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Se nos descarrila la vida, veloz y pesada


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26/07/2013


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  España está chocada, atónita y acongojada, abrumada con este esplín solidario inherente a nuestra generosidad patria, para compartir un sufrimiento que nos une en los momentos trágicos. El accidente del Alvia en Santiago de Compostela  nos ha enmudecido la protesta de los trajines diarios.

  No solo nos servimos de las rencillas para apuntalar nuestras tendencias de luchas fratricidas, también en los momentos difíciles nos entregamos sin reservas ante el dolor multitudinario de quienes  se sumergen en una pesadilla donde la vida ya no es vida. España es un espacio de contrastes que nos sorprende de nuevo,  cuando creíamos que ya conocíamos hasta el último rincón de nuestras fortalezas y debilidades.

   Algunos no han titubeado en aprovechar la ocasión para manipular el momento y convertir un terrible drama en una oportunidad para la demagogia. A decir verdad algunos siguen usando lo trágico para apuntalar la tendencia al parasitismo y la mezquindad al servicio de espurios sectarismos. Afortunadamente son los menos y quedan en evidencia, ya reconocidos los ardides de ese parasitismo incondicional. Siquiera una tragedia los descabalga del propósito de la continuidad. Solo se importan ellos. A diferencia de las largas colas de humanidad que fueron a donar su sangre, esas minorías no temen derramarla siempre que no sea la suya… ni en transfusiones. No hay tregua para los que conspiran pendientes de sus ambiciones rastreras, como tampoco hay descanso para los nobles e íntegros ciudadanos que sufren cómo otros se van.



     Este patio de locos nos ha acostumbrado a parecer cuerdos. El progreso es así de engañoso. La existencia posee un ritmo que no permite estancamiento. De inmediato hay que investigar para esclarecer esta hecatombe y prevenir futuros daños.

   La velocidad ha sido determinante para que actuaran unas leyes físicas implacables, pero en esta ocasión se ha aunado a otro factor que estriba en la composición de los trenes.  Unos vagones generadores, cuyo peso excedía en demasía el resto del convoy, que permitían impulsar las cabezas tractoras de cola y delantera cuando no circulaba por vías electrificadas, fueron los que propiciaron el descarrilamiento al ser impulsados por una inercia que descompuso posteriormente el paso de los otros vagones.

   Velocidad y peso fueron los factores determinantes para que 78 personas hayan desaparecido en cuestión de segundos;  para que decenas de heridos  y cientos de familiares y amigos se hayan sumergido en la imposible pesadilla que ahora han de superar, mientras la vida continúa implacable y sin rendición.

   Raudo es este mundo que apenas da tiempo a asimilar sus grandes dramas y pesada la carga, excesiva, con que se aplasta el alma de quienes todavía están obligados a seguir caminando.

   Acaso descarrila la vida por ir demasiado deprisa y aguantar pesos imposibles. Velocidad y peso, fueron factores confabulados para abocarnos a una tragedia inesperada.  Vidas las nuestras demasiado veloces y pesadas, como esos  factores que cuando confluyen advertimos lo efímero de nuestras ambiciones, lo inútil de nuestras contiendas, recordando en humildad que somos tan frágiles como este soplo de vida que se nos ha escapado a todos, doliéndonos de este sufrimiento de nuestros semejantes desconocidos… tan iguales, en realidad, a nosotros mismos.

  Descansen en paz los que partieron hacia el infinito y pronta recuperación para los heridos. Consuelo, todo, para los familiares y seres queridos a los que la existencia les ha frenado de golpe las emociones vivas. Hoy hemos muerto, otra vez, un poco todos nosotros.



  Esta vida, Dios, tan veloz, efímera y pesada.





Etiquetas:   Accidente   ·   Ferrocarril   ·   Santiago de Compostela   ·   Tragedia   ·   Galicia

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