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El otoño del patriarca


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06/10/2013


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El otoño llega puntual a su cita abriéndose un nuevo periodo de retraimiento intelectual y de reflexión espiritual. Es la estación de la mirada interior, en la que nos dejamos llevar por el ambiente de fin de ciclo que se instala en la naturaleza, que empieza su repliegue sobre sí misma tiñéndolo todo de colores opacos y luces de ocaso. No puede ser de otra manera, pues al final nuestra condición animal hace que tengamos ritmos estacionales no ajenos a los ciclos de la naturaleza, a pesar de la soberbia que tenemos al considerarnos seres especiales, por encima de todo aquello que nos rodea. Por eso en el otoño buscamos respuestas a nuestras incertidumbres personales y, en esta época de sombras sobre el presente y el porvenir, a la falta de certidumbres sociales. En cualquier caso el otoño siempre trae nuevas sensaciones físicas y psicológicas que no debemos menospreciar y buscar en ellas el lado bueno, aunque algunas veces el otoño traiga dosis letales del lado oscuro de la vida.


                Fue en el otoño de 1936 cuando Franco, en un hábil golpe de mano, se autonombra “Generalísimo", dando comienzo la dictadura fascista que gobernó España, hasta que en otro otoño, treinta y nueve años después, los cimientos del Régimen se tambalearon tras su muerte, después de una larga y expectante enfermedad. También fue un otoño de 1940, cuando Walter Benjamin, filósofo y ensayista alemán, al que su identidad de judío le vino otorgada por la mirada que los otros tenían de él, pues Benjamin nunca se sintió algo más que un ciudadano alemán, recaló en Portbou huyendo del nazismo, tras pasar por Ibiza o París, para morir cansado de tanto vagar por Europa como un paria, con el único fin de poner su vida a salvo de los nazis. En el otoño de 1928, cuando en Madrid las tardes se tiñen de un dorado líquido que impregna el aire, Antonio Machado y Pilar Valderrama, la Guiomar de sus poemas, esconden su amor entre las mesas de mármol de café Franco-Español de Cuatro Caminos, lejos de las miradas censoras de sus conocidos.

                Es en otoño, como ven, cuando el ocaso impone su luz: el de La República española, que vio como un militar golpista se autoproclama dictador y el mundo asiste a ello impertérrito, sentando las bases de la derrota republicana; o como el régimen dictatorial que impuso a hierro y sangre el “Generalísimo” cae como un edificio arruinado por la carcoma cuando su muerte deja huérfanos a sus seguidores. También se produce la pérdida de uno de los pensadores alemanes más preclaros que ha habido en el siglo XX, por el simple hecho de ser judío. Y está en la pasión madura y otoñal que al gran poeta Antonio Machado vive devolviéndole la ilusión del amor.

                Pero el otoño lleva en su ADN el espíritu de la renovación. No todo termina con la caída de las hojas, pues la vida sigue, incluso cuando una carrera política se encuentra en su crepúsculo otoñal. Así debería entenderlo el otrora poderosísimo Carlos Fabra, el hombre que tuvo en sus manos el destino de la provincia de Castellón y presumió, con razón, de ser un prócer de la derecha valenciana y española, sosteniendo siempre a aquel que estuviera en el poder de su Partido, o codeándose en agotadoras tardes de pádel con el insigne prohombre del tea party español, cuando era presidente del gobierno, José María Aznar. En este otoño ha llegado su momento, el de poner a salvo su dignidad y su honor, después de muchos otoños de proclamarla y sentirse herido por la envidia izquierdista de sus opositores. Ha llego el momento de sentarse ante el tribunal que tiene que dictar sentencia, diez años y nueve jueces de instrucción después, y aclarar si todos los palos puestos por sus abogados y amigos en las ruedas del carro de la justicia, para retrasar el proceso, eran simplemente la proclamación de su inocencia, ante la desafuero de verse en boca de acusadores, fiscales, ciudadanos e inspectores de Hacienda, como un presunto delincuente; o escondían una intención más aviesa que pudiera impedir un juicio justo o, quién sabe, si la prescripción de los delitos por los que se le acusa.

                Es difícil aguantar tantos otoños viendo tu nombre vituperado por los medios de comunicación, o por un número, cada vez más creciente de ciudadanos. Incluso ver como aquellos que lanzaban vivas a tu persona en sonadísimas cenas de homenaje, han ido, con el tiempo, escondiéndose ante tu presencia o, simplemente, cambiando tu inocencia por la palabra presunto, que en tan buen lugar les deja. Por eso, ahora, tienes que estar feliz, viviendo un otoño de placidez espiritual, viendo que tu angustia y desazón por lo largo del proceso de instrucción ha llegado a su fin. No importa que la acusación y la fiscalía se hayan vuelto locos pidiendo no sé cuántos años de cárcel, multas disparatadas y años de inhabilitación, a ti que siempre te has tenido como un ciudadano honrado, que todos los otoños hacía despliegue de una generosidad sin límite entre aquellos que te veneraban y tenían como un “cavaliere” de la política y el buen hacer. Aunque no sé si esta palabra “cavaliere” es la más apropiada, viendo cómo este otoño está suponiendo el fin de otro gran hombre, al que nunca llegaste a conocer, si bien ya te hubiera gustado hacerlo, por una conjura de todos aquellos, malos italianos, que llevan años confabulándose para hundir su imagen y acabar con su carrera política. Quizá sea mejor eliminar el término “cavaliere” por el de “caballero”, para que nadie piense que estamos intentando hacer una metáfora entre tu persecución y la suya, a pesar de que te sientes plenamente identificado con su pena y su rabia. Salvando las distancias claro: Il Cavalieri ya está condenado y tú todavía eres presunto inocente ¿O presunto culpable? Uno ya se pierde con tanta jerga jurídica.   

                ¡Ay los otoños! Con su monotonía de lluvia tras los cristales. Qué oportunidad tan buena nos brindan para respirar con pausa, para detenernos a reflexionar sobre nuestra vida y pensar sobre nuevos proyectos con renovada ilusión, como este otoño estarás haciendo tú, ya sabiendo que el final de tu calvario judicial está próximo. 



Etiquetas:   Corrupción   ·   Política

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