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Tanto los amó que bien podría decirse de él que al nacer traía no un
pan, sino un libro en la mano. De Marcelino Menéndez Pelayo dice su
hermano Enrique, el más cercano testigo de esta estupenda bibliofilia
congénita, que amaba a Dios sobre todas las cosas y al libro como a sí
mismo, que en cada libro veía un prójimo al que había que cuidar y
vestir con una sólida encuadernación y con más atención que a sí mismo.
Quien
con tal pasión nació no hizo otra cosa en su existencia que vivir de
los libros, con los libros y para los libros, naturalmente dentro del
ámbito de sus materias preferidas. “Vivir entre libros es y ha sido
siempre mi mayor alegría”.
Si ya antes de saber leer repetía con
prodigiosa memoria las historias que le leía su tía Perpetua en casa, en
cuanto tuvo uso de razón y aprendió las letras se dio a reunir libros y
a constituir su conjunto en biblioteca haciendo cuidadoso inventario de
ellos. En una vitrina situada junto a la puerta norte de la Biblioteca
se muestra, juntamente con las portadas de los libros, la copia de una
hoja de cuaderno en la que el niño Marcelino anotó la “Relación de
libros que han entrado en esta librería en el año 1868”, es decir,
cuando tenía 12 años. Son 20 obras en 34 volúmenes, entre los que no hay
cuentos infantiles, sino títulos serios y que indican ya claramente
cuál iba a ser la orientación futura de sus gustos.Pueden verse entre otros: “1º Bousset – Discurso sobre la Historia Universal. Dos tomos. Regalo de don Juan Pelayo. – 4º Larousse – Flores Latinae. Edición de lujo. Un tomo. Regalo de don Francisco Ganuza – 6º Fenelón. Traité de l’existence de Dieu. Un tomo regalo de Don Marcelino Menéndez. - 9º Balmes – El criterio. Un tomo. Diez reales. 15. Hermosilla. – Arte de hablar en prosa y verso. Dos tomos. Premio. 20º Catulli, Tribulli et Propertii Opera Omnia. Un tomo. Regalo de don José Posada Herrera.Desde
entonces ya no descansó su pasión bibliófila. Como se describe en las
biografías de este monstruo del saber, los pasos de su vida, desde sus
años más tempranos, llevan atado, con una suerte de séquito necesario o
connatural, el equipaje de los últimos libros adquiridos que viaja con
él, o es remitido por correo, si se trata de grandes cajas, hasta su
casa de Santander.Una curiosidad desearía el lector ver aquí
satisfecha: cómo fueron llegando los libros a manos de Menéndez Pelayo.
No es posible rastrear en todos esta peripecia, pero hay algunas
anécdotas que, como botón de muestra, pueden ilustrar la historia de la
colección. Como se ha visto, el primer inventario indica el origen de
cada libro. Hay alguno recibido como premio escolar, alguno comprado,
pero, como es natural en esta primera época abundan los de regalo,
siendo como era notorio que sus regalos preferidos tenían que ser
libros. Entre éstos está el ejemplar latino de las obras de Catulo,
Tibulo y Propercio. Aquel verano de 1868, como cuenta su hermano Enrique
en sus Memorias de uno a quien no sucedió nada, D. Tomás Agüero, amigo de la familia había llevado al niño Marcelino a
visitar al político asturiano D. José Posada Herrera, que veraneaba en
Miengo, cerca de Santander. Durante la conversación de los mayores, el
niño se había dedicado a no jugar, sino a recorrer con avaricia los
estantes de la biblioteca del ilustre personaje, y éste, al despedirle,
viendo cuál era su afición, le dijo que eligiera uno de los libros, el
que más le gustara. Eligió ése, en el que seguramente se entrenó en el
arte de la versificación latina que más tarde ejecutaría con rara
destreza.Saltando etapas por perseguir anécdotas de libros
regalados, más tarde, en 1878, a enriquecer su ya para entonces numeroso
fondo de clásicos griegos y latinos vino la notable Biblioteca Griega
de Firmin Didot que le regalaron sus amigos y admiradores de
Santander. Menéndez Pelayo acababa de ganar brillantemente la Cátedra de
Historia Crítica de Literatura Española en la Universidad Central a sus
22 años, después que por tratarse de él, se hubiese incluso reformado
la ley que no permitía presentarse a oposiciones de cátedras
universitarias a menores de 25 años, y los amigos de Santander no
