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estilo casi abstracto de sus pinturas y sus experimentos sobre los
cambios de luz a lo largo del dia, convierten a Monet en un evidente
predecesor del Arte del siglo XX.
Texto de Sandra Cerro-Grafóloga/ Perfiles de la Historia
Claude Monet fue un galán del siglo XIX, un donjuán con mucho talento que, además, sabía venderse como nadie.
Su gran amigo y compañero Pierre Auguste Renoir,
contaba de él que no tenía nada que llevarse a la boca, y le salían
telarañas en los bolsillos, pero no por ello dejaba de ajustarse los
encajes de los puños y enderezarse el cuello de la camisa, con la
altivez propia de un aristócrata.
Fue su cuadro “Impresión, sol naciente” el que dió nombre al grupo de los Impresionistas, en
1872, una época en la que sus obras fueron motivo de chanza y de mofas,
por romper la creatividad de aquellos jóvenes con la rigidez de las
academias clásicas. Pero, pese a todo, nada había que amilanase al joven
Monet…
“Dicen que no les gustan mis
cuadros porque ‘no se ve nada’, y se ríen de mis ‘brumas’, ¡pues bien,
ahora sí que van a tener ‘brumas’! ¡voy a pintar trenes, humo, humo por
todas partes! ¡voy a pintar la estación de Saint-Lazare!”
“(…) Obtuvo cuanto quiso. Pararon los trenes. Vaciaron los
andenes, atiborraron las locomotoras de carbón para que escupieran
cuanto humo le conviniera al señor Monet. Éste se afincó en la estación
como un tirano, pintó, entre el recogimiento general, durante días
enteros y por fin se fue con media docena larga de cuadros, mientras
todo el personal, con el director a la cabeza, le hacían hondas
reverencias” (“Renoir, mi padre”, Jean Renoir)Siempre estaba debiendo dinero a su sastre y, cada vez que éste le recordaba sus deudas, él decía solemne;
“No insista, por favor, no insista, o me veré obligado a retirarle mi clientela”.
El sastre, pese a todo, estaba
encantado de trabajar para un hombre “tal elegante” como él. Se ve que
no había quien ganase a Monet en autoestima, ni en actitud positiva ante la vida. Ni siquiera el ya entonces reconocido maestro Manet pudo aplacar la entusiasta autoestima de Claude Monet.
En una de las exposiciones de los
jóvenes principiantes, montó en cólera pensando que algún incauto le
había falsificado el apellido y no paró hasta localizarlo.
Así fue como Manet conoció a Monet, y no tardaron en hacerse amigos, formando ambos parte de un irrepetible grupo de genios de la pintura: Renoir, Sisley, Degas, Berthe Morisot, Marie Cassatt, Caillebotte, Bazille, Pisarro y Cezanne.
PERFIL GRAFOLÓGICO DE MONET
Entusiasta como pocos, Claude Monet,
muestra su arranque pasional también en su escritura. Curiosamente, ha
sido un artista que ha dado no pocos quebraderos de cabeza a lo expertos
en arte, ya que no siempre firmaba sus obras y, cuando lo hacía,
cambiaba con facilidad la estética de su firma. Y llama también la
atención comparar la sencillez intimista de las firmas de sus cuadros,
con la inquieta, espontánea y socialmente generosa escritura de sus
cartas. Aquí tenemos una muestra de ella, que se cree fechada hacia
1884:
Las letras volcadas a la
derecha, fieles al modelo caligráfico de la época, son una invitación a
la acción, a la convicción en las propias ideas a la fijación de retos y
a dar pasos de gigante hasta conseguirlos.
La escritura de Monet nos habla de
ideas fijas, ceguera por el logro de los propios sueños unida a una
extraordinaria y persistente curiosidad por descubrir los secretos del
mundo.
De creatividad va sobrado, y tampoco
le falta determinación, y quizás fuese en este coctail donde residiese
esa máscara social de engreimiento y chulería, que dejaba pasmados a sus
compañeros, cuando la realidad del artista residía en un ego refugiado
mucho más adentro, en un valioso mundo interior pleno de sensibilidad,
cautela y moderada introversión.
Y este es el Monet que firma los
cuadros, el artista que se cobija con su pequeña firma de mayúsculas
apocadas, en una discreta esquina de la obra:
Debió ser un caballero
astuto, de afilados ojos e ingenio, y también de afilada lengua,
inteligente y mordaz. Tal vez esa lucha entre el íntimo recogimiento y
su aparente altanería, hiciera tambalear su autoestima y no fuese capaz
de encajar demasiado bien las críticas. Y de ahí también su afán de
“venganza creativa”, fruto del resentimiento del genio incomprendido,
que se ha visto en el relato de la estación de Saint-Lazare.
Afortunadamente, a él y a sus compañeros, el tiempo y la historia han
acabado por darles la razón. Algunos más comprendidos y valorados que
otros; otros, más tarde que pronto, y no pudieron relamer en vida las
mieles del éxito.
Durante sus últimos años de vida, Monet estuvo aquejado de cataratas en los ojos,
a lo que se sumó una profunda depresión tras la muerte de su segunda
esposa, Alice. Este estado se deja ver claramente en las grafías de sus
últimas cartas. Pero, a pesar de todo, el abuelo Monet no pierde su
carácter incisivo, ni su afán por percibir los detalles y explorar lo
profundo, más allá de la realidad meramente tangible.
Marc Chagall dijo de él que era “el Miguel Ángel de nuestra época”, y su colega André Masson calificó los grandes lienzos de nenúfares como “la Capilla Sixtina del Impresionismo”.
Pero pese a estas nobles opiniones, Claude Monet pasó la mayor parte de su vida sumido en la pobreza,
viviendo de fianzas que le prestaban sus compañeros, y de la confianza
en sus obras que tenía el marchante de los Impresionistas, Paul Durand-Ruel, que compró muchos de sus cuadros, y los de otros artistas, por entonces, rechazados por los críticos de arte más puristas.
En esta
carta, fechada en abril de 1924, se aprecia un trazo doliente, exento de
espontaneidad, pero igualmente cuidado y potente, ganado por un intento
de mantener el ánimo y las fuerzas, en un renglón apenas sostenido,
pero con una firma firme y digna, propia de un caballero que, ante la
adversidad, se ajusta y arregla los cuellos de encaje.
Apenas un siglo después de su
muerte, uno de sus cuadros alcanzó los cincuenta y un millones de euros
en una subasta en Christie´s, en el año 2008.
Así, el más auténtico de los Impresionistas, ganaba la batalla, tantas veces perdida, a la historia del Arte con mayúsculas.
Sandra Mª Cerro
www.sandracerro.com