La vida de cualquier persona se
desarrolla dentro de un ambiente creado por la mano y la mente del hombre.
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La sociedad toda requiere del
sistema de símbolos impuestos desde antaño para establecer contacto unos con
otros, relacionándose de manera exitosa. Ese sistema que ha ido
perfeccionándose y complejizándose a través del tiempo, es la cultura.
De allí que la lectura, la
escritura, la expresión artística toda, entre otras resulten actividades
sumamente naturales, aunque dificultosas en relación a su aprendizaje.
Sin embargo, una vez que el
alumno ingresa a esta esfera cultural, le espera una nueva sorpresa tras la
puerta que incluye el conocimiento, la
interpretación, la comprensión y la futura producción de textos.
Por ello, las diferentes miradas
y enfoques pedagógicos y didácticos han aportado un importante cúmulo de
estudios e investigaciones
altamente influyentes en el campo de la
educación.
El taller: un recurso didáctico
La modalidad de enseñanza
denominada taller, propone una forma de abordar la clase convencional, desde
una mirada innovadora, dinámica y versátil.
La propuesta puede llegar a
resumirse en simple palabras diciendo que se toma un tema de aprendizaje, el
cual puede estar simbolizado con un objeto concreto o producto de la abstracción,
y todas las miradas son dirigidas a él. Se incentiva entonces a que los alumnos
conjeturen acerca de este tema, en lo que se conoce como el planteo de las
ideas previas. A continuación, se
procederá a evaluar de manera crítica las hipótesis pronunciadas con
anterioridad. En este primer punto se espera que los niños desarrollen el
espíritu crítico, es decir la capacidad de razonar sus propios supuestos y la
veracidad de los mismos.
Un paso más avanzado dentro de la
propuesta, consiste en producir ellos mismos contenidos similares al abordado,
compartirlo con sus pares y evaluarlos en conjunto. Nuevamente el espíritu
crítico toma la posta, mas es imprescindible que ya se halle desarrollado, pues
en esta etapa, los valores tales como el respeto y la colaboración son los que
afloran.
El alumno productor de contenidos
En todo nuevo emprendimiento, los
individuos ven fortalecidas sus ganas de crear y hacer al saber que
alguien ocupará el lugar del espectador.
La conciencia de público acrecienta los motivos que impulsan a la mente humana
a crear, más aun cuando este espectador es rigurosamente exigente.
Es en este plano que el deseo de
ser competentes (no competitivos), eficientes y admirados por las destrezas
desarrolladas, elevan al hombre común a un nivel superior, de máximo
rendimiento, de exigencias extremas, a fin de cumplir la meta pactada.
Niveles de exigencia
Los niveles de exigencia deben
estar previamente planificados. Es decir, el docente debe establecer una serie
de objetivos acordes a las edades y manejos de conocimientos que manifiesta el
grupo de alumnos, los que actuarán como parámetros limitadores del aprendizaje.
Es importante, entonces, que
tanto docente como alumno tengan certezas de la meta, para fija de este modo
los pasos a seguir hasta lograrla.
En cuanto a los contenidos y el
modo de presentarlos ante el alumnado, deben estar perfectamente adaptados a
las edades de los alumnos y a las posibilidades de los mismos. Por ejemplo, es
importante conocer el grado de alfabetización, de conocimiento del mundo
circundante, la posibilidad de abstraerse, etc.
Una clase de taller que plantee
contenidos incoherentes e inalcanzables, determinará simplemente una pérdida de
tiempo para el docente y para el alumno en cuestión.
Las producciones
El resultado final del taller, es
la producción propia del aprendiz. En ella se plasmarán sentimientos, deseos,
esperanzas, creencias, conocimientos y percepciones.
Por ende, el resultado de una
producción propi jamás es nulo o insuficiente.
En muchas ocasiones el docente no
contará con las herramientas necesarias para interpretar aquello que el alumno
desea comunicar. Por ello, las estrategias de indagación son de fundamental
importancia.
Jamás se debe exponer lo que se
supone que el alumno quiere transmitir, sino que se debe preguntar e invitar al mismo a explicar su obra.
El
mejor premio que puede obsequiarse a quien ha creado una obra y la desea
compartir con sus pares, es un caluroso aplauso.