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Epístolas a Nemo I


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31/08/2013

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Me hubiera gustado saber cómo se ponían las fechas en latín para estampar aquí si hoy son las kalendas, las nonas, o las tercias, aunque me parece que esta última acepción no tiene nada que ver con las fechas y sí con las horas. Nunca conseguí aprenderlo, o bien porque no me lo explicaron con la suficiente claridad, o bien porque hay ciertas cosas que no logro penetrar: necesito que me lo expliquen mediante ejemplos: reconozco que no tengo una mente muy preclara para las abstracciones.


Quizás esta sea una de las razones por las que siempre he defendido que no se puede estudiar nada, sea música, pintura, historia, filosofía o literatura, sin tener en cuenta el contexto en el que nació la obra. Pues, de lo contrario, corremos el riesgo de juzgar épocas pretéritas con las concepciones actuales, lo cual supone no entender absolutamente nada. También es muy interesante comparar las propias concepciones con las de otras personas o comunidades. Más que nada para ir descubriendo que, en esta vida, todo, o casi todo, es bastante relativo.

Es por eso por lo que siempre he lamentado que en escuelas e institutos no se dieran, ni se den, a conocer, mediante representaciones, las grandes tragedias griegas, pues nadie mejor que ellas ponen de manifiesto que nadie está, total y completamente, en poder de la verdad. Siempre me ha gustado mucho, al respecto, el diálogo que Hemón sostiene con su padre, el rey Creonte, en Antígona, cuando el pobre muchacho trata de salvar a esta, su novia, de la pena de muerte impuesta por su padre, el rey. Parte del razonamiento de Hemón, por cierto, es una fábula de Esopo, la titulada La caña y el olivo. Hemón viene a decirle a su padre lo que la caña le dice al olivo: soy aparentemente débil, arguye la caña; pero cuando vienen las grandes riadas, me agacho, las dejo pasar, y luego me reincorporo, y sigo con mi vida, mientras que tú prestas tanta resistencia a las avalanchas que terminas siendo arrastrado por ellas. A veces, desde luego, es mejor ceder. Creonte no lo hace, y desencadena la tragedia.

Como muchos de mis compañeros de clase, llegué a las fábulas de Esopo de la mano de las de Iriarte. Tras un paso intermedio: Calila e Dimna, el gran y maravilloso libro mandado traducir por el rey Alfonso X el Sabio. El libro, pese a leerlo en una edad temprana, me encantó. Ahora bien, lo que más me impresionó de él fue el darme cuenta de que muchos de aquellos ejemplos, cuentos o anécdotas, los conocía, formaban parte de mí desde mi más tierna infancia. Y así, gracias a ese libro traído de la India, cuando España ni existía, recuperé yo, cerca de 1.700 años después, parte de mi infancia. Cuando por ejemplo leí el exemplum Del galápago et del ximio, recordé noches y noches en casa de mi tíos. Era tradición, entonces, sentarnos a cenar con la radio puesta. Mi primo y yo debíamos guardar silencio en tanto se retransmitían noticias sobre el fútbol. Y luego seguíamos callados porque leían cuentos. Durante varias noches seguidas oí aquel famoso del mono titiritero, el más listo del mundo entero. La historia es bien sabida: el mono se queda sin plátanos, y el galápago se ofrece o llevarlo en su concha; cruzan, de esta forma, el río, para llegar a una tierra donde abundan. A mitad de navegación, el galápago le pide al mono su corazón, o su hígado, para sanar a su mujer, enferma. El mono se maldice por haberse fiado del galápago, pues allí, en medio del río, depende enteramente de él; le contesta, en consecuencia, que sí, que se lo dará; ahora bien, lo tiene que llevar de regreso a su tierra, ya que se lo ha dejado colgado en el árbol donde habitaba. El galápago accede; y el mono, a salvo en su platanero, queda como el más listo y avispado de los dos.

