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Ha sido considerada esa
fecha con ese propósito, en recuerdo de la “Brecha de la Porta Pía”, evento que
marcó el ingreso a Roma de las fuerzas patrióticas italianas, en 1870, bajo el
impulso republicano y laico de Garibaldi, contra las fuerzas militares papistas
y francesas, episodio que significaría no solo la unidad italiana, sino la
caída del poder temporal del pontífice romano y de su intervención política
reclamada como “derecho divino”.
Ese día, los combatientes bersaglieri rompieron la defensa del
dominio papal, ingresando por la Puerta Pía, estableciendo el derecho italiano
a su unificación, por sobre los intereses de las potencias extranjeras unidas
al papismo, en la tercera guerra de independencia italiana.
El adversario principal era nada menos
que Pío Nono, el mismo que había atacado el pensamiento científico y las
investigaciones de los hombres de ciencia, y que había proclamado la
prevalencia de la fe sobre la razón en su encíclica Singulari Quadam. En abril del año del ingreso patriota a Roma, la
Constitución Dei Felius, emanada del
Concilio Vaticano (I), había establecido la condena al racionalismo y las
teorías naturalistas. En julio, la constitución Pastor Eeternus, también bajo el impulso conciliar, reafirmaba la
“infalibilidad del Papa, cuando hablaba ex cathedra”, es decir, la irrefutabilidad de los planteamientos
papales frente a cualquier asunto secular.
Dos meses después de la victoria
garibaldina, en la encíclica Respicientes
ea, el Papa decretaría la excomunión de los que habían “invadido, usurpado
u ocupado” territorios de los Estado sujetos al poder pontificio.
Sin duda, el acontecimiento de
septiembre de 1870 señala el momento en que toda la historia de interferencia
temporal del papado en la realidad europea política y secular, comienza su irreversible declinación. Ello
significaría que, con el tiempo, el imperio político del Papa quedaría relegado
al territorio vaticano. Sin embargo, bien sabemos que ello seguiría siendo en
términos relativos.
Ese episodio, es el que ha estimulado a
diversas organizaciones librepensadoras a proclamar, hace algunos años, el 20
de septiembre de cada año como el Día Universal del Libre Pensamiento,
iniciativa que progresivamente ha ido ganando más trascendencia y apoyos de
aquellos que reconocemos el libre pensamiento como la base sobre la cual se
construye el derecho a la libertad de conciencia, proclamado por la comunidad
internacional.
Es oportuno que así sea. Diversas
circunstancias y episodios que ocurren cotidianamente en el mundo, señalan la
necesidad que poner al libre pensamiento en la agenda constructiva de las
sociedades contemporáneas. La presión ejercida por determinismos, que buscan el
tutelaje espiritual de las personas y la hegemonía de las sociedades, es
constante, y no han cambiado las conductas y acciones que los mueven hacia manifestaciones
de poder que afectan profundamente la libertad y los derechos de conciencia.
En muchas partes del mundo visiones
totalizantes buscan imponerse por diversos medios, a partir de verdades
absolutas, y no son pocos los países sometidos a violentas tensiones, como
consecuencia de la utilización política de los dogmas y de la asociación de los
poderosos con las jerarquías religiosas. Cuando ello ocurre, las libertades de
conciencia son inmoladas y se imponen verdades absolutas, que avasallan la
libertad de las personas y de las sociedades.
La reclamación universal del libre
pensamiento, a través de la conmemoración del 20 de septiembre de 1870, tiene
por lo tanto un fundamento irrefutable. Es la reclamación por la ciencia, por
la libertad, por los derechos humanos, por la dignidad de la persona humana,
por la democracia, por el pluralismo, por la tolerancia. Es la reclamación de
aquello que hace posible la libertad de conciencia, esto es, la libertad de pensar
y de decir lo que se piensa, y llevar una vida personal de acuerdo a las
convicciones de cada cual.
Ninguna de las libertades modernas,
consagradas por las convenciones alcanzadas por la Humanidad en los últimos 100
años, es posible sin el libre pensamiento. Sin embargo, son pocas las
sociedades que pueden expresar con certeza el imperio del libre pensamiento en
su desenvolvimiento cotidiano. Una enorme mayoría, en general, tienen problemas
que hablan de comprobaciones que van precisamente en sentido inverso al avance
esperado por las sociedades y aquellos segmentos más comprometidos con la
libertad.
Hay episodios recientes que ilustran
estas constataciones: Rusia, Turquía, España, Argentina, los países del Medio
Oriente, Pakistán, India, etc. señalando lamentables efectos. Chile también
tiene aún mucho que realizar para consolidar la libertad de conciencia.
La defensa y la promoción del libre
pensamiento, bajo la lectura de lo sucedido en la Brecha de la Porta Pía, no
tiene que ver con una adversión a la religión y al ejercicio religioso. Por el
contrario, el libre pensamiento respeta el hecho religioso y la opción
religiosa de las personas, como respeta cualquier posición no confesional o la
no creencia en conceptos divinos. Al recordar la hazaña bersaglieri de 1870, lo que se está simbolizando es la derrota de
la pretensión y concreción del determinismo de una religión sobre los asuntos
políticos de un tiempo y de un lugar, a partir de un ejercicio de hegemonía.
Ello
tiene una traducción en los asuntos de los Estados contemporáneos, que son objetivos
permanentes de la conducta de las jerarquías religiosas, que persisten en dar
continuidad a su hegemonía sobre los asuntos políticos y sociales, en alianza con
estructuras de poder políticas y económicas. De allí la vigencia de la
reivindicación del libre pensamiento, que viene a proponer a nuestro tiempo, la
necesidad de erradicar los determinismos entronizados en las estructuras del
Estado, del mercado y de la sociedad civil, a fin de asegurar sociedades más
libres y más creativas, sobre la base de la libertad de conciencia.