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El último concierto


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24/08/2013

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Resulta curioso que en los tiempos que corren todavía queden productores, guionistas y directores, que apuesten por películas en las que no hay violencia; no aparece ningún jubilado o similar, armado con cualquier armatoste que no aguantaría ni en sus años mozos, dispuesto a salvar al mundo; o litros y litros de sangre, cuando no vísceras y demás lindezas. Sin olvidar, por supuesto, tacos y otros realismos tan estridentes como necios. Se ve que, como dijo un espectador a la salida del cine, hay gente para todo. Y eso debe ser.


La película, El último concierto, dirigida por Yeron Ziberman, plantea una situación bien humana: el enquilosamiento en cualquier trabajo o actividad que lleva a cabo el hombre, sea esta la de zapatero o la de un virtuoso del violín. Sucede, sin embargo, que rara vez nos percatamos de ese enquilosamiento; y cuando hay alguien que lo hace, el personaje interpretado por Philip Seymour Hoffman, es tachado de cualquier cosa, rechazado u obligado a volver al viejo redil a fin de no cuestionar cuanto se hace, y seguir como ha hecho hasta ese momento. En realidad la monotonía, alcanzada una cierta maestría, es una tabla de salvación, las vacaciones mal o bien merecidas. Y el cuarteto de cuerda ha llegado a ese extremo de sus vidas. No obstante, nada más comenzar la película, mediante muy breves apuntes, se nos van a ir describiendo los caracteres de los componentes de dicho cuarteto: el segundo violín quiere que, por una vez en la vida, el primer violín sea capa de tocar sin tener delante la partitura del cuarteto opus 131 de Beethoven, lleno, además de anotaciones. El primer violín se niega, por supuesto: al fin y al cabo todo ha ido bien hasta allí. ¿Pero es eso cierto? Porque este primer violín tiene una breve conversación con la hija del segundo violín, a la que le dice que prefiere más el cuarteto que las orquestas: en estas, explica, todo son giras, orquestas diferentes, ciudades distintas, se toca una vez, y ya está. En el cuarteto aquello que se toca, siempre con los mismos músicos, se puede llevar a la perfección, pues unos músicos se compenetran con los otros... Pero, por supuesto, lo que él entiende por perfección no es lo mismo que entienden los otros. Y así el segundo violín, en un momento determinado, planteará que también él quiere ser primer violín, no por jerarquía, pues él mismo explica que no la hay en el cuarteto, dado que cada uno tiene una función diferente, y la suya es unificarlos a todos. Sin embargo, en él late un deseo de cambio, un pequeño hartazgo que lo lleva hasta tener una pequeña aventura extramatrimonial que cuartea las relaciones con su mujer. A estas son puestas en cuestión, lo mismo que la maternidad. Durísimas palabras las que le dirige la hija a la única mujer del grupo. El cuarteto, decididamente, ha roto con la monotonía: la vida comienza a fluir por las venas y por los arcos de los instrumentos.

Es una película compleja y bella: tanto por la fotografía como por la música, y por las actuaciones de todos los componentes de la cinta. Hecha, además, con una gran concisión. No tiene desperdicio, al respecto, la pequeña charla que da el violonchelista, Christopher Walken, a sus alumnos. Cuenta que, un día, ante Pau Casals, tocó francamente mal, pero que aquel lo felicitó. Pasados unos años, Casals le explica que vio en él algo bueno, y por eso ya vale la pena seguir. Dejó que sus sentimientos afloraran. Y eso, al parecer, es lo que vale en la música, y en todos los órdenes de la vida, pues de lo contrario se convierte en una puja donde alguien consigue un violín, que no sabe para lo que sirve, pero que priva a un buen músico de un buen instrumento.

Insisto en que es una película compleja. Se quedan, por lo tanto, muchas cosas por analizar, y muy importantes: relaciones personales entre ellos, la pasión desbocada que lleva a enfrentamientos, nuevos planteamientos, etc. Desde este punto de vista, el final de la película sería el arranque de otra nueva. Esperemos que no lo intenten. O que si lo hacen, valga la pena. Hay que arriesgarse, desde luego.

Una bella película pues, con una magnífica música y unas estupendas interpretaciones. Digna de verse por mucho que, en ocasiones, recuerde Cuarteto, de Dustin Hoffman, o la buena novela de Vikram Seth, Una música constante. No se la pierdan.



Etiquetas:   Música   ·   Enfermedades

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