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Epístolas a Nemo V


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27/09/2013

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Como te dije en una de mis anteriores epístolas, creo recordar, ya no veo la televisión, ni apenas consulto los periódicos. Tal ha sido el hartazgo que me ha producido la omnipresencia de los políticos en los medios de comunicación; la continua corrupción, que no cesa; las necias justificaciones del necio mensajero de turno; los continuos ataques de unos a otros; y la poca o ninguna sustancia de todo ello, pues no hay ninguna intención, por parte de nadie, de cambiar nada. Si acaso se pondrán de acuerdo los políticos, de todos los signos y tendencias que quieras, para hacer las cosas de otra forma y manera, más sibilina y menos transparente, no para dejar de hacerlo. El resto es palabrería, hojarasca y mentira. A la experiencia me remito. Y a sus actitudes y palabras. Pero cambiemos de tema porque de este no vamos a sacar nada en claro. Ni vamos a decir nada que no esté dicho hace ya muchos siglos.


Ver en la televisión, por otra parte, un programa cultural, o algo que se le parezca, una buena película, u oír un concierto, es como pedir peras a un olmo. Así que cuando estoy cansado de leer o de estudiar, me pongo los auriculares, para no molestar a los vecinos, y porque me concentro mejor, y me dedico a oír música clásica. Últimamente he recuperado mi vieja afición de juventud de ir a comprar discos una vez al mes. No creas: si escoges las tiendas, los discos no están tan caros como pudiera parecer. Y ya sé que algunas de esas grabaciones que me compro me las podría bajar de Internet; pero, al igual que me sucede con los libros, me gusta tener el soporte en mis manos. Por ahora me puedo permitir el lujo. Por ahora.

Entre unas cosas y otras, como podrás ver, soy un hombre con muy poca información; y te diría que casi feliz. No obstante, a veces, de tarde en tarde, veo la televisión por la sencilla razón que alguna que otra presentadora me gusta. Sí, me gustan mucho, físicamente. Una debilidad de vejez. De vez en cuando alguna de estas chicas me maravilla por su hermosura. Entonces, le quito la voz a la tele, y me quedo mirándolas. Sí, algunas de ellas son realmente hermosas. Tienen, además, la belleza de la juventud. La lozanía. Y una en especial se dirige a la cámara con verdadera pasión, como si esta fuera un espectador al que quiere aleccionar. Me encanta. Me sorprende, a veces, que no salga de la caja y se siente a mi lado para reprenderme por haberla dejado muda. Una manía como otra cualquiera.

Gracias a una de estas hermosas muchachas me enteré, pues, de que el país, o Madrid, había presentado su candidatura para ser sede de los Juegos Olímpicos. A mí me parece un despropósito que no se celebren, siempre, en Atenas. Y un despropósito que se hayan convertido en un negocio de padre y señor mío, al menos para algunos. Lo que originariamente debía propiciar la paz entre las polis no sirve ahora más que para generar un dudoso prestigio político, por las medallas ganadas; y un gran negocio en el que quien menos percibe es el deportista que se prepara y compite. Por otra parte hay deportes que no me explico cómo pueden subsistir, pues si lees la prensa, o ves la televisión u oyes la radio, el único deporte que existe para los medios de comunicación es el fútbol. La obsesión por este deporte llega a tal extremo que son capaces, en cadenas televisivas y en periódicos, de estar horas y horas, y días y días, hablando del partido que se jugará el domingo que viene, para luego estar una semana y otra semana más viendo el mismo partido desde todos los ángulos posibles e imaginarios y hasta imposibles. Si Yhavé nos juzga así a los mortales, acabaremos todos, salvo alguna que otra histérica religiosa, en el Infierno de Dante. El Señor nos coja confesados.

Como te decía, gracias a una de estas bellísimas chicas, presentadoras de televisión, me enteré de que el país, o el Madrid de los Borbones, había solicitado la posibilidad de organizar los Juegos Olímpicos. Y al parecer, y por eso mismo, por el rotundo fracaso, medio país ha entrado en crisis de identidad, mientras que el otro medio o se parte de risa o se calla por miedo a ser insultado y tildado de poco patriota. Porque aquí, ya se sabe: siempre que no se sigue a la masa o se es un insociable o un renegado, un traidor o lo que se quiera. Habría que estudiar que se entiende por patria y patriotismo. Pero todo esto es tan ridículo... ¿No te has sonrojado nunca cuando has visto por la calle, ante un partido de fútbol, a gente cubierta con la bandera nacional, y con la cara pintarrajeada con los colores nacionales como si fueran apaches hollywoodienses dispuestos a enfrentarse a un John Wayne al que siempre me he preguntado cómo lo podía soportar el caballo? Yo sí, qué quieres que te diga. Siento vergüenza ajena.

El otro día paseando, por aquello de hacer algo de ejercicio, dos hombres, más o menos de mi edad, se pusieron a mi altura manteniendo mi lento ritmo al caminar. Iban hablando entre ellos de todo lo que ha supuesto el fracaso de la candidatura española para los Juegos Olímpicos. Ambos buscaban razones para ese descalabro como si ello fuera lo más importante que ha sucedido nunca en este país. Presté atención a lo que decían: comentaron el ridículo de algunos de nuestros políticos hablando en inglés, parece ser que este ha sido un tema recurrente. Yo, querido Nemo, no sé nada de inglés. En mi época estudiábamos francés. Ahora bien, tampoco creas que soy bueno en este idioma. La ventaja es que, como lo sé, no lo hablo, no digo una palabra como no se trate de alguna broma entre amigos. Tampoco me parece que eso sea determinante, pues políticos ridículos, por desgracia, los hay en todas partes. Y no todos saben hablar idiomas, ni callarse a tiempo. Hablaron luego mis accidentales acompañantes de la política exterior, de Gibraltar, del poco peso de España en Europa. Y no hará falta que te diga que ni nombraron el sistema educativo que tenemos, ni eso les importaba lo más mínimo. Porque puestos a buscar explicaciones, también podría decir yo que no nos concedieron los juegos olímpicos debido a que la gente de este país es bastante maleducada. Haz la prueba: entra en un sitio, donde quiera que haya gente, y di buenos días. Ya me dirás las personas que te contestan. Y no te digo nada de cuando hay una discusión o una conversación: lo normal es que si hay cuatro personas, hablen todas al mismo tiempo. Sí, igual que en las óperas, aunque con una ligera diferencia.