Siempre he pensado que la maldad, con un buen toque de inteligencia, puede ser algo terrible. Aunque a veces a la maldad, con el poder, no le hace falta la inteligencia. El poder implica, como vemos una y otra vez, corrupción y sobornos. Si el galápago lo hubiera tenido, hubiese hecho serrar el árbol donde estaba el mono; y tal vez hasta le hubiera puesto una florida demanda por no dejarse matar en un primer momento. Sobran los comentarios.

Recuerdo oscuramente cuáles fueron los motivos que me llevaron a leer Calila e Dimna. Excesivamente preocupado por mis actuaciones, y por mi forma de ser, buscaba modelos a seguir para que todo en la vida me fuera bien y fuese feliz. Pequeños ideales, ingenuos, que casi todos hemos tenido en algún momento de debilidad. Leí el libro mandado traducir por Alfonso X como quien lee un manual de buena conducta. Y la frustración, el considerar que todo aquello era un trabajo en vano, no tardó en surgir, pues lo mismo unas veces, en el dichoso libro, se recomendaba ser astuto que inocente, paciente que raudo... Me dio tanta rabia aquella ambigüedad, aquel considerar todos los puntos de vista sin decirme nunca en cuál me encontraba yo, que apunto estuve de acabar con el libro. Aun así hubo un mensaje que me quedó claro, y en el cual no había ninguna excepción, ninguna ambigüedad de ninguna clase: siempre que alguien quiere engañar a alguien lo halaga, lo alaba, y le canta todas sus excelencias: el incienso adormece más que cualquiera de las más potentes drogas. Interioricé aquello de tal forma que, en las poquísimas ocasiones que en esta vida se me ha alabado, ha surgido siempre el recuerdo de Calila e Dimna, he sonreído y no he hecho caso de nada de cuanto me han dicho. Nunca he cantado, y no hay día que no me mire los pies.

También en Esopo hay fábulas que ya están contenidas en Calila. Baste con recordar la de El león, la zorra y la cierva, que en Calila corresponde a El asno sin coraçón y sin orejas. La historia es la misma: un rey está enfermo, y necesita que el resto de los animales vea que todavía es capaz de proporcionarse alimento en tanto que, ese mismo alimento, le sirve de medicina. La zorra será la encargada de ponerlo a su alcance. Para ello engaña o bien a una cierva, Esopo, o bien a un asno, Calila. En ambos casos el rey falla en su primer intento de matar a la presa; y hay que volver a convencer al animal para que vaya a donde el rey lo pueda acabar con facilidad. El animal, por dos veces halagado, cae de nuevo en la trampa. Cuando el rey, tras su baño, busca el corazón del asno para comérselo y curarse, la astuta zorra, que ya se lo ha comido, le advierte que no lo busque, pues es imposible que lo tenga un animal que, por dos veces, se ha dejado engañar con parecidos argumentos.

Tanto las Fábulas como Calila e Dimna son libros que podríamos denominar prácticos, o, como nos decían en clase, ad usum delphini, aunque yo siempre sospeché que Esopo no sabía no lo que era un delfín, en el sentido utilizado más arriba. Está claro, no obstante, que tanto en la época de Esopo como en la de Calila, poca gente sabía leer. Ahora bien, no me cabe la menor duda de que todas esas enseñanzas, como lo hemos visto en los poquísimos ejemplos aducidos, eran patrimonio común. Seguramente desde la India, ya en época bien temprana, y de la mano de los griegos, se extendió a todo el mundo. A través de una transmisión oral, por supuesto, que luego, y poco a poco, se ha ido recogiendo en la escrita. Es muy probable que Esopo no escribiera todas las fábulas que forman su corpus, como muchos de los cuentos firmados por autores del XIX son, en realidad, cuentos folklóricos.

