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Epístolas a Nemo III


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13/09/2013

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Hoy, cuando he salido de casa, había mucho tráfico. Ante los semáforos de varias avenidas se agolpaba una enorme cantidad de coches. Cuando los semáforos, alternativamente, se ponían en verde, no conseguían pasar todos los vehículos que esperaban; algunos se quedaban en el centro de la calle, colapsados, impidiendo el paso de los que, en ese momento, salían de las otras calles o avenidas. Los conductores se ponían nerviosos, y amenizaban a la soñolienta ciudad con violentos toques de claxon. A pesar de carecer de una batuta, había cierta armonía en esos enfados matinales, que provenían de diversos lugares y eran expresados de diversa forma. No obstante, los fabricantes de coches, previendo estas situaciones, podían hacer que el toque de la bocina fuera, en unos coches, unas notas de la 5ª sinfonía de Beethoven; en otros, unas de cualquier cuarteto de Hydn; en los más atrevidos, Bach, Tocata y fuga; en otros, las campanas y los cañonazos de la Obertura de 1812... Y así, de esta forma, la ciudad se podría transformar en algo alegre y divertido. Además, si es cierto aquello de que la música amansa a las fieras, tal vez consiguieran, los fabricantes de coches, un doble objetivo: amenizar a los viandantes y tranquilizar a los conductores. Quizás, así, fuéramos todos un poco menos desgraciados.

No hay vez que hable de música, aunque sea indirectamente, que no me acuerde de un “descubrimiento” que hice de joven. No recuerdo en qué obra dice don Miguel de Cervantes que donde hay música no puede haber nada malo. La frase me gustó porque, en aquel momento, me estaba iniciando yo en esto de oír música clásica; y no me apetecía mucho ser malo. No obstante, descubrí, poco después, a través del cine, que los generales nazis alemanes eran grandes aficionados a la música, y enormemente crueles. ¿Era esto cierto, lo de la afición musical, o es una imagen distorsionada que ha creado el cine? Si es cierto, don Miguel se equivocaba. Y yo no quería que se equivocase: necesitaba algo o a alguien a quien aferrarme. Un día, no obstante, me sucedió una cosa que me dio la impresión de ser un capítulo de una novela de Cervantes, y una explicación típicamente suya. No está exenta de cierta gracia, aunque sea una gracia un tanto agridulce.

Cuando yo era joven, in illo tempore, teníamos clase de religión creo recordar que hasta llegar a la Universidad. La asignatura siempre la impartía un cura. No me acuerdo si fue en 5º o en 6º de bachiller, entre los dieciséis y los diecisiete años, cuando tuve de profesor a un cura que, y fue una pesadez, un castigo, estaba obsesionado con Freud y el sexo. Un lunes, recuerdo que era lunes, estaba especialmente enfadado. Sin duda debió de haber tenido problemas con alguno de los grupos precedentes al que estaba yo. Algún compañero de otra clase le había dicho algo de las incipientes discotecas de aquellos años, de las mujeres y del baile. Y allí fue Troya: despotricó el cura contra todo y contra todos; nos amenazó con el fuego del infierno y no sé con cuántas cosas más Y respiró tranquilo, al fin, como quien expulsa un tumor, tras soltarnos la famosa comparación que, a mí, una vez más, me llevó a recordar a don Miguel.

-¡Vamos a ver!-dijo lanzando una gran voz en medio de una clase tan silenciosa como expectante y asustada- ¡Vamos a ver si nos aclaramos! ¿De modo que vosotros consideráis que el baile no es nada malo, una infamia? ¡Pues estáis equivocados! -clamó descargando un fuerte puñetazo sobre la mesa-. ¡Muy equivocados!

Hasta ese momento nadie de mi clase había dicho nada sobre ningún baile ni, menos todavía, sobre ninguna mujer. En aquella bendita época en las aulas estábamos separados por sexos. Oyéndolo, todos los muchachos nos quedamos estupefactos. Seguramente, y como he dicho, venía caliente de la otra clase.

