En esta última semana tuvimos un deja vu y, como el año pasado – aunque en menor cantidad- , se extendieron por toda la Ciudad de Buenos Aires varias tomas de colegios lideradas por sus respectivos Centros de Estudiantes. Llegaron a ser 19 escuelas las que se sumaron a la medida y más allá de que en varias instituciones se haya decidido levantarla momentáneamente y regresar a clases el lunes, los alumnos no parecen dispuestos a bajar los brazos fácilmente. Esta vez no se trata de un pedido de mejoras edilicias: la principal razón es la polémica Ley de Reforma Educativa que entra en vigencia voluntaria en el 2014 y obligatoria en el 2015. Propuesta por el Gobierno Nacional y aplicada sin objeciones por el Gobierno de la Ciudad, la nueva ley plantea - entre tantas cosas - la drástica reducción de las orientaciones en los secundarios que de ser 158 pasarán a ser tan solo 10. Este es el principal foco de conflicto y la nueva bandera que han tomado los estudiantes para llevar adelante su autodenominada “lucha por la educación pública”. Tanto en Carlos Pellegrini como el Nacional Buenos Aires se plegaron a la protesta más allá de que la reforma no los va a afectar pues al pertenecer a la Universidad de Buenos Aires, se encuentran fuera de su órbita. En mi opinión, estos dos últimos casos lo único que hicieron fue empañar la protesta en general pues no tenían ni una razón al menos como para llegar a ese punto límite. Como si fuese poco, a esto se le sumó el ataque vandálico e innecesario de cinco alumnos del CNBA que estaban participando de la toma, a la Iglesia de San Ignacio Loyola que está conectada con el colegio por unos viejos túneles subterráneos y que podría terminar en sanciones muy severas – y merecidas - para sus responsables.