encontraron mejor forma de agasajarle. La elocuente dedicatoria latina,
redactada por Amós de Escalante, quedó con las firmas de todos, para la
posterioridad en el tomo correspondiente a las obras de Homero.Con
una colección tan famosa y como gemela de ésta, la de los clásicos de
Valpy, hubiera deseado él que le obsequiaran sus paisanos más que con
las insignias de la Gran Cruz de Alfonso XII, para regalarle las cuales a
él y a Pereda se estaba haciendo una suscripción popular. “Veo con
gusto cuánto va subiendo la suscripción popular con que a Pereda y a mí
nos honran los paisanos dispersos por el mundo” – escribía a Enrique en
21 de marzo de 1903 - ¡Lástima que en vez de estas insignias, que no he
de poner jamás, no se hiciesen algún regalo parecido al de la Biblioteca
Griega! Precisamente ahora tiene Quaritch el de Londres una colección
análoga de latinos.No siempre la gente, cuando quiere agasajar a
un sabio, le pregunta ante cuáles son sus gustos. Pero él se las arregló
para “hincarle el diente” sin tardar mucho, como se deduce de lo que le
escribe Enrique el 17 de junio de aquel mismo año: “Vemos…que sigues
bien y deseando abrazarnos…así como a los clásicos latinos (…) ¡Bonito
ejemplar el de Londres!, aunque bien creo que te habrá costado uno y la yema de otro como dicen los mal hablados”.Fue
contemplando esta bella colección recién llegada, al lado de otros
libros de más modesta apariencia, cuando a su hermano Enrique, que le
instaba a comprarse ropa nueva, dijo aquella frase tan repetida: “Sí,
si, que tengo que comprarme unos zapatos, que tengo que hacerme otro
traje. ¡Bien, muy bien; y luego al lado de estos libros tan preciosos,
todos éstos sin encuadernar! Una
de las joyas de la Biblioteca es el incunable que contiene las Enneadas
de Plotino en traducción latina. Joya no sólo por ser incunable,
impreso en 1492 en Florencia por Antonio Miscomino a expensas de Lorenzo
el Magnífico como reza el colofón, sino porque es un ejemplar de 442
folios todos ellos en finísima vitela, material inconcebible en un
volumen de tal calibre a no ser que pensemos en la munificencia de
Lorenzo el Magnífico y en su propósito de regalarlo a algún personaje
insigne de la época. En el inventario de Isabel la Católica figura un
Plotino, y es prácticamente seguro que se tratara de éste, que entonces
tendría una encuadernación consonante y enjoyada, botín que sería sin
duda del ladrón, lo suficientemente ignorante después de todo para
despreciar lo que más valía. Pues bien, este soberbio infolio, de valor
hoy incalculable llegó a manos de Menéndez Pelayo de la manera más
sencilla. Un servidor del santanderino Néstor López-Dóriga, quien lo
había adquirido en una librería de viaje de Madrid, vino con él envuelto
en papel de periódico a consultar el sabio “si valía para algo”. Y como
éste lo estrechara entre sus brazos y no dejara al servidor que
regresara con él a su casa “por si se le caía”, el emisario volvió poco
después con la mejor noticia: “Mi señor tiene en gran honor regalárselo a
usted”.Obsequios de libros hubo a lo largo de su vida muchos más
principalmente de sus autores que al regalarlos los enriquecían con
elocuentes dedicatorias, sobre todo desde que la fama del sabio lo
convirtió en un honor para el donante que su libro figurara en la
Biblioteca de Menéndez Pelayo. Pero la mayor parte los compró él mismo
en librerías corrientes o de viejo o en subastas, buscando siempre lo
que le interesaba y gastando en ello todo su dinero, que por cierto
nunca fue mucho. Poco era, por supuesto, en su época de estudiante en la
Universidad de Barcelona primero y en la de Madrid después, pero ya en
esa época, como dicen las cartas a sus padres, no pocas cajas repletas
de libros viajaban frecuentemente a Santander. Cuando, terminada su
carrera con 19 años, tan temprana edad no le permitía hacer oposiciones a
una plaza de bibliotecario, que era su único anhelo, el Ayuntamiento y
la Diputación de Santander le dieron una pensión de 24.000 reales para
completar su formación en el extranjero. Buena ocasión para rebuscar por
librerías de Europa y comprar con todo el dinero que su sobriedad
ahorraba importantes colecciones, como escribía, por ejemplo, a G.