-¡Pues estáis equivocados! -volvió a repetir-. ¡El baile es la antesala de la prostitución! -tronó.

Esa frase se me quedó grabada a fuego. Cómo me gustó. Y cuántas veces la he recordado: “el baile es la antesala de la prostitución”. Preciosa. Pero no iba a quedar el enfado del cura aquí. Siguió el padre con un ejemplo que me trajo a la memoria a don Miguel. A veces he pensado que el enfado de aquel hombre, con su impecable sotana negra, de aquel lunes, fue una broma que Cervantes me gastó a mí.

-Porque vamos a ver -prosiguió-. Si vosotros entráis a una sala donde hay música; y alguien, con música de fondo, os quita la cartera, eso ¿es un robo o no es un robo?

Nadie dijo nada. Pero el profesor volvió a repetir la pregunta, subiendo de tono, y exigiendo una respuesta inmediata. De mala gana le reconocimos que sí, que era un robo hubiera música o no hubiera música.

-¡Pues de la misma forma -atronó- si os acercáis a una mujer, y os restregáis contra ella, aunque haya música, es pecado! ¡Sí, es pecado, con música y sin música es pecado restregarse contra una mujer!

Me encantaban las palabras que utilizaba aquel cura. “Restregándose”, “restregarse contra una mujer”. Para mí, y hasta el momento, aquel verbo había tenido siempre un matiz de aseo y limpieza. Más de una vez, de pequeño, me habían dicho que me restregara bien las orejas, o había recibido la orden de restregar bien el plato o el tenedor que estaba limpiando. Mira por dónde estaba ampliando vocabulario, y las cosas más inocentes iban tomando un cariz un tanto divertido. Y es que siempre, en todas las cosas, hay su lado bueno.

Bromas aparte, lo siento por usted y por mí, don Miguel. Pero donde hay música, también puede haber cosas malas y pecado. Y tal vez hasta donde hay un estropajo. Acuérdese usted, por otra parte, del baile en el patio de Monipodio. Bien es cierto que es un baile honesto del que no hay más que decir, pero qué gente baila.

Aquel famoso lunes, y ante el enfado del cura, ni nos atrevimos a respirar. Pero no ha habido vez, liberado de sus clases, que no me acuerde de él, y me ría, o, al menos, sonría. Está claro que la obsesión nos lleva a decir muchas sandeces. Y las bestias negras de aquel hombre eran Freud y el sexo. Por lo demás era una buena persona, aunque tenía una ideas un tanto raritas.

Fue precisamente aquel año, y con esto quiero rendir un sentido homenaje a todos mis profesores, cuando me inicié en la música clásica. En mi casa la situación estaba tan mal que no teníamos ni radio. Yo no oía música, por lo tanto. Ni nada. Una mañana, no obstante, la profesora de Historia del Arte nos dijo, habíamos llegado al capítulo dedicado a la música romántica, que los que quisiéramos podíamos asistir a una clase especial: se impartiría de ocho a nueve de la mañana, y en ella nos íbamos a dedicar a oír música. Yo asistí, por supuesto. Nos puso a Bach, Tocata y fuga, y no recuerdo que más cosas. Aquella clase se alargó durante un par de semanas, hasta que ella y yo nos convertimos en los únicos asistentes. Sentí en el alma no continuar con las audiciones, pues si bien lo del cura no me acababa de convencer sí que lo hacían las explicaciones de mi profesora de Arte. Fue una pena no seguir las audiciones durante más tiempo. No obstante, poco después mis padres compraron una radio, y yo pude sintonizar emisoras donde se retransmitía música clásica. Y así, poco a poco, me creció esta pasión, o esta afición, llámala como quieras.

