. Es mareante; y aun así cada día hay más
y más macromercados, macrocines, macrocolas, macroeconomías,
macroconferencias y hasta macroestupidez. Por el contrario, los
teléfonos móviles, aunque también van creciendo en tamaño, son,
como los aparatos para oír música, más y más pequeños, y muy
ligeros. Gracias a ello puedo oír música en cualquier parque,
aunque siempre prefiero mi casa por cuanto en ella puedo cerrar
puertas y ventanas, y concentrarme sólo en la música, sin que me
moleste ningún ruido o visitante extraño.
En la anterior carta, cuando te
hablé de las conferencias que nos daban a los profesores a principio
de curso, no quise entrar en detalles para no cansarte. La epístola
ya era excesivamente larga. Pero al mencionarte varias de aquellas
macrocharlas, o macroconferencias, también recordé mis pensamientos
de entonces, de cuando era un profesor en activo. Todos aquellos
conferenciantes, sin excepciones, me parecían siempre charlatanes de
feria. Como Azorín siempre he desconfiando de toda propuesta
pedagógica. Por supuesto que, confiando o desconfiando, estábamos
obligados a a asistir a sus verborreas y alocuciones, aunque a veces
yo me escabullía. Ellos, los charlatanes, o no debían tener
conciencia de la situación del profesorado, o debían pensar, y es
lo más probable, que más cornadas da el hambre. Así que le echaban
cara a la cosa, y se ponían a hablar con tal desfachatez y seguridad
que, inmediatamente, ya con el primero de aquellos sofistas, me vino
a las mientes el recuerdo del impagable doctor Dulcamara.
Imagino
que sabrás la historia de la famosa ópera de Donizetti. Te la
recuerdo brevemente, por si acaso: Nemorino, un campesino simplote,
está enamorado de una rica terrateniente, Adina. Ella, por supuesto,
no le hace ni caso. Adina aparece leyendo Tristán e Iseo;
y el pobre de Nemorino sueña con un filtro, con un elixir, como el
que toman Tristán e Iseo, capaz de despertar la pasión de Adina. Y
dicho y hecho, allí se presenta el doctor Dulcamara prometiendo
maravillas a quien le compre su famoso elixir. El primero en
adquirirlo es el bueno de Nemorino. Y sí, Adina se enamora de él;
pero porque lo persiguen las mujeres al enterarse de que ha recibido
una cuantiosa herencia. Aun así se aman y se supone que son felices.
Dulcamara se va de escena cantando las bondades de su elixir que,
como ha visto el público, ha funcionado a la perfección.
Por desgracia para nosotros, sin la
maravillosa música de Donizetti, ni con la gracia de Nemorino o de
Dulcamara, todos los años aparecía alguien por el colegio vendiendo
pócimas y elixires. Con estas íbamos a conseguir no el amor de
Adina, quien más y quien menos ya tenía sus amores resueltos, sino
que los alumnos fueran eficaces, buenos, competentes, felices y todo
cuanto se te ocurra. Una maravilla. Pero claro, para que el elixir
funcione y sea efectivo, primero hay que creer en él; segundo, este
tiene que ser efectivo; y, tercero, tener buen sabor. Excelente, como
dice Dulcamara. Y esto es lo que, sobre todo, se buscaba. El buen
sabor de boca.
Recuerdo una anécdota,
significativa, y que no me resisto a contarte: uno de estos
dulcamaras nos dijo, y nadie le contestó por educación y miedo a
perder el puesto de trabajo, que los cristianos no somos, recalcó
somos, xenófobos porque tenemos un Rey Mago negro que nos hace
regalos. Y así, por supuesto, ¿quién va a ser xenófobo? Me quedó
claro: si los inquisidores medievales, en España, hubieran conocido
a los Reyes Magos, no hubiera habido tanta hoguera ni tanto tormento.
Además, seguramente tampoco cayeron en la cuenta de que su patrono,
Jesús, era judío. En fin, ¿qué quieres que te diga? Siempre
teníamos que soportar mamarrachadas como esta dichas con el tono de
quien acaba de descubrir que si metes la mano en el agua, esta se
moja.