Laverde desde Roma en 28 de febrero de 1874: “He comprado aquí buen
número de libros” y como recordaría más tarde, el 30 de diciembre de
1906, cuando el pueblo de Santander le ofreció a su biblioteca un
homenaje de desagravio por no haber sido nombrado Director de la Real
Academia Española: “Esta obra de mi paciente esfuerzo…acaso no existiría
si no hubiese tenido por primer fondo los libros que comencé a reunir
por tierras extrañas cuando la protección del Ayuntamiento y de la
Diputación me proporcionó los medios de completar en otras escuelas de
Europa mi educación universitaria”.Si fueron muchos los libros que allegó en estos viajes, hubo uno que no pudo adquirir entonces. Era el famoso Antoniana Margarita del que en La Ciencia Española
afirmaría, parodiando a Escalígero, “que en más estimaría poseer un
ejemplar que ser rey de Celtiberia”. Sin embargo, en la antigua
biblioteca del convento de Jesús, entonces ya de la Academia de Ciencias
de Lisboa, tomó muchas notas y hasta un extracto de este famoso libro,
que tanto le atraía. Es una importante obra filosófica cuyo pintoresco
título se debe a que su autor quiso recordar con él los nombres de sus
padres, Antonio y Margarita. Pero no tardó en encontrar un ejemplar de
la primera y rarísima edición bellísima impresa por Guillermo de Millis
en Medina del Campo en 1554, que probablemente adquirió en mayo de 1887,
ya que en carta de 3 de ese mismo mes le daba la pista su amigo el
bibliófilo D. Fernando Fernández de Velasco, señor del palacio de
Soñares en Villacarriedo: “Su precio, dos libras y 16 chelines que
traducido al romance vale tanto como catorce durandartes, que me parece
precio razonable y hasta moderado para libro tan poco común y tan
adornado de cascabeles y campanillas como este ejemplar. Si a Vd. le
hace buen juego, pídale por telégrafo al judío Quaritch, que es dichoso
propietario de éste y otros inverosímiles libracos. Con esto queda al
propio tiempo demostrado que yo me acuerdo de V. y que V. se pasa la
vida entre las Musas del Parnaso y otras musas que yo me sé, sin dársele
una higa por todo lo demás del mundo…” Su
hermano Enrique se encargó, al regresar en 1866 de sus estudios en
Madrid, de ser el bibliotecario particular de Marcelino, de velar por
los libros durante sus estancias en Madrid y de ir haciendo el
inventario. El epistolario de los dos hermanos es una fuente constante
de noticias sobre la biblioteca y los libros. Esta es siempre la primera
preocupación de Marcelino, y Enrique le tiene al día puntualmente de
todas las incidencias o le consulta sobre la forma de hacer la
catalogación y clasificación. Estas confidencias manifiestan las
angustias de un bibliófilo por los peligros que acechan a los libros.
