Las brujas de Zugarramurdi

Disparatada, hiperbólica, gamberra, descarada, original, esperpéntica, desprejuiciada, tremendista, grotesca, excesiva, tenebrosa y excéntrica. La lista de adjetivos para definir a Las brujas de Zugarramurdi (Álex de la Iglesia, 2013) parece infinita, aunque, de tener que quedarme sólo con uno sería el de "inclasificable". Termina la proyección y no puedo estar más desconcertado: ¿hemos asistido a un espectáculo de terror, a una comedia, a una apología fantástica, a un relato romántico encubierto o a una radiografía del mundo contemporáneo al más puro estilo De La Iglesia? Puede que, en el fondo, no haya sido una digestivo cóctel de todo ello. A partir de su potente arranque en ese fragmento ya emblemático del atraco en plena puerta del Sol, la que es una de las apuestas más ambiciosas del cineasta bilbaíno -no tanto por sus 5 millones de € de presupuesto, sino por su estimulante conglomerado de géneros-, nos va sumergiendo en una espiral de locura y orgasmo surrealista en el que es imposible anticiparte al rumbo de sus acontecimientos, tampoco a su desenlace. Álex de la Iglesia, para entendernos, hace lo que le da la gana en una película que renuncia al -inalcanzable- trasfondo de su obra mayor -Balada triste de trompeta (2010)-, al tiempo que recurre a la irreverencia de La Comunidad (2000) para deleitarnos con casi dos horas de puro entretenimiento, puro disfrute. 

 

. La lista de adjetivos para definir a Las brujas de Zugarramurdi (Álex de la Iglesia, 2013) parece infinita, aunque, de tener que quedarme sólo con uno sería el de "inclasificable". Termina la proyección y no puedo estar más desconcertado: ¿hemos asistido a un espectáculo de terror, a una comedia, a una apología fantástica, a un relato romántico encubierto o a una radiografía del mundo contemporáneo al más puro estilo De La Iglesia? Puede que, en el fondo, no haya sido una digestivo cóctel de todo ello. A partir de su potente arranque en ese fragmento ya emblemático del atraco en plena puerta del Sol, la que es una de las apuestas más ambiciosas del cineasta bilbaíno -no tanto por sus 5 millones de € de presupuesto, sino por su estimulante conglomerado de géneros-, nos va sumergiendo en una espiral de locura y orgasmo surrealista en el que es imposible anticiparte al rumbo de sus acontecimientos, tampoco a su desenlace. Álex de la Iglesia, para entendernos, hace lo que le da la gana en una película que renuncia al -inalcanzable- trasfondo de su obra mayor -Balada triste de trompeta (2010)-, al tiempo que recurre a la irreverencia de La Comunidad (2000) para deleitarnos con casi dos horas de puro entretenimiento, puro disfrute. 
Undécimo largometraje del director, Las Brujas de Zugarramurdi da comienzo cuando un par de jóvenes atracadores -solventes Hugo Silva y Mario Casas, en el mejor papel de sus carreras- asaltan una tienda de "Compro Oro" en pleno centro de Madrid. Perseguidos por la policía -donde De La Iglesia se reafirma un experto para las escenas de acción en espacios abiertos- y por la novia de uno de ellos -Macarena Gómez-, los ladrones partirán rumbo a Francia. Sin embargo, tendrán la mala fortuna de sumergirse en una realidad bien distinta: la de los frondosos bosques de Navarra, donde habitan una horda de brujas que se alimentan de carne humana y que piensan manejarles a su antojo. Este aquelarre lo lideran las eficaces Terele Pávez -nadie puede pronunciar mejor la ya mítica frase de: "a mí no me dan miedo las brujas; a mí lo que me dan miedo son los hijos de puta"- y Carmen Maura, actrices fetiches del director, que vuelven a dar síntomas de su polivalencia en el oficio, haciendo gala de una gran madurez al aceptar un papel tan atípico como diferente a todo lo que habían hecho antes. Todos los actores -incluso los secundarios, entre los que destacan unos Carlos Areces y un Santiago Segura absolutamente desternillantes- se toman en serio sus papeles, están genialmente dirigidos y parecen mostrarse conscientes de que están haciendo algo grande. 

Como si de un lienzo expresionista se tratase, De La Iglesia succiona en esta película todas sus claves estilísticas, por lo que estamos ante uno de sus trabajos más personales. Y lo hace con agallas, a través de una vomitona de creatividad sin límites. Co-autor del guión junto al Jorge Guerricaechevarría, el director se las ingenia para no aburrir, ofreciendo al público un producto digno que parece confeccionado, simple y llanamente, para pasarlo bien, por mucho que subyugue el tema de la crisis económica, el de la guerra de sexos -donde las mujeres someten a los hombres sin piedad- u otras críticas sociales como la custodia compartida, experiencia autobiográfica de un director separado y padre de dos niñas. El apartado técnico de un film que dilapida cualquier sentido de la lógica y que remite tanto a los comienzos más disparatados de su autor y también a cintas de culto como Posesión infernal (Sam Raimi, 1981) o La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968) es abrumador: desde su potente nivel de producción hasta la fotograría de Kiko de la Rica, que dota al proyecto de cierta estética de cómic sucio y underground, pasando por su caracterización de sus actores, realmente conseguida. Quizá lo único que se le pueda reprochar a la película sea que, en sus últimos veinte minutos -a partir de la irrupción del monstruo- se consume en sus propios excesos, pero es un mal menor para un film dedicado al fundador de la emblemática librería y editorial Ocho Y Medio de Madrid: Jesús Robles.

Co-producción de Francia y España, Las brujas de Zugarramurdi se presentó en el Festival de San Sebastián fuera de concurso, donde obtuvo excelentes críticas. Estrenada en medio de una potente campaña de marketing, en su primer fin de semana en la taquilla española se encaramó hasta el primer puesto, con casi 1,5 millones de € recaudados. Un triunfo merecido para una original, jocosa y envolvente epopeya que demuestra que el cine español aún tiene mucho que contar; un festín sin igual altamente honesto con el espectador que el tiempo, sin duda, será el encargado de poner en su sitio.

UNETE



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