Lo que de joven me molestó de las Fábulas, o del Calila, me pareció, de mayor, uno de sus grandes aciertos. Ya he dicho antes que me parece un poco absurdo estudiar cualquier filosofía, literatura o lengua, sin tener en cuenta la historia. Así si algunas personas tuvieran un mínimo conocimiento del latín dejarían, tal vez, de sentirse tan orgullosos de su lengua, que no es creación propia, sino un dialecto del latín. Y muchas lenguas son más dialectos que otras, es decir están más en contacto con el latín que las generó. Y esto no supone nada, ni bueno ni malo. No menos necia es la afirmación de que la lengua es sexista. Habría que ver cómo calificamos a los romanos con la distinción de tres géneros, masculino, femenino y neutro, y qué valor tiene cada género dentro del sistema lingüístico o filosófico. Y eso por no nombrar a los verbos de los que nunca se habla. Como si la lengua sólo fueran sustantivos y géneros, que no sexos. Me parecen puras necedades. No creo que nosotros respetemos más esto o aquello, lo que se quiera, dioses, patrias, prójimos o mujeres y niños, porque para nosotros la palabra templo sea masculina, y para los romanos, neutra. Dejémoslo estar. El respeto, la consideración, la dignidad, etc., vienen generados por otras cosas, no por las categorías gramaticales.

Creo que lo único novedoso que hay en esta vida es aquello que se olvidó, y que se vuelve a descubrir. Por eso mismo pensé que, al no tener una norma de conducta fija, al no hallarla en los libros, esa búsqueda infructuosa me hizo ser un poco escéptico, pues en cualquier momento podía ser astuto o inocente, bobo o un tanto inteligente. Quiero decir que las Fábulas o Calila me proporcionaban enseñanzas muy valiosas, pero tenía que ser yo, en todo momento, quien escogiera la forma en la que debía actuar, la del león o la del ratón, la de este o la de aquel. Eso me daba una enorme libertad de acción. Y el error sería mío, como mía era también la decisión de actuar de una forma o de otra. El libre albedrío no es una invención bíblica. Algo similar me sucedió con la filosofía de Platón. Leídos los Diálogos con Sócrates, lo primero que se me imponía es que este buen señor jamás da la definición de aquello que, encarecidamente, había estado buscando. Tiene que ser el mismo lector quien de la solución, si la hay. Mientras, lo importante es la forma de razonar que Sócrates va desgranando, el no dejar ni una fisura. O intentarlo.

En un momento de mi vida, largo y farragoso, el que no hubiera soluciones, formas de actuar claras y serenas, me causó bastante desazón. La verdad es que, por eso mismo, pasé una larga temporada triste y cabizbajo. Una noche, sin embargo, aunque no era nada dado a ello, fui a cenar con unos compañeros de clase. Entre estos había uno que siempre parecía que acababa de descubrir el mundo: todo cuanto sucedía era maravilloso, novedoso, digno de admiración y de ser proclamado a los cuatro vientos. En el fondo me daba un poco de envidia. Y digo un poco porque yo hubiera dado algo por ser capaz de tener su alegría, pero, y aquí está el problema, sin renunciar a lo que yo conocía, y que él, estaba seguro de ello, ignoraba. Era mi pobre consuelo. Sea como fuere, este compañero, aquella noche, cenando al aire libre, hablando para que todo el mundo lo oyera, pues le parecía magnífico cuanto decía, se puso a disertar sobre unas novelas, ya no recuerdo de quien, en las que alababa que, el autor, siempre dejaba el final abierto para que fuera el lector quien las acabara. Habló de su ambigüedad, de unos personajes reales, que ni son buenos ni son malos... Yo empecé a acordarme de los animalitos que pueblan la Fábulas o el Calila. Por supuesto ninguno de los dos libros pueden pasar por novelas; pero que sean novelas o cuentos creo que, en este caso, es lo de menos: en ambos está planteada no la ambigüedad, sino la contemplación de una situación desde varios puntos de vista: a veces conviene ayudar al poderoso, y a veces, ayudarlo, puede costarte la vida. La solución es tuya. El libro no puede hacer más.

