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Ser niño huacho en Chile. Comentarios al libro de Gabriel Salazar.


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27/09/2013


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SER HUACHO EN CHILE.  HERENCIA E IDIOSINCRASIA DE NUESTRA CULTURA NACIONAL.


“(…) Los obreros pagan tributo a Baco, obedeciendo a un

salvaje  atavismo que les llama con fuerza ciega. 

Por todos lados se percibe

el rumor de la orgía que arranca 

hombres y mujeres de sus hogares sórdidos donde se revuelcan

los críos harapientos abandonados a su suerte.

Por las casas de préstamos de tercer orden, esas ferias piojosas                                   

de los barrios bajos santiaguinos, hay aglomeración de

mujeres lamentables que empeñan zapatos, faldas,   hasta colchones, 

para dar un mendrugo a la prole que chilla en la mugre de la covacha (…)” 

(1) Joaquín Edwards Bello. “El Roto”. Ed. Universitaria,1987.

No podría ser de otra manera.  La palabra huacho está, desde sus orígenes, en lo más íntimo de nuestras formas de vida e  idiosincrasia.  En otras palabras y, siendo fieles a la realidad que se nos plantea en el libro de Gabriel Salazar, era muy fácil ser o nacer destinado a la orfandad, si no se tenía la suerte de nacer en el seno de una familia aristocrática, con toda la amplia gama de beneficios que esta clase social, de alcurnia, adinerada y de costumbres republicanas, ha poseído desde siempre en nuestro país.

El huacho era, ni más  ni menos, aquel ser desprovisto de todo lo que uno espera mínimamente de la vida: cariño familiar, comida, techo y protección. El huacho era el producto de la degradación humana a la que era empujada inevitablemente esta clase social de peones, campesinos, hombres y mujeres a los que la vida no dio más que padecimientos e infortunios.



El trabajo que realizaban nuestros antepasados chilenos era, la mayor de las veces, sin salario. Recibían ración y techo, pero a cambio entregaban su vida entera.  Resulta curioso cómo esta realidad cruda y violenta no se nos haya mostrado como parte integral de la historia de Chile que se nos enseñó alguna vez en la escuela.  Más curioso aún resulta hacer el ejercicio de imaginación que consiste en retroceder en el tiempo, viajar a esos años y descubrir con tristeza que no ha transcurrido tanto tiempo. Visto de otro modo, todas esas vivencias de aquellos desdichados seres de carne y hueso que se apiñaban en conventillos a comienzos de siglo pasado, no eran sino los propios herederos de los huachos que, apenas unos pocos años atrás, dejaban sus tierras y pseudo estructuras familiares, para aventurarse por otras latitudes, en busca de mejor suerte.

Nuestra literatura chilena es prolífica en ejemplos de este tipo.  ¿Cómo olvidar al personaje Paulita, de Federico Gana, quien vio consumirse su vida entera esperando a su hijo que partió al norte con el fin de mandarla a buscar algún día?  Murió enferma, vieja, sola, pobre y auto-engañada, esperando en el campo.

Cuando se le preguntaba por su hijo, siempre inventaba cartas que hablaban de un futuro auspicioso y del gran amor que sentía por su madre, del cual ella se sentía convencida. Hasta de sus escuálidas monedas, que lograba reunir trabajando para su patrón del fundo en el que vivía, a veces ella misma gastaba en la compra de algunos  pañuelos y baratijas que servían de cómplices de su quimera.  Así mantuvo a sus vecinos, convencidos del buen ser humano que era su hijo.

¡De José, de Josecito, mi hijo! Sí, Señor. ¡Cómo no había de saber! Está muy en grande por allá en Antofagasta. Dicen que ya salió de ese hotel y que ha juntado plata para poner una tienda. Dicen también que anda muy elegante, que parece todo un caballero. Yo lo decía que Dios había de proteger a mi hijo tan bueno, tan amante, tan sometido y respetuoso con su madre.  Cuando lo puse a servir, el primer sueldo me lo trajo hasta el último centavo, después, cuando salía a verme, siempre me traía cualquier regalito. Decía también que yo ya no estaba para trabajar, que él me daría para que descansara en mi vejez.”  (2)  Federico Gana. Paulita. En: Antología del Cuento Chileno. Calderón, Alfonso y otros. Ed. Universitaria. 1974.





