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Las becas con Franco exigían esfuerzo


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04/09/2013


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 Yo fui becario con Franco. En aquellos tiempos del franquismo también fueron becarios miles y miles de estudiantes hijos de trabajadores con escasos recursos económicos. Gracias a esas becas y a los esfuerzos personales, muchos jóvenes consiguieron titulaciones académicas que les garantizaron su futuro. Incluso muchos de aquellos becarios, casi una gran nube, están hoy bien enrollados en política, de todos los colores y siglas, chupando de la mamandurria fácil. Por eso no entiendo los alborotos interesados que se vienen últimamente agitando en torno al tema de las becas,  promovidos por sectores e individuos que reivindican el mínimo esfuerzo para optar a este tipo de ayudas para estudiantes.


El beneficio de las becas no es una nueva modalidad introducida en la sociedad con la democracia. Precisamente las becas a las personas y familias con escasos recursos económicos, fueron implantadas en la dictadura de Franco. Pero entonces las cosas eran bastante distintas. Los beneficios becarios y su renovación había que ganarlos curso a curso, o sea, con la cultura del esfuerzo del notable.

Me causa perplejidad y pena cuando escucho la demanda de 5,5 puntos para tener derecho a beca. Con ese parámetro de mínimos el proceso se instala en el objetivo de  “becas a la vagancia”. Y es que, realmente, el estudiante que no consigue el aprobado medio durante el curso, que tan solo requiere una ripia de esfuerzo, significa que lo del estudio no es lo suyo, por lo que le será más beneficioso abandonar las aulas y optar por otras ofertas profesionales.

En mi época de estudiante las becas había que sudarlas. Aclaro que, cuando dediqué el tiempo a la contemplación del vuelo de las moscas en el aula por el estudio, mi beca se esfumó. Para optar a su beneficio, además del factor económico de la familia del solicitante, era obligatorio sacar una nota media de siete puntos. Sólo así, con un notable de  media, se tenía derecho a renovar la beca el próximo curso. Si tras los exámenes de setiembre no llegabas a la nota, la beca desaparecía con y sin pancartas. Las cosas funcionaban así, y fueron miles los estudiantes que gracias a estas ayudas y al esfuerzo personal consiguieron titulaciones y diplomaturas medias y superiores.

De forma paralela a los estudios universitarios, numerosas empresas contaban en sus instalaciones con las denominadas ‘Escuelas de Aprendices’, establecidas para formar a los jóvenes en las distintas materias profesionales de la propia empresa. Estas escuelas ofrecían la ventaja de garantizar a los alumnos, en la mayoría de los casos, que al finalizar el ciclo formativo de tres años pasaban a formar parte de la plantilla de la empresa. 

Como alternativa a los estudios superiores universitarios, en 1955 se crearon las  ‘Universidades Laborales’, distribuidas por distintas regiones y provincias. En estos centros universitarios se formaban jóvenes con vocaciones profesionales cuyos niveles de enseñanza garantizaban, entre diversas titulaciones, la de Maestría Industrial. A estas Universidades  Laborales, dotadas con  instalaciones de residencia para los jóvenes, tenían acceso los hijos de los trabajadores de forma gratuita.  Fueron clausuradas en 1981 por el Gobierno de Felipe González en su primera legislatura.  

Es totalmente absurdo que por el único hecho de oponerse a la nueva y necesaria reforma educativa impulsada por el ministro José Ignacio Wert, se estén jaleando propuestas, entre otras, como la del mínimo esfuerzo para conseguir becarios de la vagancia.

 En los planes de estudios anteriores, desde las aulas básicas hasta las universitarias, la calidad de enseñanza era superior a la actual, tanto en materias formativas, como culturales y educativas. Destacaban también los modos educativos en valores, en la ética y en el respeto.







Etiquetas:   Ciudadanía   ·   Cultura

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