. Egipto es hoy el escenario del horror. Pero son hechos que se reiteran y que la humanidad no es capaz de evitar ni de remediar. Este artículo forma parte de mi libro Crónicas de Dos Siglos, publicado el 2010 y lo rescato hoy como un grito de impotencia ante tanta barbarie.
¿Cómo describir el espanto?
¿De qué manera resumir el terror que produce la maldad exacerbada? ¿Cómo asumir
una escalada del horror sin límites? ¿Cómo refrenar los instintos de
destrucción del hombre, de las civilizaciones imperiales que luego se
precipitan en su propia decadencia?
La historia de la humanidad es
la secuencia de sucesivos conflictos que han ido armando y desarmando los mapas
políticos, mientras detrás de ello ha habido poblaciones desplazadas,
genocidio, aniquilamiento, pillaje, ocupación, destrucción metódica, sadismo
incentivado por el fragor de odios que se enquistan por siglos en el alma de la
convivencia. Detrás del horror aparece la maquinaria bélica, las fábricas que
proveen armamentos, los pertrechos, la tecnología focalizada hacia la
muerte. La guerra se ha enseñoreado en
la historia del planeta, tanto que la paz parece un atesorado oasis entre
tiempos de destrucción. Con centavos podría solucionarse el hambre del mundo,
pero el camino de la humanidad ha sido dilapidar recursos y vidas en la
destrucción constante.
En las últimas décadas la
guerra ha sido permanente, ha asolado continentes, África está destrozada por
las pandemias, por las guerras tribales, por sanguinarias invasiones que no
admiten intervenciones de paz; en los Balcanes el exterminio étnico fue
horrible y metódico. Las guerras civiles o guerras internas en América
desgarraron generaciones sin que a la fecha haya existido ni siquiera una
disculpa a las víctimas inmoladas. En Palestina la muerte se ha enseñoreado, la
ley del Talión y los ataques suicidas, el muro del oprobio de Sharon lleva la
marca del odio sin límites, la impunidad se impone.
Los esfuerzos de paz son
fogonazos de esperanza a los cuales aferrarse. Lejos quedaron Camp David, los
mártires de la paz repletan los mausoleos del planeta, la civilidad del planeta
se estremece, pero al mismo tiempo se acostumbra peligrosamente a la violencia
ambiental, trata de escapar inconscientemente del noticiero crónico del que nos
hablaba Oscar Andrade.
La tortura como política de
ocupación, imponer la bota del vencedor al caído, sin clemencia, sin la
misericordia ni la protección, aplastar, eliminar al que piensa distinto,
desalentar rebeliones, sofocar revoluciones, sospechar de civiles activistas,
torturar, hacer desaparecer, borrar huellas, asegurar impunidad, todas
prácticas que se repiten tanto en el fascismo, el estalinismo, el sionismo, el
golpismo latinoamericano, el fundamentalismo de ultraderecha de los halcones
del Pentágono o el fundamentalismo de los grupos terroristas islámicos.
¿Puede hablarse de guerras
justas? Cada Estado tiene el soberano derecho a la autodefensa cuando se
amenaza su territorio, su población o su institucionalidad. La Defensa Nacional
disuasiva es un elemento básico para participar en la comunidad internacional
con dignidad e independencia. El profesionalismo de las Fuerzas Armadas es
fundamental para mantener la paz, para hacer respetar al Estado frente a sus
pares. El Derecho Internacional es el recurso que atesora la humanidad para
colocar límites al desquicio de la violencia, establecer cánones éticos mínimos
cuando se lucha en contra de un enemigo. Estas normas de conducta son el
baluarte para que las guerras no degeneren en la escalada del horror. Lástima
que nunca se haya logrado una institucionalidad mundial con la fuerza necesaria
para implantar estos principios jurídicos. Lástima que tengamos que presenciar
la demencia y el crimen como expresiones cotidianas, sin que se respeten dichos
principios fundamentales.
Los equilibrios de poder son
una necesidad, los atropellos vienen siempre de situaciones imperiales, cuando
el poder concentra capacidades ilimitadas de destrucción, comienza la situación
de guerra focalizada, con acciones permanentes de fuerza para solucionar temas
en los que podría haber habido caminos diplomáticos. El poder sin equilibrios,
concentrado en corporaciones planetarias, por encima de los Estados, genera la
potencialidad y probabilidad cierta de conspiraciones impensables para el
sentido común que busca la armonía; acciones conspirativas tendientes a
desestabilizar gobiernos poco amigos, son usuales en la política mundial, son
instrumentos válidos y factibles para quienes ambicionan dominar y satisfacer
sus intereses políticos y económicos.
Sin embargo, la civilidad del
planeta, alejada de las disputas por el poder mundial, tratando de que se
mantenga el Derecho Internacional como mínimas reglas de conducta frente a los
conflictos armados, aspira a una Organización de Naciones Unidas de mayor
relevancia, con una relativa independencia de los Estados hegemónicos. El
Consejo de Seguridad es una delicada instancia que busca evitar las guerras y
procurar la paz.
En el plano no gubernamental,
en la sociedad civil del planeta, las redes van tejiendo una acción proactiva,
con el convencimiento creciente de que no se puede dejar el gobierno del mundo
a intereses corporativos mezquinos y se necesita una nueva concepción de
soberanía popular para acotar, poner límites, a la gran influencia y recursos
de los poderes transnacionales. Aprender a negociar equilibrios y armonías en
un medio global, apostando por la paz, el medio ambiente del planeta, la
dignidad de las personas, los derechos civiles, la defensa frente a abusos, la
investigación y denuncia de situaciones de corrupción que son intrínsecas al
autoritarismo y la democracia centralista, donde los grupos de poder buscan
imponer sus intereses particulares. Estas son reivindicaciones de los pueblos
del mundo. Los seres humanos que, movilizándose pacíficamente en todos los
países al unísono, son capaces hoy de influir mayormente en las decisiones
globales.
Es el despertar del humanismo
planetario frente a la puta guerra y sus secuelas. Es la reacción social que se
da en una conectividad espiritual profunda. Son tiempos de reacción frente a
tanto mal extendido en el planeta, en todos los planos, pero fundamentalmente,
son las fuerzas de la paz y del amor en contra de los jinetes de la guerra, la
puta guerra que desmiembra, desgarra, aniquila, humilla, decapita, sodomiza,
escupe y orina sobre la dignidad humana. La puta guerra que tiene tras de sí
profundos intereses, la puta guerra que hoy privatiza sus tentáculos creando
enormes ejércitos mercenarios subcontratados para dar protección y para
torturar; la puta guerra que ofende la profundidad del humanismo, pisotea y
flagela la infancia, va escalando en el odio y masacra los valores mínimos de
la convivencia, anula la misericordia. Puta guerra que pisotea las naciones.
Valparaíso, jueves, 13 de mayo
de 2004