Las recientes elecciones en Perú preocuparon a los inversionistas, y los medios de comunicación de Chile dieron amplia difusión a la baja de la bolsa limeña, deseando quizás, que cayera más y más, para comprar, obviamente. Cuando lo esencial en una sociedad y cultura es el capital, el dinero, el centro de lo humano comienza a deteriorarse, deshumanizándose. Porque el análisis y estudio del fenómeno humano a través de su historia, aunque la hayan narrado los vencedores, no importa esto, demuestra que el homus economicus no es nuestra esencia, sino por el contrario, y se evidencia en cualquier grupo humano, es el homo reciprocans, aquel que ama, aquel que se emociona, que vibra y sufre por los acontecimientos de sus seres queridos. La sociobiología y la neurobiología con sus RNM funcionales y sus EEG de 256 canales, demuestran científicamente hoy por hoy cuánto nos necesitamos unos a otros para poder vivir y convivir. Y nuestro genio chileno, el biólogo Humberto Maturana, tiene su Matrística donde el centro es la emoción, el cariño, el afecto, en una palabra, el AMOR. La biología del amor, le llama él. En un época donde dicen que "todo ha muerto", desde Dios hasta la Historia, pasando obviamente por la muerte del hombre mismo, arrastrando con ella toda clase de crisis humanas, de la democracia, de la ética, de la política, de la filosofía, y un largo etc.; Digo, en la postrera era del posmodernismo, del poscristianismo, es válido y urgente preguntarse por el fin y el cómo de nuestras formas de convivencia democrática. Y para ello es preciso y necesario hablar con honradez, alejados de las ideologías de siempre, intentando buscar en nuestro pensamiento un hilo conductor que cual hilo de Ariadna nos saque del foso profundo en que nos encontramos. Porque hoy sólo un indiferente (cínico) en estos temas puede creer que estamos en la cúspide del progreso humano. Nos encontramos, no obstante, en el punto de bifurcación que toda época histórica ha debido vivir y elegir: o convivimos en paz y gozamos de la vida, o la barbarie nos espera con sus colmillos afilados en medio de una oscuridad de la cual ni el mismo Nietzsche pensó.