Nunca estuve de acuerdo con los
sistemas educativos que me tocaron en suerte. En realidad fue uno
nada más, pero ampliado y empeorado año tras año. Lo mismo que
sucede con los aparatos electrónicos y los macroespacios sucedía
con la educación: a un mundo cada vez más próximo y más amplio,
le ha tocado en suerte un sistema educativo en el que el alumno sólo
estudia la historia de su ciudad y los ríos de su pueblo. Se ha
vuelto a resucitar aquel viejo espíritu de campanario, propio de la
Edad Media, y que parece que nunca nos ha abandonado. No, tampoco me
opongo a que se estudien las lenguas autonómicas; pero me parece un
despropósito enorme que no se conozca el latín, ni la historia de
un territorio que, alguna vez, fue común para todos: hablo de
Hispania. Hablo, también, de lo políticamente incorrecto: de no
alimentar a gente que, año tras año, permanece en las aulas sin
hacer otra cosa que bostezar, aburrirse y molestar a quien sí quiere
aprender. Que digan lo que les dé la gana, y que me acusen de cuanto
quieran y deseen; pero creo que en esta vida hay que ganarse las
cosas; y sí , hay que ayudar a quien lo necesite; pero no a quien se
pasa la vida delante de la televisión o de los juegos de ordenador.
Creo que ya está bien. Y no es de recibo que un alumno tarde dos y
tres años en aprobar un curso.
Por
supuesto que ninguno de aquellos charlatanes de feria, ni otros muy
parecidos, hacía ningún planteamiento como este o similar: no es
políticamente correcto. Ellos venían allí intentando, como los
jesuitas o el opus dei, modificar
la rueda que lo mueve todo (?), el profesor, a fin de que este
lograra no el cambio del sistema, faltaría más, sino la eficacia
del alumno, otra ruedecita del engranaje. Y para ello comenzaban los
sofistas por decir sandeces que casi nadie se creía, pero que, por
educación, simulábamos tragarnos, como si fuera el elixir del
doctor Dulcamara. Y así en una de aquellas charlas de barracón, me
enteré no de que hablaba el prosa, cosa evidente, sino de que todos
nosotros, los profesores, si volviéramos a la universidad, y nos
hicieran un examen que aprobamos, por ejemplo, en 5º de carrera, y
con buena nota, lo suspenderíamos ahora. Lógico. Acabamos de
descubrir el Mediterráneo. Hay libros que me los he leído infinidad
de veces. Y seguramente no pasaría un control de lectura como me lo
hacían en la universidad. Y he oído infinidad de veces sinfonías,
cuartetos y quintetos; y si me tapas los ojos, y me pones un disco,
seguramente no sabré decirte ni el autor, y ni si es un cuarteto o
un octeto. ¿Y qué quiere decir todo esto? ¿Que tengo que cambiar
mi forma de leer o de oír música? ¿Tengo que ser una especie de
Funes el memorioso? ¿Y si no me acuerdo de todo soy un fracasado? No
estoy de acuerdo, no estoy de acuerdo; pero no me malinterpretes,
querido Nemo, pues no estoy diciendo que la memoria sea absurda a
inútil. Muy por el contrario creo que sí que sirve: es muy útil.
Ahora bien, hay que distinguir entre lo que se debe memorizar, y
aquello que es factible de ser olvidado. No he hace falta recordar El
ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de
pe a pa. Es imposible
sabérselo de memoria. Y tampoco me sé de memoria a Beethoven; pero
sé que forman parte de mí. Aunque Dulcamara, que no tiene ojo
clínico, ni lo aprecie ni lo sepa reconocer. La enseñanza no es un
concurso televisivo. Al menos no lo era en mi época aunque ya
apuntaba maneras.
Nadie más convencido que yo de que
había, hay, que cambiar el sistema educativo. Pero este se ha
convertido, en realidad lo ha sido siempre, en un arma política, a
la que sólo le faltaban las autonomías, y las enormes ganas de ser
originales unos y otros con sólo rechazar al vecino o cortar la
historia por donde nos viniere en gana. Añádele a eso el poco
aprecio que se tiene por el esfuerzo y el trabajo. Y la explicación
es muy fácil y sencilla: es más fácil gobernar a un país de
idiotas que a uno de medianas inteligencias. Y, por supuesto, los
políticos hacen los sistemas a su medida. Y algunos profesores y
directores de colegio, también. Así nos va.
