Los Meritorios.



En casa del herrero, azadón de palo. Así reza el viejo adagio y en el supuesto a estudio hoy, así parece ser. En efecto, en la casa de quienes imparten justicia, en la casa de los encargados de que se respeten los ahora pomposamente llamados Derechos Humanos que, cuando yo los conocí, tenían por nombre Garantías Individuales, existe la práctica común de tener personal laborando sin sueldo, haciendo méritos para ocupar una plaza de trabajo y obvio, sin prestación alguna. 

 

Si el titular de la oficina contrata a alguien sin contar con el soporte presupuestal correspondiente, en menudos líos se mete. 

Sin embargo, sabiendo que existe la necesidad de que el trabajo se realice, estando conscientes de la realidad que afecta a la inmensa mayoría de los tribunales, juzgados, juntas de conciliación y otros entes gubernamentales afectados por la falta de personal, es que existe el personal que acepta laborar de manera gratuita para el estado, es decir, sin recibir a cambio de sus servicios, salario alguno. 

Por otra parte, como persona, quien decide entrar a laborar sin salario, con la esperanza de obtener algún día una plaza de trabajo que le permita desempeñar las funciones que estima son su futuro, le está apostando a demostrar ser el mejor, para así, ser elegido entre los que se encuentran en la misma situación.

A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de acudir a un número considerable de juzgados federales, locales, juntas de conciliación y otras dependencias públicas cuya función es impartir justicia. En la mayoría, existe la figura del meritorio y muchas veces, cuando logran conseguir el tan anhelado puesto de trabajo, pueden escalar hasta alturas insospechadas, ya que conociendo desde abajo cómo opera un juzgado o una junta, conocen los entretelones del poder y así, se van haciendo de cada vez mejores posiciones.

Otras veces, los he visto claudicar en sus esfuerzos, dejando abandonada la posición de trabajo, ya que adquieren compromisos de otro orden y entonces, ya no pueden mantenerse así, sin ganar un salario.

En casos que también son ciertos, el meritorio, sabiendo que su esfuerzo no tiene recompensa del patrón, busca la manera de obtener de los usuarios del servicio, en su mayoría litigantes y abogados, los ingresos de que carece y así, de pronto vemos que el meritorio obtiene mejores ingresos que el propio personal de planta del juzgado o junta.

Ahí es cuando se pierde por completo el romántico e idealista punto de vista de quienes digan que el meritorio solamente acude a desempeñar su trabajo con la ilusión de algún día ser un empleado de planta. Cuando vemos cómo todas las tareas del meritorio tienen costo, que no hace nada sin la consabida retribución y aclara: −es que como no tengo sueldo… 

Así, como no tiene sueldo, como no tiene una relación laboral formal con el estado y por consecuencia, no se le puede fincar responsabilidad, el encargado de hacer la labor sucia es el meritorio.

De hecho, realicé un sondeo en redes sociales y obtuve respuestas que mucho llaman mi atención. −Yo fui meritorio y aprendí mucho, fue una de ellas. −Es indigno, dijo otro. −Es la forma que tenemos para aprender, dijo uno más. Y así, obtuve resultados totalmente opuestos.

Mi opinión es que nadie, nunca, ha de laborar sin que obtenga a cambio de su trabajo, lo que corresponda al puesto. Poco o mucho, según pueda el patrón, pero siempre obteniendo algo. La práctica de obtener empleados gratis aprovechándose de la necesidad que existe, en mi opinión, va en contra del artículo del Código Civil Federal que a la letra reza:

 Artículo 17.

Cuando alguno, explotando la suma ignorancia, notoria inexperiencia o extrema miseria de otro; obtiene un lucro excesivo que sea evidentemente desproporcionado a lo que él por su parte se obliga, el perjudicado tiene derecho a elegir entre pedir la nulidad del contrato o la reducción equitativa de su obligación, más el pago de los correspondientes daños y perjuicios.

El derecho concedido en este artículo dura un año.

¿Cómo puede alguien decir que el trabajador no quiere dinero, o que no tiene necesidad de cobrar?

