. Para empezar, diré que Cataluña, tal como está hoy en
día, no le vale para nada a los españoles. Quiero decir que para mí y para
muchos españoles, Cataluña no cuenta, ya que muchos trabajadores –en mi caso
como maestro- no pueden trabajar en Cataluña al no hablar el idioma catalán,
aunque esté dentro del territorio español. Desde esta perspectiva, Cataluña ya
es independiente, ya que sus políticos utilizan el idioma como arma de
exclusión laboral o social. ¿Y cómo se ha llegado a esta situación? Pues
principalmente por dos razones; la primera, gracias a la legislación electoral
española, que beneficia a los partidos nacionalistas, y la segunda, gracias al
PSOE, que al tener como enemigo común –aunque muerto- a Franco, consideraron y consideran a los nacionalismos como partidos
progresistas, cuando en realidad son todo lo contrario, dándoles infinidad de
agasajos y dinero del contribuyente cada vez que están en el gobierno.
Dicen los
independentistas que Cataluña era una nación ya hace siglos y que España los
invadió. Aquellos desgraciados que creen semejante barbaridad sin preguntarse
si eso es cierto pecan sencillamente de ignorancia, porque la historia, a pesar
de los intentos de iluminados y locos, está ahí para leerla. Y, sobre todo,
para no repetirla. Esta construcción ideológica que nace de la nada, de la
mentira y de la manipulación -especialmente de los más jóvenes-, lleva a muchos
catalanes a pedir una independencia y un estado que, en realidad, nunca ha existido,
en honor a un cuento de hadas inventado por aquellos que quieren pasar de ser
gobernantes a ser reyes. Y es una lástima que Cataluña se deje enredar en
debates tan absurdos, ya que por lo general los catalanes se caracterizan por
su profesionalidad y su buen hacer no solo dentro de España, sino en el mundo.
Dicen
también los independentistas que los ciudadanos tienen derecho a decidir. Y eso
está muy bien, pero tampoco es cierto: los ciudadanos tienen derecho a decidir
dentro de los límites de la legalidad. A nadie en su sano juicio se le
ocurriría reclamar el derecho a decidir si echar a los catalanes que viven en
Cáceres o en Alicante, ni tampoco si echar del magisterio a aquellos catalanes
que tienen demasiado acento, por muy empalagoso que sea, como se ha hecho en
alguna que otra televisión autonómica por lo contrario.
Al final, el
problema de Cataluña –muy semejante a lo que ocurrió en otras épocas de crisis-
tiene mucho que ver con el afán político de sus gobernantes, el aprovechamiento
de la miseria y el miedo y una cierta incultura de algunos ciudadanos. Esto ha
llevado a que haya nacido en Europa un reducto de fascismo al más puro estilo
hitleriano donde la pertenencia a una nación determina la segregación de
quienes no pertenecen a ella. Por eso, y en defensa de aquellos que se ven
excluidos y perseguidos en su propio país –o en cualquier parte del mundo-, hay
que ser absolutamente tajante con este tipo de doctrinas. Aunque, como siempre,
ya llegamos demasiado tarde.