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Pensamos que todo está hecho ya, que ya nos tocaba a nosotros algo bueno y nos
olvidamos que aún quedan cosas que arreglar. La alegría claro, dura hasta que
nos damos de bruces con la auténtica realidad y de que en verdad nada está tan
bien como nos habíamos imaginado.
Esto es lo que debe de pensar el Gobierno español a la luz
de los buenos datos macroeconómicos que recientemente han salido a la luz:
prima de riesgo en mínimos, bolsas al alza, superávit en balanza de pagos,
déficit inferior al que se había calculado y buenos augurios sobre el final de
la crisis y del comienzo, lento pero exultante, de la recuperación económica.
Pero la realidad micro, la realidad de los ciudadanos de a pie
es otra: con índices de paro del 25% y de paro juvenil superando el 50%, la
recuperación real está lejos. Un buen profesor e inversor experto me dijo en
una ocasión, como en una clase magistral de ciclos económicos, que la
recuperación macro precede a la micro y que con las medidas adecuadas es
cuestión de poco tiempo que la recuperación real llegue a los ciudadanos. Sin embargo,
el Gobierno desoye la necesidad de continuar con reformas que impulsen el
mercado laboral, medidas fiscales necesarias que alivien a las pymes y que de
una vez por todas incentive el consumo privado. ¿Cómo va a recuperarse nuestro
país sin atender a los parados? ¿Cómo pensamos volver a consumir si no tenemos
trabajo? ¿En qué tipo de generación perdida desembocará la juventud española?
No, la recuperación exige no olvidar lo importante, no
celebrar lo exiguo, y ser conscientes de que sin un tijeretazo real a las
muchas administraciones e instituciones públicas que sobran y una apuesta por las empresas y autónomos de
este país, la recuperación de la crisis no será más que un espejismo. De nada
valen promesas ad aeternum.
Necesitamos hechos. Y los necesitamos ya.