Nunca he tenido gracia para hablar en público con voz clara y potente. Para hacerlo hay que ser idiota, estar muy seguro de lo que se dice, o ambas cosas a la vez. No me atreví, pues, a replicarle a mi compañero, que solo guardaba silencio cuando se llevaba algo de comida a la boca. Casi todas las chicas lo admiraban. Había algo en él que era digno de envidia. Él lo sabía, y trataba de potenciar su simpatía. Pero cometió un grave error: no se supo detener a tiempo. En un momento determinado comenzó a hablar de Platón, de La república, para ser más exactos; y dijo las impertinencias del momento: que el sistema de Platón era un sistema fascista, puro nazismo y no sé cuántas tonterías más. Y ahí no me pude contener: le dije, sin levantar la voz, que se callara y que dejara de decir sandeces. Que antes de hablar uno tiene, por lo menos, que documentarse; y que La república surge en un momento muy determinado de la vida de Platón y de Atenas, que, desde luego, nada tiene que ver con la Europa de la II Guerra Mundial. ¿Por qué no tildar, de la misma forma, a la constitución de Solón como una una constitución comunista? Al fin y al cabo si nos ponemos a hacer abstracciones, Sócrates y Séneca pueden ser los voceras del cristianismo. Lo malo es que uno aceptó el suicidio y al otro lo obligaron a suicidarse. Sin olvidar la encendida defensa que hace este último de esa forma de terminar con el sufrimiento. Solución que el cristianismo no acepta, por supuesto. Sin nombrar el bisexualismo propio de estas civilizaciones. Es muy curioso que hablando de esto, también se le puede dar la vuelta a la tortilla: se dice, al respecto, que Platón anuncia, de alguna forma, al cristianismo con su idea del alma, que pervive tras la muerte, etc., etc. ¿No será que los cristianos, posteriores a Platón, le roban la idea y la elaboran de nuevo? Tal vez de no haber sido por san Agustín, por la salvación que hizo del mundo clásico, la filosofía cristiana pasaría por ser una filosofía muy original.

No, querido Nemo, no me he apartado ni un ápice del tema que he planteado al principio: hay que conocer la historia, lo que sucede en cada momento, para tener un conocimiento cabal del mismo. Por supuesto que esto ya no se hace así, ni está de moda. No hay más que ver que, en escuelas e institutos, se estudia nuestra lengua sin tener ni el más leve conocimiento del latín. ¿Es importante este estudio o conocimiento? Yo creo que sí. Te voy a contar, para terminar, una pequeña anécdota: no hace mucho, leyendo un libro sobre los poblados de la Península antes de la llegada de los romanos, leí que Viriato, como es sabido, se opuso a estos y luchó contra ellos. No todas las tribus de la Península, como puedes imaginar, estaban en contra de los romanos. Algunas, bien por el contrario, eran partidarias de Roma. Viriato, según el autor del libro, asistió a una reunión de las diversas tribus en la que trató de unificar criterios para luchar contra el Imperio. Al parecer discutieron durante horas y horas sin llegar a ningún acuerdo. Viriato, al finalizar, vino a decir que se parecían a un hombre de mediana edad que se casó con dos mujeres, una mayor y otra joven. La mayor, por la noche, le arrancaba los pelos negros que tenía e la cabeza para que pareciera más viejo; y la joven la arrancaba las canas para darle un aspecto más juvenil. Entre ambas lo dejaron pelado. No hace falta que te diga que esto es una fábula de Esopo. Ahora habría que empezar a preguntarse en qué momento empezó a escribirse la gesta de Viriato. Lo primero que leí yo, al respecto, siendo un crío, era que fue el libertador de Castilla. Te puedes reír todo cuanto quieras; pero conservo el libro. Castilla, como sabes, tiene dos acepciones: no es ni casta, como quería Góngora, es castilla; o proviene del latín, de castellum, i. neutro, y por lo tanto, en nominativo plural, castella. De donde se deduce que los castellanos tal vez tengamos algo de neutros; pero no que seamos tontos, o más que el resto de los humanos. Y, como sabes, casi todo es relativo en esta vida. Espero que hasta esta despedida lo sea. Vale.









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