. También recordarán aquella campaña que lanzó la derecha nacionalista
española, consistente en la recogida de firmas por toda España contra la
reforma del Estatuto de Cataluña, en el año 2006, que estuvo trufada de
declaraciones de anticatalanismo e incitación a boicotear los productos
catalanes, cava incluido. Ese desencuentro atávico de la derecha nacionalista
española y el nacionalismo catalán, invocando no se sabe bien a qué derechos
míticos y sagrados por ambos lados, siempre por encima del bienestar de los
ciudadanos, ha ido aumentando en los últimos años, alimentado, con la
glotonería obesa del nacionalismo, la distancia entre ambos territorios, con un
debate estéril sobre la unidad de España o la soberanía de Cataluña, que sólo
conduce a que la sociedad española y catalana se embrutezca de nacionalismo y
de sin razones que tratan de quitar la razón al contrario.
El nacionalismo, que
personalmente pienso es un cáncer de rápida metástasis que avoca a las
sociedades y los individuos que las forman a la barbarie intelectual y física,
cuando alcanza expresiones extremas, y es absolutamente letal cuando se mezcla
con la bandera de la religión (lo hemos vivido en Europa y España a lo largo
del siglo XX) siempre trata de anclarse en razones históricas. Pero la historia
de los pueblos es muy larga y los nacionalistas sólo se acuerdan de aquellos
acontecimientos que les favorecen, considerando una anomalía el resto. Y
razones históricas siempre hay para que el nacionalismo español se justifique a
sí mismo en la unidad de España como indivisible y universal, y el nacionalismo
catalán piense que pertenecer a España es una rémora, que atenta contra los
intereses del pueblo catalán, impuesta por la fuerza. Los mismos y tristes
argumentos que se vienen escuchando en los últimos cien años, en los que el
nacionalismo, de la mano del capitalismo y la religión, ha alcanzado su máxima
expresión de irracionalidad y desprecio hacia la vida humana, vista más como un
objeto puesto al servicio de los altos intereses de la patria, que como el
derecho al desarrollo autónomo, solidario y en bienestar que todos los
individuos de una sociedad deberían tener. Cuando un pueblo sólo tiene argumentos
históricos o económicos para alimentar el presente, es que vive anclado en el
pasado y difícilmente puede mirar al futuro, y/o es víctima de una trama de
engaño perfectamente urdida por un poder económico que sólo ve en el
nacionalismo una fuente inmediata de aumentar sus beneficios, con un poder
político acólito de sus intereses. Eso es, a mi juicio, lo que está sucediendo
en España y Cataluña: una pelea de sagradas razones históricas, que esconde los
intereses de los grupos dominantes de ambos lados: el español por mantener una
unidad territorial que beneficia sus intereses económicos (“todos juntos somos
más fuertes” vienen declarando algunos altos prebostes del lado españolista), y
el catalán, que ve en la independencia la posibilidad de controlar la economía
sin interferencias externas (“Cataluña es un país rico y solos lo seremos más”,
se escucha estos días de vino y rosas independentistas). Pero cabría
preguntarse, qué gana la sociedad, despojada del traje nacionalista, con todo
esto.
El nacionalismo siempre se edifica
sobre el engaño masivo a la ciudadanía, sobre la construcción de un enemigo
externo y sobre la utopía de una arcadia nacional una vez conseguida la
segregación. Por eso es tan fácil que el nacionalismo democrático, si es que
existe, acabe pareciéndose tanto al fascismo, tomado este como expresión global
del totalitarismo, porque el concepto de
enemigo externo se traslada fácilmente al de enemigo interno cuando alguien
disiente de los postulados nacionalistas y se convierte en traidor a la patria
futura. Esta pseudoideología que acaba abarcando todo y a todos los que
conviven bajo ella, se convierte al final en una rémora para tratar cuestiones
que tienen que ver con derechos democráticos tan simples como el derecho a
decidir.
Desde un punto de vista de limpieza democrática cualquier sociedad
debería poder decidir dónde le conviene más estar, al igual que cualquier
individuo si no siente que el derecho a la libertad individual es un derecho
inalienable a su condición de ciudadano, se habrá convertido en súbdito.
Despojado de nacionalismo un pueblo debe tener derecho a que sus costumbres,
cultura, formas de vivir y creencias sean respetadas. Lo que nos lleva a plantearnos
por qué en España el derecho a decidir no está recogido en las Leyes. Quizá si
así fuese todos estos problemas de encaje territorial de los diferentes pueblos
que componen el Estado español no se habrían producido, pues, a pesar de las
manipulaciones nacionalistas, es en un referéndum democrático, es decir,
ejerciendo el derecho a decidir, donde se tiene que dirimir cuál es el encaje
que cada pueblo quiere tener en el todo, o simplemente si quiere o no
pertenecer a ese todo. Para eso en democracia se inventaron el estado federal,
el confederal o el centralista. Sin embargo en España esto no se ha producido
por el pacto que alcanzaron los diferentes nacionalismos del Estado cuando se
negoció la Constitución. Un pacto que atendió más a los intereses económicos de
esos poderes nacional/capitalistas, que entendieron que quedaban mejor
garantizados yendo todos a una, para lo que se inventaron ese empaste de café
para todos de la Autonomías, que es ni contigo ni sin ti, sino todo lo
contrario. Y que cerró el paso al derecho de autodeterminación, como se
denominó en la época, al derecho a decidir, para volvernos a encontrar treinta
y cinco años después en el punto de partida.
Es cierto que las leyes actuales
impiden, desde la legalidad constitucional, avanzar hacia la soberanía
democráticamente decidida. Pero eso tiene una solución que se recoge en las
mismas leyes: poner en marcha el mecanismo de reforma de la Constitución, para
que los españoles, como expresión del todo, podamos decidir qué tipo de Estado
queremos, cómo lo queremos, si queremos pertenecer a él o no, o si preferimos
la monarquía o la república. Ha llegado el momento de despojarnos de
nacionalismos trasnochados que invocan a los fantasmas de nuestra historia y de
prepararnos como sociedad para el futuro, vayamos juntos o separados. Pero
siempre en concordia y armonía. De lo contrario, corremos el riesgo de que la
tormenta tropical que hoy padecemos fruto de decisiones excesivamente cargadas
de nacionalismo e intereses de las clases dirigentes, que supuso en su momento
un batir suave de alas de una mariposa, se convierta en un huracán que nos
arrastre a todos, por la ignorancia de no haber sabido separar el trigo de la
paja.