Y ella está siendo mi salvación. Ahora, y al contrario que en mi juventud, tengo la casa llena de aparatos para oír música: MP4, ordenador, televisión, lector de Cds, el antiguo tocadiscos, etc. Y discos; tengo bastantes discos, así que ahora soy yo quien selecciona lo que oigo. No sé si esto es una ventaja, o un prejuicio, pues cuando me obsesiono por un cuarteto, o por un autor, ya no hay más que ese cuarteto o ese autor. Hasta el aburrimiento.

Pasados los años, le doy la razón a don Miguel de Cervantes: donde hay música no hay nada malo, o no puede haberlo. Ahora bien, habría que medir en qué intensidad nos llega la música a cada uno de nosotros, y qué supone para nosotros. Para unos es adorno, abalorios, afeites; y para otros, como los libros, algo vital, algo capaz de hacernos mejores.

Detenidos ante un semáforo, esta mañana, había dos autocares. Uno detrás del otro. Y una señora le estaba explicando a una su amiga, por encima de la sinfonía de los bocinazos, que aquello, el colapso de tráfico, era debido a que ya habían comenzado las clases, y que los autobuses escolares estaban impidiendo la fluidez de los utilitarios, más pequeños y mañositos que esos trastos. No había caído en la cuenta del principio de curso. Qué felicidad esto de estar jubilado. Paseando por la ciudad, en busca de un buen parque, he recordado a mis viejos compañeros, que todavía están en activo.

Antes, por estas fechas, a principio de curso, siempre nos traían a alguien para que nos adoctrinara. Nos daban unas charlas insufribles. Siendo yo profesor jamás llegó nadie al centro con un poco de humildad o algo de sentido común o crítico. Por regla general, aquellas personas daban unas conferencias, larguísimas, llenas de orgullo, de dominio y sabiduría, y de buen hacer. Nosotros, ya con cierta práctica, los oíamos como quien oye llover. Pues una cosa es explicar cómo se siega y otra, muy distinta, coger la hoz y deslomarse por entre el trigo y las amapolas. Recuerdo que en una de aquellas charlas, o cursos intensivos de un día, el charlatán de turno comenzó a decirnos que preparáramos las clases con las músicas que les gustan a los chavales. Yo me fui; no necesité oír más. A este paso, los alumnos van a salir de los colegios sin saber quién es Cervantes porque les pilla muy lejos, y sin haber oído a Beethoven porque es un rollo. Sí, se está perdiendo, si es que no se ha perdido ya del todo, la cultura del esfuerzo. Y, efectivamente, como dijo algún periodista, es muy fácil oír a cualquier cantante, o “músico” actual. Ahora bien, oír a Mozart o a Max Bruch ya es otro cantar. No digo que las clases no tengan que ser lúdicas. Por supuesto que sí; pero jamás renunciando a enseñar. Téngase en cuenta que en Roma la escuela era el ludus, juego, nombre que, al parecer, le pusieron los romanos para engañar a los niños, para hacerles creer que allí se iban a divertir mucho. Las escuelas en Roma eran como eran; y en mi infancia y juventud también; pero siempre, imagino, habría algo que salvaría a la escuela, algo como aquellas clases donde nos enseñaron a oír música clásica, y muchas otras, muchísimas otras cosas que, ahora, en la vejez, a altas horas de la noche, me vienen a la mente cargadas de melancolía. Sí, a veces añoro las aulas, pero no como profesor sino como alumno. No, no es buscar la juventud perdida, querido Nemo; es que soy feliz en un aula, tanto como lo soy en un biblioteca silenciosa. Tanto es así que me he vuelto a matricular en la facultad. Me gustaría aprender paleografía. Para aprender a tocar un instrumento considero que ya soy un poco mayor, pero no lo descarto... Una vez, tendría yo cinco o seis años, los Reyes Magos me trajeron un xilófono de juguete. Aquel sonido se me quedó grabado a sangre y fuego, como el de las campanas de mi pueblo y el del martillo al golpear el yunque del herrero. Sería maravilloso sacarle sonidos armónicos a un xilófono. Ya te digo: no lo descarto.









Etiquetas:   Educación   ·   Música   ·   Charlas

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