. Quizás ahora asoman la patita más que nunca por las facilidades que ofrecen las redes sociales y el anonimato en que se amparan para difundir barbaridades. Se trata de elementos cobardes y descerebrados, con tics totalitarios, que satisfacen su instinto con el insulto, la amenaza y el exabrupto. Todo esto sucede con tanta frecuencia que, a veces, deja de sorprendernos.
Lo que irrita, indigna y cabrea a las personas de orden son los odios y criminales deseos de dolor y de muerte que, en este caso, han rebuznado indeseables energúmenos contra la delegada del gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes. Realmente hay que tener talento de asno para manifestar deseos de muerte a una mujer ingresada en un hospital en estado grave tras haber sufrido un serio accidente. Estas diatribas tan sólo pueden ser obra de miserables insolidarios que satisfacen su complejo con las penas ajenas, y muy especialmente si esas personas piensan de forma distinta a la del asno emisor.
Desde cualquier óptica de la razón es difícil encontrar un resquicio, por mínimo que sea, para poder justificar la miserable consideración formulada por el parlamentario de IU, amigo y admirtador de la demotiranía cubana, Gaspar Llamazares. Este animoso del totalitarismo ha actuado con vileza y mezquindad con la señora Cifuentes en el momento crítico de su angustia hospitalaria, tanto por la condición de persona de la afectada, como de política y autoridad gubernamental.Si todas las reacciones de odio y de grosera insolidaridad contra la accidentada Cristina carecen de la más mínima justificación, la proporción de vileza alcanzó el cenit con las protestas airadas protagonizadas por un puñado de supuestos profesionales sanitarios y agregados del hospital madrileño de La Paz. En sus alardes democráticos demandaron a gritos el abandono del centro de la señora Cifuentes. Entre el ruido vocinglero se escucharon mensajes con deseos de muerte para la infortunada.Es malvado y repugnante que un colectivo de profesionales de la medicina, llámense médicos, enfermeras, enfermeros, sanitarios o celadores, se reúnan de urgencia en los accesos de un hospital para exigir entre gritos, pitidos y agitaciones, de forma impúdica y miserable, la salida y la desatención del centro a una ciudadana cotizante y adscrita a la Seguridad Social. Y todo ello por el simple y legítimo hecho de pertenecer la accidentada al partido que sustenta al gobierno. Ha sido una actitud tan grotesca, ruin y miserable que jamás había ocurrido, ni tan siquiera ante el ingreso y asistencia sanitaria a criminales de ETA.Hay que suponer que cuando todo ese colectivo se concentró, unos 150 de los 7.000 trabajadores de La Paz, la mayoría de ellos tuvo necesariamente que abandonar su puesto de trabajo y, por tanto,desatender a los enfermos durante el tiempo que duró la movida. Si la justicia fuera justa, el centro hospitalario de La Paz debería de expulsar a los agitadores, tanto por el abandono del puesto de trabajo, como por pedir que se incumpla el código deontológico. Este gran acontecimiento protagonizado por un grupín de sanitarios madrileños, dada su torpeza y negativa relevancia, debería de estar ya en página destacada en el Récords de los Guinness.Afortunadamente la delegada del gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, ha superado ya la fase más grave del accidente, aunque su estado, al parecer, continúa siendo reservado.Pronta y total recuperación.