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Nacionalismos irredentos


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21/09/2013


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Ustedes conocerán el efecto mariposa, esa teoría por la cual cuando una mariposa bate sus alas en una parte del mundo puede provocar un huracán en la otra parte del globo. También recordarán aquella campaña que lanzó la derecha nacionalista española, consistente en la recogida de firmas por toda España contra la reforma del Estatuto de Cataluña, en el año 2006, que estuvo trufada de declaraciones de anticatalanismo e incitación a boicotear los productos catalanes, cava incluido. Ese desencuentro atávico de la derecha nacionalista española y el nacionalismo catalán, invocando no se sabe bien a qué derechos míticos y sagrados por ambos lados, siempre por encima del bienestar de los ciudadanos, ha ido aumentando en los últimos años, alimentado, con la glotonería obesa del nacionalismo, la distancia entre ambos territorios, con un debate estéril sobre la unidad de España o la soberanía de Cataluña, que sólo conduce a que la sociedad española y catalana se embrutezca de nacionalismo y de sin razones que tratan de quitar la razón al contrario.


                El nacionalismo, que personalmente pienso es un cáncer de rápida metástasis que avoca a las sociedades y los individuos que las forman a la barbarie intelectual y física, cuando alcanza expresiones extremas, y es absolutamente letal cuando se mezcla con la bandera de la religión (lo hemos vivido en Europa y España a lo largo del siglo XX) siempre trata de anclarse en razones históricas. Pero la historia de los pueblos es muy larga y los nacionalistas sólo se acuerdan de aquellos acontecimientos que les favorecen, considerando una anomalía el resto. Y razones históricas siempre hay para que el nacionalismo español se justifique a sí mismo en la unidad de España como indivisible y universal, y el nacionalismo catalán piense que pertenecer a España es una rémora, que atenta contra los intereses del pueblo catalán, impuesta por la fuerza. Los mismos y tristes argumentos que se vienen escuchando en los últimos cien años, en los que el nacionalismo, de la mano del capitalismo y la religión, ha alcanzado su máxima expresión de irracionalidad y desprecio hacia la vida humana, vista más como un objeto puesto al servicio de los altos intereses de la patria, que como el derecho al desarrollo autónomo, solidario y en bienestar que todos los individuos de una sociedad deberían tener. Cuando un pueblo sólo tiene argumentos históricos o económicos para alimentar el presente, es que vive anclado en el pasado y difícilmente puede mirar al futuro, y/o es víctima de una trama de engaño perfectamente urdida por un poder económico que sólo ve en el nacionalismo una fuente inmediata de aumentar sus beneficios, con un poder político acólito de sus intereses. Eso es, a mi juicio, lo que está sucediendo en España y Cataluña: una pelea de sagradas razones históricas, que esconde los intereses de los grupos dominantes de ambos lados: el español por mantener una unidad territorial que beneficia sus intereses económicos (“todos juntos somos más fuertes” vienen declarando algunos altos prebostes del lado españolista), y el catalán, que ve en la independencia la posibilidad de controlar la economía sin interferencias externas (“Cataluña es un país rico y solos lo seremos más”, se escucha estos días de vino y rosas independentistas). Pero cabría preguntarse, qué gana la sociedad, despojada del traje nacionalista, con todo esto.

                El nacionalismo siempre se edifica sobre el engaño masivo a la ciudadanía, sobre la construcción de un enemigo externo y sobre la utopía de una arcadia nacional una vez conseguida la segregación. Por eso es tan fácil que el nacionalismo democrático, si es que existe, acabe pareciéndose tanto al fascismo, tomado este como expresión global del totalitarismo, porque el  concepto de enemigo externo se traslada fácilmente al de enemigo interno cuando alguien disiente de los postulados nacionalistas y se convierte en traidor a la patria futura. Esta pseudoideología que acaba abarcando todo y a todos los que conviven bajo ella, se convierte al final en una rémora para tratar cuestiones que tienen que ver con derechos democráticos tan simples como el derecho a decidir.

Desde un punto de vista de limpieza democrática cualquier sociedad debería poder decidir dónde le conviene más estar, al igual que cualquier individuo si no siente que el derecho a la libertad individual es un derecho inalienable a su condición de ciudadano, se habrá convertido en súbdito. Despojado de nacionalismo un pueblo debe tener derecho a que sus costumbres, cultura, formas de vivir y creencias sean respetadas. Lo que nos lleva a plantearnos por qué en España el derecho a decidir no está recogido en las Leyes. Quizá si así fuese todos estos problemas de encaje territorial de los diferentes pueblos que componen el Estado español no se habrían producido, pues, a pesar de las manipulaciones nacionalistas, es en un referéndum democrático, es decir, ejerciendo el derecho a decidir, donde se tiene que dirimir cuál es el encaje que cada pueblo quiere tener en el todo, o simplemente si quiere o no pertenecer a ese todo. Para eso en democracia se inventaron el estado federal, el confederal o el centralista. Sin embargo en España esto no se ha producido por el pacto que alcanzaron los diferentes nacionalismos del Estado cuando se negoció la Constitución. Un pacto que atendió más a los intereses económicos de esos poderes nacional/capitalistas, que entendieron que quedaban mejor garantizados yendo todos a una, para lo que se inventaron ese empaste de café para todos de la Autonomías, que es ni contigo ni sin ti, sino todo lo contrario. Y que cerró el paso al derecho de autodeterminación, como se denominó en la época, al derecho a decidir, para volvernos a encontrar treinta y cinco años después en el punto de partida.

                Es cierto que las leyes actuales impiden, desde la legalidad constitucional, avanzar hacia la soberanía democráticamente decidida. Pero eso tiene una solución que se recoge en las mismas leyes: poner en marcha el mecanismo de reforma de la Constitución, para que los españoles, como expresión del todo, podamos decidir qué tipo de Estado queremos, cómo lo queremos, si queremos pertenecer a él o no, o si preferimos la monarquía o la república. Ha llegado el momento de despojarnos de nacionalismos trasnochados que invocan a los fantasmas de nuestra historia y de prepararnos como sociedad para el futuro, vayamos juntos o separados. Pero siempre en concordia y armonía. De lo contrario, corremos el riesgo de que la tormenta tropical que hoy padecemos fruto de decisiones excesivamente cargadas de nacionalismo e intereses de las clases dirigentes, que supuso en su momento un batir suave de alas de una mariposa, se convierta en un huracán que nos arrastre a todos, por la ignorancia de no haber sabido separar el trigo de la paja.



Etiquetas:   Política   ·   España

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