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Holganza y pitanza veraniega


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13/09/2013


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El verano da para muchas cosas, sobre todo cuando uno decide dedicarlo a la holganza y hacer de ella un paraíso al modo que soñaba Sancho Panza para su Península de Barataria.  La holganza y la buena pitanza bien administradas son una fuente de sabiduría si se sabe que es un tiempo efímero el que se le puede dedicar, sin más pretensiones que apartar el espíritu del mundanal ruido, hasta que el aburrimiento empiece a activar las neuronas de nuestra imaginación y la vuelta a la actividad sea un horizonte cercano y anhelado. Porque ¡ojo!, ya lo advirtió Willian Shakespeare: “Si perdemos el día de hoy en la holganza, lo mismo nos sucederá mañana, y pero todavía pasado mañana”. La holganza no se debe convertir en abulia, ni la pitanza en glotonería, ambas son estados de ánimo que el espíritu necesita para descongestionar el alma y recomponer las ideas. Luego entonces tienen que tener fecha de caducidad, de lo contrario, como bien nos dice el dramaturgo inglés, podemos caer en una espiral de holgazanería de la que nos cueste mucho salir.


            La holganza veraniega da para leer atenta y sosegadamente libros que no tenemos que compartir con otros menesteres que puedan distraernos de su lectura. Es como el que tiene una amante y durante unos días puede dedicarse en cuerpo y alma a explorar cada uno de los ángulos de su cuerpo y su mente, sin necesidad de compartirla con la esposa abandonada y engañada y la rutina que impone la vida diaria y el qué dirán. Lo que me recuerda un maravilloso libro de Antonio Muñoz Molina: “La noche de los tiempos”, en donde Ignacio Abel, un arquitecto republicano de la alta sociedad madrileña, puede vivir un fin de semana tórrido y placentero con su amante norteamericana Judith Beily, lejos de la tensión psicológica que le provoca esa relación amorosa, de deseo oculto por verse en lugares escondidos a deshoras, en el Madrid anterior al golpe militar. Precisamente Muñoz Molina ha sido uno de los autores que he leído este verano con mayor dedicación. “Ventanas de Manhattan” ha supuesto un viaje literario por una ciudad, la de Nueva York, tan familiar en sus tópicos y tan extraña en su vida real, que el escritor conoce bien, por vivir a caballo entre ella y Madrid; y “Sefarad”, una novela que todavía estoy leyendo, que es como entrar de lleno en esa gran literatura que nos habla de la tristeza que provoca el exilio, el abandono de los lugares reconocidos y reconocibles por tener que huir de la maldad humana, que tanto daño ha hecho a lo largo de la historia, sobre todo a largo del siglo XX, en el que los regímenes políticos y las actitudes intolerantes y sanguinarias han proliferado en el mundo, sin que todavía, quizá nunca, se haya podido acabar con esa lacra que cercena la vida de las personas. Pero no todo ha sido Muñoz Molina, en esas noches tórridas da calor agobiante la lectura de “Vida y destino” del escritor soviético Vasili Grossman, he de reconocer que sólo ha podido leer la primera parte dada la intensidad de su escritura, me ha hecho entender, desde otra perspectiva, como vivieron los soviéticos la Segunda Guerra Mundial, en un ejercicio magistral de temores hacia el enemigo externo, que había conseguido llevar la locura sangrienta del nazismo hasta las mismas puertas de Moscú, y al “amigo” interno que suponía Stalin y toda su política de represión disidente. Por último, una joya de librito de Rosario Raro: “Desarmadas e invencibles”, que hace que el relato corto, tan de moda últimamente, alcance la consideración de gran literatura, a través de historias de mujeres que, en contra de lo que nos pueda anunciar el título, ni están desarmadas ni son invencibles.

            Pero la holganza no significa estar desconectado de la realidad circundante, pero si da otra perspectiva de los acontecimientos, y este verano ha sido prolijo en ellos, tanto en el ámbito internacional, como en este teatro en el que se ha convertido la actualidad española, donde la ficción trata de ocultar con mucha tramoya y artificio escénico una realidad cada vez más sofocante. Entre todos la palma, por su proximidad y por su relevancia, ha sido el fiasco de la candidatura madrileña a los Juegos Olímpicos 2020. Es difícil sustraerse a la emoción de que en tu país se celebre un evento de tamaña relevancia, se podría decir que el más importante del mundo en la actualidad, como son unas Olimpiadas. Lo que sucede es que las dudas saltan cuando la situación del país pide a gritos menos fuegos artificiales y más políticas reales que acaben con la situación de empobrecimiento generalizado de la sociedad española. Ya lo ha dicho el propio COI: “Creemos que España debe invertir sus recursos económicos en materias más importantes que los Juegos Olímpicos”. Una frase que desmonta todos los argumentos económicos y sociales que pretendían hacernos creer que la solución a la crisis estaba en la celebración de los Juegos Olímpicos de 2020. Aunque a uno, modestamente, esto le empezaba a oler a nuevo pelotazo, para que unos pocos se enriquecieran. La derecha española sigue pensando que el progreso es un “Bienvenido mister Marshall” y no en el trabajo y el reparto de la riqueza. Por eso durante tres convocatorias el emblema de la candidatura de Madrid sigue siendo el estadio de La Peineta (esta vez sólo ha faltado que presentara el proyecto Martirio), una idea obsoleta en un evento que exige modernidad y futuro. Al margen de lo corrompibles que sean los miembros del COI, engañar al mundo con una candidatura olímpica más pegada a la necesidad de los dirigentes españoles, para salvar los muebles de su nefasta gestión, poco sugestiva y pasada de moda, con una fuerte dosis de soberbia, que ni siquiera ha considerado la posibilidad de no ganar, es difícil. Y si además la misma persona que hace el ridículo en la presentación, como alcaldesa de Madrid ha suprimido hace meses el Instituto Municipal de Deportes, o nadie ha aclarado por qué una de las primeras imputadas en el “Caso Puerto” es hoy Senadora, más complicado de engañar a los pérfidos extranjeros es.

            Para todo esto y mucho más da un verano de holganza y pitanza.



Etiquetas:   Libros   ·   Juegos Olímpicos

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