente de La Fiera Literaria, ¿qué labor se desarrolla en la misma?MGV.-
Entre 1985 y el año pasado La Fiera fue un modesto boletín de papel.
Luego fue esto y una web. Ahora es sólo una web. Sin falsas modestias
afirmo que es, con mucho, el mejor libelo que se ha hecho en nuestra
lengua. Nos han atacado con encono, pero no hay más que comparar la
calidad de los que nos atacan –los comprometidos con el comercio del
libro— y la de los que nos defienden. Quien lo quiera comprobar que
consulte www.lafieraliteraria.com
. En el sumario que aparece a la izquierda, abajo del todo, puede
encontrar una opción que dice “Opiniones sobre La Fiera”. Desde los
elogios de los profesores Alonso Zamora Vicente, Fernando Lázaro Carreter, Felicísimo Valbuena,
Martínez Cachero, Antonio García Trevijano, Juan Goytisolo, Carlos
París, Vidal Beneyto hasta el hecho de haber sido objeto de ponencias en
congresos --el último el Congreso de Hispanistas de Australasia, en la
universidad de Melbourne, en nuestras antípodas--, hay infinitas pruebas
de lo en serio que se ha tomado nuestra actitud de honradez, libertad e
independencia. Añadiré que nuestros campos de actuación han sido la
crítica literaria propiamente dicha, la crítica de la crítica y la
denuncia de la industria cultural y sus manejos: elogios comprados,
publicidad encubierta, premios achanchullados, etc.21.- ¿Cree que las redes sociales y la difusión por las mismas son el futuro?MGV.-
Yo creo que la informática es el futuro, por supuesto. Que ese futuro
sea mejor o peor que el presente o el pasado queda por ver. Pero, aunque
se llegue a la conclusión de que es peor, no se podrá remediar nada. En
cuanto a las redes sociales, desde el principio no les he hecho caso.
Diariamente me asaetan con múltiples invitaciones, que inmediatamente
borro. Sé de sobra que, cuando a la gente le dan oportunidad de hablar
no dice más que tonterías. Y más la gente de por aquí, uno de los
colectivos más incultos e ignorantes del planeta. Desde mi punto de
vista, la desaparición del libro tradicional será un desastre
espiritual. El lector de libro electrónico tendrá menos dosis de alma. Y
conste que una editorial me ha ofrecido publicar todas mis obras en
e-book y he firmado el contrato. Ya han salido cuatro obras. Pero,
volviendo a la informática: fíjate en como se ha acelerado la historia,
que fue anteayer cuando Marshall McLuhan nos habló de “La galaxia
Gutenberg”. Hoy, el mismo nos habla de la aldea global.22.- ¿Tiene en proyecto alguna novela?MGV. Sí, “El último papa”. Pero hace más de un año que no tengo disposición de ánimo para trabajar en ella.23.- ¿Qué opina de Alquibla, http://www.alquiblaweb.com, como página de difusión de la cultura?MGV.- Que es perfecta. Si no lo creyera así, no estaríamos ahora con esta charla.24.- Un sueño, un deseo…MGV.- Cuando, como es mi caso, ya no se tiene futuro, no se pueden tener sueños ni deseos.