Al comienzo de este comentario  hemos puesto, a modo de epígrafe, una cita del libro “El roto” de Edwards Bello.  En ella se puede apreciar la cruda realidad y el destino de todos esos  seres humanos  arrojados a la vida sin mayor destino que la sobrevivencia miserable, como si se tratase de una profecía o una tragedia griega, en la cual el sino venía inscrito en la frente desde el momento de nacer. Niños no pertenecientes a  la elite de Chile, nacen como destinados al desamparo y en su gran mayoría a un Orfanato, muriendo en un gran porcentaje antes de cumplir  1 año.

Nos resultó imposible no asociar el libro de Salazar a la historia o al origen, tal vez, de nuestros antepasados mismos, a los personajes sacados de las propias personas y dadas a conocer por tantos y tantos escritores chilenos.  

Edwards Bello fue un aristócrata, un hombre culto y estudioso, agudo observador de la realidad chilena y, como tal, fuente obligada para retratar la sociedad chilena del 1900. El concepto de familia prácticamente no existió hasta mucho después.  Era común que el padre de algún niño nunca llegara a conocerlo, porque resultaba ser fruto de furtivos encuentros de escuálidos hombres que no tenían un lugar fijo de residencia. 



Ya se mencionaba en el libro de Salazar “ Es cierto. Somos muchos los chilenos que provenimos de las familias que esos  “inquilinos”, bajo el amparo del sistema de haciendas, lograron levantar y mantener por largo tiempo. (…) ¿Han tentado levantar rancho y familia en propiedad ajena? ¿Saben lo que es vivir arranchados bajo el signo de la transitoriedad- al inquilino se le podía echar de la tierra con toda su familia en cualquier momento- traspasados por la voluntad arbitraria del gran propietario? “ (3)

Efectivamente, estos hechos vienen a constituir la historia jamás contada, la historia no oficial de Chile.   Continuamos con los ejemplos que dan cuenta del vicioso círculo que encadena y ha encadenado al proletariado chileno por décadas: la falta de oportunidades y la mantención –necesaria para algunos- de este sistema que mantiene las brechas entre ricos y pobres.   El niño huacho… de no terminar en un barranco como comida para los perros tenía un alto porcentaje de terminar siendo regalado como sirviente de alguna casona señorial – a ración y sin salario, como se menciona repetidas veces en el libro y cuyo tenor resuena como un doloroso eco en la conciencia de cualquier persona.

Qué fácil era, entonces, ser huacho.   Los pocos que hacían de papá, continúa Salazar:

Trabaja laboriosamente, de sol a sol, de año a año, para nosotros. Pero también para el patrón.



Mírenlo allá, cerca de las pircas, de perfil junto al patrón- que cabalga a su lado como gran señor- : ¿no va sonriente, servicial, presto, extravertido? Y véanlo ahora aquí, dentro del rancho, doblado sobre la mesa: ¿no está iracundo, rabioso, huraño, autoritario?  Allá no es más que un “sirviente” sumiso a pesar de su categoría de inquilino; aquí dentro, entre nosotros, actúa como un capataz de segunda clase: autoritario, abusivo, pese a su fama de padre de familia(4)

Por otro lado, revisemos y analicemos la visión que posee Sonia Montecino respecto del tema de los roles ante el huacho, que posee desde siempre la mujer.

La mujer se identifica con el rol materno, de manera que su interacción con todos los hombres de una forma maternal reviste a su figura de una gran importancia en la constitución de la sociedad chilena. En este aspecto Montecino identifica un carácter dual y contradictorio en la mujer.



“ Por un lado la madre asume el rol de soporte de sus hijos pero, por otro lado, constituye la figura de la traición, cuando se rinde ante el enemigo provocando que sus huachos sean abandonados. Así, la mujer sería la salvación y la condena respectivamente. La figura más cercana, entonces, se convierte en la figura que simbólicamente traiciona” (5)

Sea como fuere y, a modo de conclusión, vemos cómo Rosaria Araya viene a representar con todo lo que esto conlleva, el temple de la mujer chilena. Citamos, como último ejemplo, a propósito de lo mencionado de nuestra idiosincrasia: “ En las ventanillas de los vagones aletean manos morenas; otras manos responden desde abajo y el trencito, más que vidas humanas, lleva una carga de esperanzas(6)

(3) y (4)    Gabriel Salazar. “Ser niño “huacho” en la Historia de Chile (Siglo XIX) Ed.Lom. 2006

(5) La Circularidad Identitaria de la Huacha en Madres y Huachos. Alegorías del mestizaje chileno

de Sonia Montecino.  Carolina A. Navarrete González. http://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero29/huacha.html



(6) Oscar Castro. “La vida simplemente” . Ed. Del Pacífico 1975









Etiquetas:   Literatura   ·   Literatura Latino Americana   ·   Infancia   ·   Cultura   ·   Chile

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