..., pero estaba equivocado.
Aprovechando los meses de estío, tal vez por eso de que en verano la gente está
más despreocupada y ociosa, el Fondo Monetario Internacional –ese organismo
viral que es para la economía tan nocivo como el ébola para el cuerpo humano-
aconsejaba recortar los sueldos a los españoles un 10%. En esa misma línea, tan
propia del progreso, Olli Rehn, el
vicepresidente económico de la Comisión Europea –otro organismo viral- defendía
esos recortes salariales propuestos para España por el Fondo regentado
por Christine Lagarde. La intención, según estos expertos que han hundido la
economía del mundo para luego convertirse en salvadores, es producir lo que se
llama una “devaluación interna”, con la pretensión de que los productos tengan
menos costes y ser así más competitivos. Y lo dicen precisamente ellos, una
señora que nada más tomar posesión de su cargo se subió el sueldo un 11% y que
cobra cerca de 30.000 euros al mes libres de impuestos y un caballero cuyo
sueldo es de 24.000 euros mensuales, muy por encima del sueldo anual –repito,
anual- medio de un español.
España
se está convirtiendo en uno de los países más miserables del mundo. Miserable
económica y moralmente. En estos últimos años, el sueldo medio de un trabajador
ha pasado de los 1000 a los 800 euros mensuales, algo vergonzoso para lo que se
supone es un país desarrollado. Un 10% menos de salario supondría dejarlo en
unos 720 euros, un sueldo que no llega a ser ni el salario mínimo
interprofesional de la gran mayoría de los países europeos. Por si esto fuera
poco, nuestro país cuenta con unos impuestos elevadísimos, un precio de la
electricidad insoportable, un precio de la vivienda escandaloso, un precio de
telefonía móvil insufrible y un precio de la gasolina prohibitivo. Es decir, en
España somos Europa en cuanto a los precios y a los impuestos y somos África en
cuanto a los sueldos. Y, a pesar de estos datos, todos los organismos internacionales
aplauden la mejora macroeconómica del país. Sin embargo, solucionar los
problemas dejando morir a los ancianos o fomentando el esclavismo o dejando que
las empresas se lucren a costa del sacrificio ajeno, es relativamente sencillo.
Justificar unas medidas tan duras como las que estamos sufriendo los españoles
-cobrando sueldos miserables y trabajando más horas de las debidas- es
terriblemente peligroso, porque con la falacia de la mejora de un país corremos
el riesgo de justificar en un futuro las 10 horas diarias laborables, la
eliminación de la sanidad pública, la eliminación de la educación pública, la erradicación
de las pensiones y, más adelante, el trabajo a cambio de la comida, la
utilización de menores para ciertos trabajos o la captura de negros en África
para venderlos en la Plaza de Cibeles al mejor postor. Sin embargo, si nos
ponemos a recuperar medidas de siglos pasados, yo sin duda ninguna me quedo con
1789. Seguro que la economía de los ciudadanos iría mucho mejor.
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