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Los hábitos de la corrupción


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09/08/2013


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Para la Real Academia Española, esa corte de abstrusos octogenarios reticentes a una lengua que poco a poco se les vuelve inasible, la palabra “hábito” significa el “modo especial de proceder o conducirse adquirido por repetición de actos iguales o semejantes, u originado por tendencias instintivas”.




Luego de reflexionar sobre el hecho que líneas adelante narraré, y de múltiples testimonios que he ido recogiendo a lo largo de consultar sobre el mismo tema a mis conocidos, no hallé un mejor término para definir el delicado mecanismo, y los intrincados caminos por los que transita un acto de corrupción, que el de “hábito”.



Para desgracia de todos nosotros la corrupción es una compañera, inseparable e incómoda, en las pequeñas y grandes desgracias que forjan la vida común y corriente del ciudadano estándar, y que por su incomodidad ha tenido que valerse de ciertos ritos para hacerse llevadera. Aquí mi breve testimonio.



Transitaba por las calles sufrientes de la Ciudad de México, potenciales campos de entrenamiento para pilotear unidades durante conflictos bélicos, cuando en un retén de la policía de tránsito, por alguna inexplicable razón, un uniformado me pidió que parara. Usualmente ignoro olímpicamente los señalamientos que me han hecho en los retenes policiales, impulsado por el deseo de cumplir una secreta venganza por todas las otras ocasiones en que me han parado para hacer una revisión “de rutina”, con la esperanza, por parte de los policías naturalmente, de que tenga algún documento fuera de forma y solicitarme una pequeña ayuda que, la más de las veces, deja mi peculio desfalleciente.



Sin embargo, ésta vez no tuve opción, el policía, con una heroicidad digna de mejores causas, se colocó justo frente a mi coche en movimiento y con un delicado movimiento de su mano me indicó que me orillara. Ya estacionado, el individuo en cuestión analizó el estado de mi coche: verificó las calcomanías de las verificaciones pasadas, las placas, y ya en mi puerta pidió que le mostrara la licencia de manejo, el tarjetón de circulación y que abriera la cajuela. Su solicitud me sorprendió. “¿Para qué quiere que abra la cajuela?”, le dije, y él, sonriendo, con esa mueca que sólo los portadores de un argumento irrefutable durante un acalorado debate puede imprimirle al rostro, me contestó: “Pos pa´ver que tiene en la cajuela”.



Mientras abría la cajuela, el policía, con una breve ojeada a mi licencia, pronunció un par de palabras que me dejaron frío y activaron un misterioso tic en la comisura derecha del labio que hace su aparición cada vez que hechos desagradables me toman por sorpresa. “Está vencida”, dijo. Resulta que por mi estupidez galopante, no me había percatado que desde hacía una semana mi licencia para conducir, el plástico que verifica que soy capaz de andar por las calles de ésta ciudad, había expirado. Todo lo que pasó después fue de una rapidez abrumadora.



Cualquier defensa que intentara estaba irremediablemente condenada al fracaso. El mango del sartén lo tenían ellos, y yo sólo los deje hacer. Fue aquí donde atestigüé el ritual milenario que precede a la “mordida”. Todo comenzó con una orden tajante, “quédese en el auto”, posteriormente, el policía, con movimientos paquidérmicos, consultó con su “pareja”, durante breves segundos, el destino del ciudadano atrapado in fraganti. Finiquitado el conciliábulo y de vuelta en la ventana del automóvil, el oficial asumió con una mezcla de conmiseración, pero sin abandonar la firmeza, que el chistecito de la licencia vencida costaría cerca de 800 pesos, mientras que mi auto iba a ser presa del castigo supremo, ¡el corralón!



Tras la tortura psicológica que todo esto significa, y las múltiples soluciones que atravesaron como balas mi aturdido cerebro, el policía consultó de nueva cuenta a su pareja, y al regresar, quizá conmovido por el rostro pálido que se le presentaba en la ventana, con un tono casi chabacano preguntó: “¿a dónde se dirigía?”. La pregunta, inocente en otro contexto, cobraba un aura luminosa, la puerta de la esperanza se abría. “A la escuela”, contesté.



Tocado por desconocidas potencias, el policía abrió una nueva puerta, aún más grande que la pasada. “Podemos ayudarle, pero dígame usted cómo”. La libertad estaba próxima, pero sólo mi liberalidad la haría plausible. Ofrecí una cantidad, quizá módica, pero que en los hechos me dejó sin gasolina durante dos días. La faena había terminado, y con ella mi cartera.



De la misma manera en que verifiqué los pasadizos de un hábito que ha lastimado la constitución del tejido social de nuestra ciudad, millones de mexicanos son expuestos a que la corrupción, la amiga infatigable de la vida política de México, se convierta en su gran protagonista día tras día, con escándalos en Chiapas, en la Iglesia, en el PAN, en el PRI, en el PRD etc.



Ahora, tras años y años de comprobar la irresistible inoculación de la corrupción en absolutamente todos los pliegues de la vida pública del país, los mexicanos estamos expuestos a una peligrosa normalización, la de la corrupción como forma de vida, incluso legitimada por la costumbre y promovida por la ley. Me explico.



Haciendo cuentas, el haber traído una licencia vencida podría haberme costado, entre la multa, el arrastre de la grúa y el derecho de piso, cerca de 3,500 pesos, una cifra que con el “salario” que actualmente percibo por el trabajo de medio tiempo que tengo, me hubiera dejado sin absolutamente nada de dinero durante un buen tiempo. Se trata, pues, de un chantaje promovido por la misma norma jurídica, en este caso, el Reglamento vehicular. El mundo al revés.



 Y como mi caso, otros miles ocurren diariamente en las calles del Distrito Federal y de todo México. Al tiempo.



 



 



 



 



 



 



 



 



 



 



 



 



 



 





 



 



 



 



Etiquetas:   Corrupción   ·   Distrito Federal   ·   Ciudad de México   ·   Abuso Policial

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