. Sin
olvidar, por supuesto, tacos y otros realismos tan estridentes como
necios. Se ve que, como dijo un espectador a la salida del cine, hay
gente para todo. Y eso debe ser.
La película, El último
concierto, dirigida por Yeron Ziberman, plantea una situación
bien humana: el enquilosamiento en cualquier trabajo o actividad que
lleva a cabo el hombre, sea esta la de zapatero o la de un virtuoso
del violín. Sucede, sin embargo, que rara vez nos percatamos de ese
enquilosamiento; y cuando hay alguien que lo hace, el personaje
interpretado por Philip Seymour Hoffman, es tachado de cualquier
cosa, rechazado u obligado a volver al viejo redil a fin de no
cuestionar cuanto se hace, y seguir como ha hecho hasta ese momento.
En realidad la monotonía, alcanzada una cierta maestría, es una
tabla de salvación, las vacaciones mal o bien merecidas. Y el
cuarteto de cuerda ha llegado a ese extremo de sus vidas. No
obstante, nada más comenzar la película, mediante muy breves
apuntes, se nos van a ir describiendo los caracteres de los
componentes de dicho cuarteto: el segundo violín quiere que, por una
vez en la vida, el primer violín sea capa de tocar sin tener delante
la partitura del cuarteto opus 131 de Beethoven, lleno, además de
anotaciones. El primer violín se niega, por supuesto: al fin y al
cabo todo ha ido bien hasta allí. ¿Pero es eso cierto? Porque este
primer violín tiene una breve conversación con la hija del segundo
violín, a la que le dice que prefiere más el cuarteto que las
orquestas: en estas, explica, todo son giras, orquestas diferentes,
ciudades distintas, se toca una vez, y ya está. En el cuarteto
aquello que se toca, siempre con los mismos músicos, se puede llevar
a la perfección, pues unos músicos se compenetran con los otros...
Pero, por supuesto, lo que él entiende por perfección no es lo
mismo que entienden los otros. Y así el segundo violín, en un
momento determinado, planteará que también él quiere ser primer
violín, no por jerarquía, pues él mismo explica que no la hay en
el cuarteto, dado que cada uno tiene una función diferente, y la
suya es unificarlos a todos. Sin embargo, en él late un deseo de
cambio, un pequeño hartazgo que lo lleva hasta tener una pequeña
aventura extramatrimonial que cuartea las relaciones con su mujer. A
estas son puestas en cuestión, lo mismo que la maternidad. Durísimas
palabras las que le dirige la hija a la única mujer del grupo. El
cuarteto, decididamente, ha roto con la monotonía: la vida comienza
a fluir por las venas y por los arcos de los instrumentos.
Es una película compleja y bella:
tanto por la fotografía como por la música, y por las actuaciones
de todos los componentes de la cinta. Hecha, además, con una gran
concisión. No tiene desperdicio, al respecto, la pequeña charla que
da el violonchelista, Christopher Walken, a sus alumnos. Cuenta que,
un día, ante Pau Casals, tocó francamente mal, pero que aquel lo
felicitó. Pasados unos años, Casals le explica que vio en él algo
bueno, y por eso ya vale la pena seguir. Dejó que sus sentimientos
afloraran. Y eso, al parecer, es lo que vale en la música, y en
todos los órdenes de la vida, pues de lo contrario se convierte en
una puja donde alguien consigue un violín, que no sabe para lo que
sirve, pero que priva a un buen músico de un buen instrumento.
Insisto en que es una película
compleja. Se quedan, por lo tanto, muchas cosas por analizar, y muy
importantes: relaciones personales entre ellos, la pasión desbocada
que lleva a enfrentamientos, nuevos planteamientos, etc. Desde este
punto de vista, el final de la película sería el arranque de otra
nueva. Esperemos que no lo intenten. O que si lo hacen, valga la
pena. Hay que arriesgarse, desde luego.
Una bella película pues, con una
magnífica música y unas estupendas interpretaciones. Digna de verse
por mucho que, en ocasiones, recuerde Cuarteto, de Dustin
Hoffman, o la buena novela de Vikram Seth, Una música constante.
No se la pierdan.