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Un día de paz y de tranquilidad


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21/07/2013

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E UN DÍA DE PAZ Y TRANQUILIDAD






Vicente Adelantado Soriano





Hay momentos en la vida en los cuales es justo y necesario, y hasta higiénico, alejarse de la cruda e indeseada realidad que nos circunda. Ya se dijo hace siglos que ni el arco puede estar tenso continuamente, ni el filo de la espada permanecer inalterable entre batalla y batalla. Tiene que haber un tiempo para unas cosas y otro para otras. Uno para reír y otro para llorar, tal como quiere la Biblia. Lo malo es, como sucede en el soneto de Quevedo, cuando no hay forma de poner los ojos en algo que no sea recuerdo de la muerte, de la decadencia, en este caso, y de la insoportable falta de ética de unos y de otros en los tiempos en los que vivimos.





Vencida de la edad sentí mi espada,

y no hallé cosa en que poner los ojos

que no fuese recuerdo de la muerte.





Llevamos ya un tiempo largo, excesivamente largo, soportando corrupciones y corruptelas de unos y de otros. Cuando no es la financiación ilegal de un partido es el desvío de dinero. Cuando no se trata de errores de Hacienda, que parecen interesados, o de la afiliación de tal miembro de no sé qué consejo judicial o tribunal constitucional a un partido político. Y por supuesto, ya se trate de cosas relevantes, sin importancia, o muy serias, aquí nadie da explicaciones de nada, ni presenta la dimisión. A veces uno llega a dudar de que un país como España esté hecho para la democracia o, si quiera, para la seriedad. Todo, por el contrario, parece apuntar hacia la novela picaresca, a sálvese cada uno como pueda, y a burlarnos unos de los otros, y los otros de todos. ¿Cuánto tiempo va a durar esto? ¿Y es cierta esta apreciación mía? Sí, ya sé: tantos son los bachilleres, tantos son los pareceres, y más cuando hay intereses de por medio.

Tal vez no sea conveniente dejarse llevar por el desánimo. Ni muy conveniente hacer caso de estadísticas. Cierto es que tenemos una clase política que sabemos que está hecha para la corrupción o para el esperpento, o para ambas cosas a la vez. Y que siempre se escuda en que gana las elecciones y obtiene mayoría absoluta para ocultar sus tropelías. Nunca se nos dice, sin embargo, cuánta gente ha votado del total de la población. Porque ese dato sí que sería relevante. Lo de las estadísticas, como explicó alguien una vez, es muy divertido: si es un país hay dos personas, y una de ellas se come dos pollos y el otro se muere de hambre, resulta que estadísticamente han comido los dos. Ciertamente es divertido.

Más divertido resulta todavía que a un cierto político la declaración de la renta le salga negativa, y el común de los mortales estemos pagando impuestos, elevadas matriculaciones de nuestros hijos, medicamentos, y manteniendo a toda una retahíla de personajes que, encima, se ríen de nosotros en nuestras propias narices.

Todo va mal: la economía, la sanidad, la educación, el trabajo, y, sobre todo, el estado de ánimo, y la confianza. Va tal mal, y yo estoy tan harto de todo, que el otro día hice lo que nunca había hecho por eso de estar continuamente pensando en el día de mañana. Ya no hay día de mañana. Así que, como tenía pensado hacer el día de mi jubilación, que ya no va a llegar, pues me moriré trabajando, o me envenenarán para no pagarme la jubilación, cogí el tren e, inocente de mí, me fui a Madrid. Me pareció un destino mucho más interesante que esos países exóticos a donde va mucha gente que no conoce ni el pasillo de su piso. Salí bien temprano de casa. Y con tres ideas fijas en la cabeza: ir a comprar libros en latín a una librería especializada; visitar, una vez más, el Museo del Prado; comer bien y beber mejor, y no preocuparme nunca más por el dinero. Y así lo hice. Y no me arrepiento.

Como quiera que los trenes de ahora son muy rápidos, llegué a la capital muy pronto. Utilizando el metro entré en la librería poco después de que la abrieran. Es una librería pequeñita, y escondida. Pasé varias veces por la puerta que conduce a ella sin percatarme. Entrado que fui, me volví loco: me hubiera llevado un buen montón de libros, y hubiera vendido mi alma a Mefistófeles, o a quien fuera, para tener tiempo libre y poder leer todas aquellas maravillas. Pensé brevemente en hacer algo gordo y sonado a fin de que me metieran en la cárcel y tener así todo el día para leer. Me detuvo el pensar que a los presos no los llevan a visitar museos. Creo. Lo tengo que preguntar.

Había sido mi intención comprar los libros y pedir que me los enviaran por correo. Pero me dio una pena inmensa dejarlos allí, así que los metí en la mochila y cargué con ellos. Pesaban lo suyo. Todos los libros que me compré están escritos en latín. Todos menos uno. Con este siempre tenía problemas de comprensión, así que pensé que lo mejor era leerlo en castellano, y hacerlo en otra traducción distinta a las que tenía por casa.