Queda a su imaginación lo que pueda usted responder.

Me gustaría conocer su opinión. Vale la pena.



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En casa del herrero, azadón de palo. Así reza el viejo adagio y en el supuesto a estudio hoy, así parece ser. En efecto, en la casa de quienes imparten justicia, en la casa de los encargados de que se respeten los ahora pomposamente llamados Derechos Humanos que, cuando yo los conocí, tenían por nombre Garantías Individuales, existe la práctica común de tener personal laborando sin sueldo, haciendo méritos para ocupar una plaza de trabajo y obvio, sin prestación alguna. 

 

Si el titular de la oficina contrata a alguien sin contar con el soporte presupuestal correspondiente, en menudos líos se mete. 

Sin embargo, sabiendo que existe la necesidad de que el trabajo se realice, estando conscientes de la realidad que afecta a la inmensa mayoría de los tribunales, juzgados, juntas de conciliación y otros entes gubernamentales afectados por la falta de personal, es que existe el personal que acepta laborar de manera gratuita para el estado, es decir, sin recibir a cambio de sus servicios, salario alguno. 

Por otra parte, como persona, quien decide entrar a laborar sin salario, con la esperanza de obtener algún día una plaza de trabajo que le permita desempeñar las funciones que estima son su futuro, le está apostando a demostrar ser el mejor, para así, ser elegido entre los que se encuentran en la misma situación.

A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de acudir a un número considerable de juzgados federales, locales, juntas de conciliación y otras dependencias públicas cuya función es impartir justicia. En la mayoría, existe la figura del meritorio y muchas veces, cuando logran conseguir el tan anhelado puesto de trabajo, pueden escalar hasta alturas insospechadas, ya que conociendo desde abajo cómo opera un juzgado o una junta, conocen los entretelones del poder y así, se van haciendo de cada vez mejores posiciones.

Otras veces, los he visto claudicar en sus esfuerzos, dejando abandonada la posición de trabajo, ya que adquieren compromisos de otro orden y entonces, ya no pueden mantenerse así, sin ganar un salario.

En casos que también son ciertos, el meritorio, sabiendo que su esfuerzo no tiene recompensa del patrón, busca la manera de obtener de los usuarios del servicio, en su mayoría litigantes y abogados, los ingresos de que carece y así, de pronto vemos que el meritorio obtiene mejores ingresos que el propio personal de planta del juzgado o junta.

Ahí es cuando se pierde por completo el romántico e idealista punto de vista de quienes digan que el meritorio solamente acude a desempeñar su trabajo con la ilusión de algún día ser un empleado de planta. Cuando vemos cómo todas las tareas del meritorio tienen costo, que no hace nada sin la consabida retribución y aclara: −es que como no tengo sueldo… 

Así, como no tiene sueldo, como no tiene una relación laboral formal con el estado y por consecuencia, no se le puede fincar responsabilidad, el encargado de hacer la labor sucia es el meritorio.

De hecho, realicé un sondeo en redes sociales y obtuve respuestas que mucho llaman mi atención. −Yo fui meritorio y aprendí mucho, fue una de ellas. −Es indigno, dijo otro. −Es la forma que tenemos para aprender, dijo uno más. Y así, obtuve resultados totalmente opuestos.

Mi opinión es que nadie, nunca, ha de laborar sin que obtenga a cambio de su trabajo, lo que corresponda al puesto. Poco o mucho, según pueda el patrón, pero siempre obteniendo algo. La práctica de obtener empleados gratis aprovechándose de la necesidad que existe, en mi opinión, va en contra del artículo del Código Civil Federal que a la letra reza:

 Artículo 17.

Cuando alguno, explotando la suma ignorancia, notoria inexperiencia o extrema miseria de otro; obtiene un lucro excesivo que sea evidentemente desproporcionado a lo que él por su parte se obliga, el perjudicado tiene derecho a elegir entre pedir la nulidad del contrato o la reducción equitativa de su obligación, más el pago de los correspondientes daños y perjuicios.

El derecho concedido en este artículo dura un año.

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