Por otra parte siempre he sabido,
querido Nemo, como muchos de mis compañeros, cómo hacernos con
nuestros alumnos y hacer que participen en clase. Los sofistas no nos
estaban diciendo nada nuevo. Lo he sabido desde que leí teorías
pedagógicas de la Edad Media. También yo las he puesto en
funcionamiento, y han sido útiles, muy útiles. No hay más que
darles la iniciativa a los alumnos, representar, por ejemplo, una
obra de teatro, que sean ellos los protagonistas, sacarlos de las
aulas, enseñarles la ciudad, la naturaleza, hacerles ver y
observar... Ahora bien, luego tengamos en cuenta lo que persigue la
escuela: con estos métodos, salvo que se cambien los exámenes, los
alumnos no van a aprobar la PAU, ni a sacar la altísima nota de
corte que se exige para entrar en la facultad de medicina,
verbigracia. Y ya me dijo un padre que está muy bien que hagan
teatro porque aprenden muchas cosas; pero eso deben hacerlo en
primaria o en infantil. Ahora a su hijo le interesaba llegar a la
nota de corte, y nadie le iba a preguntar su texto de la obra de
teatro en la PAU. ¿Qué le digo al padre? ¿Le salgo con sofismas?
Evidentemente aquel hombre tenía razón. Y eso sería lo primero a
delimitar: ¿para qué queremos la escuela y la universidad? ¿Qué
objetivos debe cumplir? Aquí, como siempre, empezamos la casa por el
tejado, o hacemos lo típico de los neuróticos: tienes que enseñar
y ser creativo; si luego suspenden los alumnos, te sancionaré por
ser un mal profesor, y si aprueban te echaré en cara que no sólo de
pan vive el hombre. Hagas lo que hagas, está mal hecho.
Me he metido, querido Nemo, en un
berenjenal enorme. Ya no tengo nada que perder. La ventaja de hacerte
mayor es que puedes decir lo que quieras sin que tu sinceridad,
siempre dentro de unos límites, te cueste la vida, o el puesto de
trabajo. Es muy probable que algunas de las teorías que manejaban
aquellas pobres personas, los charlatanes de feria, fueran
interesantes y fructíferas; pero de la forma en que las presentaban
resultaban todo lo contrario.
Por deformación profesional si
quieres, en cuanto llegaba alguno de los sofistas, me fijaba
enseguida en su forma de hablar. Y de verdad, me cansé de oír a
gente que me explicaba como dar una clase de lengua, diciendo
“sentaros”, “marcharos”, “iros”, “pa qué”,“salir
por aquí”, “vamos pa lla”y otras lindezas por el estilo. Al
menos el bueno de Dulcamara, que creo que era calvo, no vendía
pócimas contra la alopecia.
No te puedes imaginar lo tranquilo
que estoy ahora sin tener que asistir a esas macroconferencias de
seis y ocho horas de duración. Compadezco a mis pobres compañeros.
Y con esto no estoy diciendo que el maestro no tenga que seguir
estudiando y preparándose. Nada más
lejos de mi intención: creo que esta, como otras profesiones, yo
diría que la mayoría, requieren de una renovación casi diaria. Hay
que estar leyendo y estudiando continuamente. Y tienen razón estos
charlatanes cuando dicen, en cursillos intensivos de seis u ocho
horas, que no se puede aburrir a los niños en una clase. Es cierto,
aunque, a veces, resulta complicado explicar el adjetivo
calificativo, o los verbos, sin que te bostece el más pintado. Ahora
bien, que estén diciendo estas cosas personas que apabullan a
adultos con macroconferencias que se convierten, además, en un
batiburrillo o cajón de sastre, es un contrasentido. ¿No se han
enterado todavía de que un oyente, por mucha buena voluntad que le
ponga, desconecta al cabo, como mucho, de una hora u hora y media?
¿No se han enterado de que el Sermón de la Montaña, ya que uno de
ellos era o semicura o semicreyente, no duró más allá de diez o
quince minutos? Recuerdo que ante la amenaza, hecha realidad, de un
par de macrocharlas en las que sobró todo, un compañero citó a un
fraile dominico conocido suyo. Este, antes de empezar la homilía, en
la misa, dijo: en época de melones, acorta los sermones. Y
por ahí tenía que empezar toda didáctica o pedagogía que se
precie, por eliminar hojarasca y palabrería, pues en el fondo es
todo muy sencillo: hay que dominar la asignatura, y apasionarse por
lo que se hace. Y recordar siempre a quién se tiene delante. Te dejo
ya, querido amigo, pues no quiero que me acuses de prolijo o
aburrido. Me voy a oír música.