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Una farola llamada Juan Carlos I


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21/09/2013


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  España está ebria y acostumbra a abrazarse a una farola para no precipitarse. La farola es y ha sido Juan Carlos I. La monarquía ha sujetado lo que de otra manera yacería sin sentido en el patrio suelo de las divergentes ambiciones, porque cada uno va por donde le place y embebido de codicias. Hasta ahora siempre ha habido una farola donde terminar abrazándose. España, milagrosamente y a trompicones, sigue en pie.

   Si algo beneficia al país después de los destructivos trotes zapateristas y de haberse quitado con Rajoy la respiración asistida proporcionada por Europa y la amenaza del rescate, es el status quo histórico que se ha conseguido desde la transición. La existencia del Rey Juan Carlos I ha mantenido vigente la partida estratégica del complejo ajedrez que no pocos jaques ha brindado durante nuestro tiempo constitucionalista.

   La monarquía ha sido factor determinante para que el conglomerado institucional no se haya derrumbado con los estropicios de la corrupción generalizada, a pesar de que la misma realeza se haya manchado de un borrón estatal in extremis decadente,  generada durante treinta años.

   Los españoles hemos caminado borrachos de problemáticas constantes, ebrios de dolor y de indignaciones pero siempre hemos resuelto el riesgo de caer de bruces agarrándonos a la farola del orden establecido, el conocido, el de un rey enraizado en la historia contemporánea y que sigue rigiendo los destinos de un equilibrio precario en una España minada de rivalidad, escisión y parco entendimiento político de unos y otros extremos ideológicos.

   La borrachera nacionalista, la de la corruptela provocada desde lo más profundo del arraigo aparentemente democrático; la germinación de las depravaciones a través de las administraciones públicas que han terminado degenerando en mal generalizado contra todos los ciudadanos; las rencillas históricas despertadas con maligno afán de oportunismo para causar todo tipo de desequilibrios sociales, políticos y económicos; las deliberadas tramas ocultas, a propósito solapadas por una Justicia afín al sectarismo; el desgaste plural de una sociedad aislada y desprotegida por aquellos políticos que engendran, lejos del consenso, la disparidad de criterios en consonancia con los intereses dispersos de corte arbitrario y favoritista… a pesar de tantos males se sigue, prodigiosamente, en pie.  Si no se ha estrellado todo contra el suelo en las monumentales borracheras de la traición contra el beneficio conjunto de esa sociedad tan maltratada que conforman los españoles, ha sido por el referente monárquico que ha representado Juan Carlos I.

   Así que no es extraño que, después del embate contra la monarquía en los inicios del acoso y derribo contra la institución, los enemigos de ella advirtieran que el país no era netamente monárquico sino integradoramente juancarlista. De ahí que de esa observación surgiera un ataque directo contra el Rey y todo lo que pudiera representar como oprobio ante el pueblo dinamitado de tanta perversidad soportada y que vivió hasta la ruina de manos del zapaterismo.

   No es casualidad que siendo el pueblo juancarlista se ideara, como por casualidad, una estrategia con el objetivo de demoler la confianza del español en el Rey con el que compartió sus décadas de la aparente libertad. Una aparente libertad siempre bajo los dictados impunes de un grupúsculo de aprovechados que proliferaron como alimañas políticas, cuyo poder, en ocasiones conseguido por el engaño instrumental del crimen, ha llevado de continuo a la más desastrosa asolación del país.

   Ahora, con ese enemigo disfrazado de la política que encubre vulgares criminales que lo serían de no ser especialmente protegidos tras las siglas de partido, se abre un debate de sucesión habida cuenta de la salud precaria del monarca que no parece poder cumplir con la estricta agenda derivada de sus reales deberes.

   Con el hartazgo del martilleo antimonárquico y en aras de un republicanismo incipiente al estilo de 1931, cuando se instauró por la fuerza una II República nunca legitimada por las urnas, ahora se pretende en el momento más delicado plantear la sucesión y que abdique un rey que es la única farola a la que se agarra esta borracha España tan complicadamente sujeta para no caer de bruces. No somos conscientes de nada, eso parece.

   En el debate sucesorio se da por hecha una normalización que permite un planteamiento de consenso, como si no existiesen múltiples complejidades que serían oportunamente aprovechadas para imponer otras miras mucho más ambiciosas políticamente que un futuro rey Felipe VI. El Príncipe puede estar preparado para recoger un testigo pero no así la España que ha de liderar.



   España se aproxima a una coyuntura de peligrosidad que no ha atravesado en todo el reinado de Juan Carlos I y que constituye un balance al tiempo de toda la era democrática que se inició con la firma de la Carta Magna. No se plantea un debate de sucesión con la sobriedad que requiere una situación tan delicada. Quizá estamos tan ciegos que no acertamos a adivinar la gravedad de planteamientos que podrían conducirnos a una definitiva desestabilización.

  El juancarlismo ha sido la presa consensuada que hasta ahora ha podido retener las aguas arremolinadas de una España bajo presión constante e imprevisible. Una farola a tiempo para una ebriedad de un conjunto español que siempre ha evitado una caída definitiva. Pero seguimos borrachos y ahora de soberbia e intransigencia.

   El debate sucesorio traerá cola de serpiente y aguijones de escorpión. Estará envenenado desde el principio porque será la oportunidad para imponer la antítesis política por la fuerza.  

   Con las actuales circunstancias extremas, antes de que nos cambien la farola nos habremos dado una trompada  que desearemos no habernos bebido tanta Constitución adulterada y democracia fingida. Es lo que tiene esta barra libre de lo político que ha terminado emborrachándonos a todos con los efluvios de sus miserias. A garrafas y con embudo.



Etiquetas:   Juan Carlos I   ·   Sucesión   ·   Principe Felipe de Asturias

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