. Jornadas que se
alargan gratuitamente sin una recompensa a cambio, ni siquiera moral,
que te hacen replantearte tu vida, tu trabajo y hasta tu forma de
(sobre)vivir. Hay días en los que la vocación que nos llevó a
estudiar aquella maldita carrera y que ahora nos lleva a malvivir de
esta profesión, simplemente no es suficiente.
¿Saben cuántas veces
he oído a alguno de mis compañeros cuestionarse qué harían si
pudieran volver atrás en el tiempo y poder volver a elegir? Lo malo
es que a esas reflexiones siempre le sigue un silencio que evidencia
sólo una cosa: si pudiéramos retroceder en el tiempo, volveríamos
a escoger el periodismo.
Partamos
de lo más mundano, el cochino dinero, y de algo que espero que le
quede claro a todo el mundo: los periodistas no nos forramos con
nuestro trabajo. Eso se lo reserva algún figura de primera línea,
de programa nacional, donde tienen los cortes publicitarios por
castigo. Pero la realidad dominante es la de un grupo de curritos que
trabajan más horas de las estipuladas en sus contratos –cuando los
tienen- y cobran muy por debajo de lo que hasta ahora se consideraba
un sueldo normal. Vamos, que el mileurista en esta profesión es un
privilegiado.
Pero
desgraciadamente eso no suele ser motivo para abandonar. Muy al
contrario, desde las altas esferas se juega con el orgullo de unos
profesionales que prefieren no cobrar lo que les corresponde antes de
que su trabajo salga a medias. Nos debemos a los ciudadanos y ellos
se merecen una información y un entretenimiento de calidad. Por
mucho que un periodista esté tan jodido como el que más, con
hipotecas o alquileres acechando, facturas por pagar y una vida
social elevada a la categoría de lujo, no se preocupe: podrá abrir
el periódico, encender la televisión o sintonizar la radio. Allí
habrá un periodista contándole algo, sonriendo incluso, y guardando
para la intimidad de su casa los momentos más sonrojantes como el no
tener dinero para tomarse una caña con los amigos, abrir la nevera y
que parezca el desierto del Sáhara o dormir con cuatro mantas a
condición de no encender la calefacción. Sí, los trabajadores del
mundo del periodismo somos como el resto, sufrimos como el resto y
tenemos los mismos problemas que el resto.
Todas
estas situaciones que cada vez son más frecuentes a mi alrededor van
minando una salud que hasta ahora parecía aguantar cualquier cosa. Y
no me refiero a lo puramente físico –que también se resiente-
sino al plano mental. La fortaleza que hace falta para afrontar un
día a día tan adverso como el del despido amenazante o la
remuneración escasa es muy elevada y, sorpresa, hay veces que el
cuerpo dice basta.
Hablando
con compañeros me he encontrado de todo: ataques de ansiedad, bajas
por depresión, taquicardias continuadas y medicaciones peligrosas
que podrían suponer un mal remedio a la enfermedad del estrés. Y
todo por una profesión a la que amamos y en la que,
desgraciadamente, debemos compartir mesa o edificio con otras que la
han puesto en entredicho. Porque es casi matemático: allá donde hay
un periodista a punto de explotar hay otro acomodado en su silla,
confabulando para que el próximo en irse no sea él. Por cada
profesional a punto de caer en el hoyo hay otro que se ha encargado
de cavarle bien hondo un agujero a sus pies.
Afortunadamente,
no todos aprobaron la asignatura de hijoputismo en la facultad; aún
hay gente legal en las redacciones, la mayoría; esos compañeros que
a veces incluso deben remar por ti cuando ya no te quedan fuerzas
para seguir, esa gente que te devuelve la esperanza en el periodismo,
esas personas por las que merece la pena aguantar aunque sea sólo un
día más.