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Chile: Autocrítica, la tarea inconclusa


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01/09/2013


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Seamos francos, a nadie le resulta fácil reconocer sus propios errores. La palabra “Autocrítica” parece haber quedado olvidada en vetustos diccionarios. En ellos se la define como “el conjunto de opiniones emitidas por parte de un partido político o uno de sus miembros con respecto a su propia ideología  y comportamiento político”. Una definición que se puede aplicar a los individuos o a la ciudadanía toda. Una catarsis que permitiría desnudar las palabras de connotaciones artificiales o interesadas, para darles un sentido genuino de comunicación sincera.


Creo que aprecié la fuerza de la autocrítica en oportunidad de una visita a Polonia, en 1971, al campo de concentración de Auschwitz. Allí, remecido por ese testimonio de horror, tuve oportunidad de conversar con jóvenes de Alemania Federal que realizaban trabajos voluntarios de mantenimiento del campo. Su intención era mantener viva la memoria de su pueblo y de la humanidad, para que nunca más se incurriera en una doctrina de muerte, el nazismo.



Practicar la autocrítica significa alcanzar niveles de madurez política y social, porque es la instancia íntima para reconocer errores, apreciar, pese a las diferencias, los méritos de los adversarios. Encontrar espacios reales para la aceptación recíproca, invocando principios racionales para resolver los conflictos de intereses. Reconocer que nadie debe arrogarse verdades absolutas y que nuestros derechos terminan donde comienzan los de los demás.



En el Plebiscito del 5 de Octubre de 1988, Chile mostró su capacidad cívica para resolver con cordura y coraje el problema de transición de la dictadura a la democracia. Sin embargo, quedó pendiente una dura autocrítica nacional, que permitiera desterrar los mesianismos, dando paso a una convivencia de menor perfil ideológico, basada en acuerdos políticos y sociales. Ha quedado pendiente y pesa fuertemente en la historia presente, la revisión de la historia de los últimos 50 años para refundar un proyecto de país donde quepamos todos. Es necesario un nuevo lenguaje político, diferente al farandulero y superficial que los partidos han usado en los dos últimos decenios y que ha generado una profunda crisis de credibilidad en esa clase política.



Un alto porcentaje del electorado es hoy una gran incógnita porque nació y creció en esta democracia cínica e imperfecta. De su comportamiento cívico pende el  futuro de Chile, si el desencanto se hace proyecto responsable, o se traduce en resignación, abulia y más de lo mismo. Pienso que la conmemoración del 11 de septiembre de 1973, 40 años después, ha servido para destapar heridas no cicatrizadas; pero el tratamiento de los temas se ha vuelto nuevamente maniqueo, con manipulación de la historia, negando complicidades, deslealtades y traiciones, heroísmos y coraje, que se dieron en ambos bandos en conflicto. Es que mediáticamente la sociedad ha convertido la conmemoración de septiembre 2013 en un producto más, detrás del cual ha habido testimonios, espacios con retazos de verdad, pero siempre manipulados por la estrategia del sistema en orden a manipular la información a conveniencia de alguien. Eso no ha sido autocrítica ni mucho menos.



Hay quienes proyectan en sus discursos políticos sus justificaciones. 50 años con decodificación de los documentos del  gobierno norteamericano, ha venido develando la historia oculta, mostrando los hitos de la felonía, el complot articulado vía Nixon-Kissinger y los políticos chilenos reclutados y pagados por la CIA en Chile. La intervención política de ultra derecha que quiso frenar la experiencia de la Unidad Popular y la de fuerzas de ultra izquierda que desde dentro rompían con su indisciplina y voluntarismo revolucionario, la necesaria unidad de dirección que debía ejercer el Presidente Allende. Chile se desestabilizó a dos bandas, por las redes golpistas y por las propias fuerzas de la coalición de gobierno. Así se fueron socavando los cimientos de la democracia. Hasta que se produjo lo planificado por el Pentágono en medio de la guerra fría: la caída del único régimen socialista que había llegado al poder constitucionalmente por la vía del sufragio.



Hoy nos sigue penando la falta de autocrítica sincera. Para los más jóvenes los episodios de 40 años atrás son leyenda o textos de historia, como los asesinatos de Manuel Rodríguez y los hermanos Carrera, como la revolución que derrocó a Balmaceda, como la masacre de la Escuela Santa María de Iquique, hechos vergonzosos, repudiables, pero tan distantes que no alcanzan a sentirse en su humana dimensión.  

Mirar el futuro con unidad nacional, habría requerido realizar esa autocrítica oportunamente, la de los militares, la de los políticos que propiciaron y aplaudieron el golpe, la de los civiles que profitaron de la dictadura y los jueces que hicieron vista gorda ante los crímenes, la de esos partidos de la Unidad Popular, que jugaron dogmática e irresponsablemente a la agudización de las contradicciones. Hay mucha verdad pendiente y no será este año ni los próximos, ocasión de hacerla. Primará más el cálculo político, el marketing. Las familias de los desaparecidos no encontrarán verdad, los manejos turbios e ilícitos de las reparaciones tampoco.



Por encima de la ética, lamentablemente, estará el pragmatismo político, salvo que Chile reaccione de corazón en noviembre y abra avenidas nuevas a una generación distinta, que sin lastres, afronte con sinceridad la construcción de un país dolorido, en rumbo a un reencuentro que sea en un nuevo escenario institucional, en justicia social, regionalismo y democracia profunda.





Periodismo Independiente, 1 de septiembre de 2013.  @hnarbona en Twitter.





Etiquetas:   Política   ·   Democracia   ·   Sociedad   ·   Golpe de Estado   ·   Dictadura   ·   Salvador Allende

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