Ante el riesgo de la humedad que se había declarado en una parte del
edificio, Marcelino escribe a Enrique en 14 de marzo de 1893: “No me
haría gracia que fueran víctimas de ellas libros de trabajo tan
importantes como los Anales de Zurita, y preciosidades bibliográficas como la Crónica catalana de Carbonell que me costó 40 duros, cuando tenía todavía menos dinero que ahora, o Las cuatro partes de la crónica general de España de
Don Alfonso el Sabio, que me costaron 25 duros…Los que no sois
bibliófilos no comprenderéis las angustias que padece el verdadero
aficionado cuando ve mezcladas estas joyas con estos libros que el vulgo
puede comprar en cualquier librería por tres o cuatro duros”. Las
cartas nos atestiguan también que la pesquisa del bibliófilo no se daba
tregua y aprovechaba cualquier coyuntura. En Valencia “ha habido
supuesto hallazgos bibliográficos, entre ellos una rarísima novela del
siglo XVII, un tomo de entremeses desconocidos, y una Biblia judía de
Ámsterdam, de primer orden”. Nos revelan que, como un padre el nombre de
sus hijos, el sabio tenía en la memoria el de sus libros. Cuando
Enrique le dice que Dámaso Ferrer le ha enviado de México un libro raro y
le transcribe el título y el colofón, Marcelino le contesta en 29 de
mayo de 1910: “El libro que regala Dámaso es realmente raro. Le tengo,
pero se me figura que es distinta edición y más completa que ésa. Allá
veremos”. Nos confirma que las cajas de libros eran una mercancía
continua hacia Santander. “Tengo para ti un libro que me ha dado Pérez
Guzmán y que te mandaré por correo, si quieres, o en la primera caja que
vaya”. Nos hablan en fin de los celos de un buen bibliófilo que no
perdonaba ni a la personalidad más ilustre y que se repetirían como
orden en el testamento: “Te suplico – le dice refiriéndose a un tomo de La España Sagrada
del P. Flórez que Enrique se vio obligado a prestar – que no prestes el
libro ni al Sr. Obispo ni a nadie. Sería para mi grave disgusto el ver
descabalada aunque fuese temporalmente, una obra que para mí es de
diaria consulta, y que en el estado de integridad en que yo tengo mi
ejemplar, vale más de 50 duros. ¡Nada de préstamo de libros, por Dios, y
sobre todo nada de préstamos de tomos sueltos! Así se hacen polvo las
mejores bibliotecas”.Ingresos de su trabajo personal, siempre
naturalmente para invertirlos en libros, empezó a tener Menéndez Pelayo
ya desde 1878, cuando a los 22 años ganó la Cátedra de Historia Crítica
de la Literatura Española de la Universidad Central de Madrid. Más
tarde, miembro de la Academia Española, en la que ingresó en 1881 a los
veinticinco años, director de la Biblioteca Nacional desde 1898, estos
ingresos, más los de derechos de autor por la venta de sus crecientes y
famosas publicaciones, por conferencias u otros conceptos, aumentaron
las posibilidades, aunque nunca más de lo que puede esperarse del
trabajo y de un trabajo intelectual, sobre todo en aquella época, y
permitieron que el acopio incesante de libros para su colección
alcanzara el final de su vida la increíble cifra de 42.000 volúmenes. Se
dice que, cuando la muerte llamaba a su puerta, Menéndez Pelayo
exclamó: “¡Qué lástima tener que morir cuando me queda tanto por leer!”.
Esta frase está esculpida en el libro abierto que con la cruz y su mano
aprieta el Menéndez Pelayo yaciente en el monumento funerario de la
Catedral de Santander, obra de Victorio Macho. Parece que no dijo “por
leer”, sino “por hacer”, aunque en un hombre identificado con los libros
y la bibliografía viene a ser lo mismo. Si la muerte no le hubiera
sorprendido en edad temprana – el 19 de mayo de 1912 tenía Menéndez
Pelayo 56 años – su biblioteca hubiera sido aún más voluminosa y más
rica. Aún así es una colección asombrosa y milagro parece, como si el
dinero se multiplicara en sus manos, que con sus siempre escasos
recursos pudiera llegar a tanto.Bien es verdad que entonces el
libro viejo y raro no alcanzaba los precios desorbitados que tiene
ahora. Y fue el mismo Menéndez Pelayo, el mejor conocedor de su tiempo
de la bibliografía nacional, que con sus estudios y trabajos más
contribuyó a levantar de la postración el valor de los libros
españoles. Por lo menos en esto pudo sacar justo partido de su ciencia. El
resultado es en verdad una obra como para vanagloriarse de ella. Por su
obra escrita Menéndez Pelayo es uno de los monstruos que ha dado la
tierra española. Pues bien, siendo esto así, admirable resulta, teniendo
ante la vista los 66 gruesos y densos volúmenes que en la Edición
Nacional ocupan sus obras completas, escuchar de sus propios labios
anteponer a ese inmenso caudal de ciencia su biblioteca: “Única obra mía
de la que estoy medianamente satisfecho”, afirmó en el discurso citado
que pronunció en la Biblioteca ante el pueblo de Santander.Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) en Youtube