Esa tarde, intrigado, mea culpa, vi la televisión. Y, te lo repito, no sé inglés, y por lo tanto no puedo opinar; pero fue desesperante que, una y otra vez, sin descanso, y vuelta a empezar, pasaran la película de la alcaldesa de Madrid con su famoso discurso en inglés. Y venga la burla y la crítica. Cualquiera pensaría que aquí, quien más y quien menos, es bilingüe o trilingüe. Pero ya lo decía Baltasar Gracián: quien se burla tal vez se confiesa.1 Sin duda.

Yo me imagino que en esto de organizar juegos y demás eventos multitudinarios, habrá mucho dinero por el medio; y donde hay dinero ya sabes lo que sucede. Es una suposición, pues, la verdad, lo mismo me da que los Juegos se celebren Madrid que en Marte. Ahora bien, picado por la conversación de aquellos dos hombres, cuando regresé a casa estuve consultado los periódicos, y, como te he dicho, viendo la televisión. Me pareció todo un puro esperpento, desde gente llorando a periódicos que atacaban a Japón, la ganadora, o a un futbolista que esa noche, la de la derrota, se le ocurrió ir a cenar a un restaurante japonés, y difundirlo por la red. Hace falta estar mal de la cabeza para que un periódico eleve esta anécdota, esta tontería, a la categoría de noticia. Como si el buen hombre no pudiera ir a cenar a donde le diera la real gana. Por lo visto el menú de la noche de la derrota tenía que haber sido tortilla de patatas, tomate con ajo y vino de la casa. De pena. No dijeron si había que cenar a oscuras o a la luz de un candil.

A mí lo que sí me ha parecido vergonzoso es que, estando en la situación en la que estamos, recortando dinero en sanidad y educación, dejando a los dependientes casi en manos de la muerte, tengan algunas personas, bastantes, la desfachatez de irse de viaje a Buenos Aires, con gastos pagados por el erario público, faltaría más, para estar presentes en la votación del Comité Olímpico. Es insultante. Con ese dinero tal vez se podía haber aliviado la situación de alguna familia en el paro, o de algunos de esos niños malnutridos. Eso por no hablar de otras situaciones. Pero al parecer los políticos necesitaban el prestigio que dimana de tener una buena cantera de deportistas. El deporte y el poder siempre han estado en buenas relaciones. Ya lo descubrieron los romanos, con aquello de panem et circensis. ¿Y quién se cree que el deporte es la cara de una nación? ¿Por qué no lo son los músicos? Esto me recuerda lo que le sucedió a un amigo mío en cierto colegio de cuyo nombre no me quiero acordar: lo contrataron para dar clases se supone que de su especialidad; pero no fue así: terminó dando clases, como casi todos los profesores, de aquello que no había estudiado. Pues bien, un verano también tuvo que sufrir una de esas insufribles charlas que nos daban los Dulcamaras de turno. Pero esta vez con el agravante de que el charlatán era, según él, un inspector de enseñanza. Este hombre era una maravilla: planteaba los problemas y los resolvía con una solvencia que no había más que pedir. Mi pobre compañero, no obstante, desconfió de él. Y en una pausa lo cogió aparte y le dijo que mucha de la violencia que se producía en las aulas era debido a que los alumnos, como había dicho él, no son tontos; y saben perfectamente cuando un profesor domina la materia y cuando les está tomando el pelo y hablando ex cathedra. El inspector lo tranquilizó quitándole importancia al asunto: eso es una cosa, le vino a decir, que pasa en todos los sitios.

Asesinatos, violaciones y demás salvajadas también pasan en todos los sitios. Si eso es una justificación, pues nada, no hay problema. En vez de preparar a la gente bien, invirtamos en estadios con la idea de que se organicen allí eventos, y los eventos los amorticen. Aquí paz y allá gloria. Al fin y al cabo, lo hacen todos los países.

Como podrás ver, querido Nemo, en todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas. Este inspector, cosa lógica, no tenía ganas de enfrentarse con la dirección del colegio por un pelagatos sin importancia. Esto será toda la democracia que tú quieras, pero tanto la justicia, como el poder y los políticos no hacen sino recordarme un cuento que, de pequeño, no recuerdo a santo de qué, me contaba mi querida madre: mi padre le pega a mi madre; mi madre me pega a mí; yo le pego a mi hermano pequeño; y mi hermano pequeño le pega al gato. Si peligra el status de alguno o algunos de estos, se pondrán de acuerdo entre ellos. Quien no tiene nada que hacer, al menos desde ciertos puntos de vista, es el gato. Y ya sabes: hay algunos que se cortan el rabo y las orejas por no parecer lo que son. Y quedan muy monos. Cuídate.



1Baltasar Gracián, El criticón, Crisi Séptima.

Etiquetas:   Corrupción   ·   Deportes   ·   Política   ·   Juegos Olímpicos

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