Cargado, pues, con un montón de libros, con mis planos y mi sombrero, pensé que era demasiado pronto para ir al Museo del Prado, dado que mi tren salía a las nueve de la noche. Estudiando el plano, a un tiro de piedra, en el papel, estaba el museo de Lázaro Galdiano. Tenía vagas noticias del museo, de la casa, y de la amistad de este hombre con Pérez Galdós. No me lo pensé: subí al metro, bajé del metro, y me metí en el museo, donde por ser mayor de cierta edad, que se refleja en mi cara y en mi frente despejada, hiciéronme descuento en la entrada. Con gran placer me liberé de la mochila y de su latinitas, y me dispuse a ver, mirar y observar. Yo no soy especialista en nada, así que nadie espere de mí una crítica o una aguda observación sobre cuadros, estatuas o joyas, que de todo hay allí. Sólo diré que el museo me encantó. Que me pasé en él cerca de tres horas, que no noté el cansancio, y que me reconcilié un poco con la vida: harto de los políticos, de sus trapacerías, de sus necias justificaciones y de sus mentiras, de periodistas y de tertulias que parecen riñas de gatos, comencé a pensar que parecía mentira lo que un hombre hábil, con un pincel, colores y un lienzo, podía hacer. Me maravilló que anillos, fístulas, monedas, adornos, etc., de antes de los romanos hubieran llegado a nuestros días, y me maravilló la habilidad de aquellas personas. Me encantó el museo en sí. Tanto que, pasando de una sala a otra, no hacía más que repetirme que tenía que volver otro día, que aquella visita era un preludio o un prólogo: la casa, los cuadros, los muebles, todo, se merecía otra visita, y otra, y otra... Al fin y al cabo, pensé, lo mejor que podía hacer era morirme sin dejar ni un euro en el banco. Y disfrutar de lo mejor que había producido el hombre, harto ya de la realidad en la cual estaba inmerso. Tal vez por eso, entre otras cosas, me encantó en cuadro de Goya La era o el verano. Es un cuadro alegre, optimista: un grupo de personas, sentados o tumbados sobre la paja, hablan o ríen. Un niño de pocos meses acaricia a su padre, otro, subido a lo más alto, tocado con un sombrero, juega con una horca. Al fondo, a la izquierda, tras un grupo de risueños adolescentes, se ve un viejo castillo, sólido y fuerte. Paralelo a él, a la derecha, se levanta un montón de gavillas de paja. Un personaje, vuelto de espaldas al espectador, sigue trabajando. Él, un caballo, en un primer plano, que come plácidamente, y un niño que trata de bajar por la paja, son los únicos personajes que están de espaldas al espectador. El resto habla, ríe, juega, o duerme tan a conciencia, uno de ellos con la camisa desabrochada, tras un caballo blanco sentado, que produce verdadera envidia. ¡Dios, que a gusto está el hombre tumbado sobre la paja con la boca entreabierta! Es un cuadro optimista, es un canto a la alegría tras al trabajo. Me extasié mirándolo. Entre otras cosas porque, por más que me esforzaba, e insisto, no soy especialista en nada, no recordaba ningún cuadro de don Francisco que fuera optimista o alegre. No muy lejos de allí tenía El Aquelarre...

Visité todas las salas, por supuesto, y me extasié ante la pintura italiana y flamenca del siglo XVI. Y me siguió pareciendo mentira que hubiera personas tan hábiles que pudieran hacer aquellas maravillas. Me impresionó el cuadro de Boltraffio, El Salvador adolescente. Qué diferencia entre esta imagen, la de un adolescente de sexo no bien definido, y la iconografía a la que nos tiene acostumbrados una vieja tradición marcada, casi siempre, por el tormento, la sangre y la cruz. Mi tormento, en aquel maravilloso museo, iba a ser la última sala: toda ella está consagrada a las armas. Me fui como alma que lleva el diablo, no sin antes pasar por delante de los dos cuadros mentados anteriormente: quería llevarme un buen sabor de boca.

Hacía mucho calor en Madrid. Me metí en un restaurante con poca gente y aire acondicionado, y comí y bebí a placer, pese a que lo tengo prohibido por el médico. De vez en cuando está bien comportarse como un Adán, y beberse una botella de Rioja a falta de manzana a la que hincarle el diente. No se puede tener todo en esta vida. Y con toda la tarde por delante, me metí en el Museo del Prado. Siempre he sentido al Museo del Prado ligado a mi infancia: desde la primera vez que fui allí, siendo muy joven, descubrí que conocía muchos de sus cuadros, pues de pequeño me regalaron un álbum en el que se iban pegando cromos, que había que comprar semanalmente en el kiosco. Muchos de aquellos cromos eran reproducciones de cuadros del Prado. Recuerdo, sobre todo, la reproducción de La lechera de Burdeos, de Goya. Siempre que voy al Prado visito este cuadro, y vuelvo a rememorar las viejas emociones de comprar el sobre, abrirlo, descubrir los cromos y pegarlos en el álbum. Llegué a completarlo. Había más cuadros del Prado.

Había una exposición de pintura italiana. Y caminando, ¡Dios mío! como aquel que no quiere la cosa, di con esa maravilla de cuadro, La anunciación, de fra Angélico. Y volví a sentir la misma emoción y la misma admiración por hombres que son capaces, con pinceles y botes de pintura, de hacer esas maravillas. Quizás porque había bebido demasiado hasta me entraron ganas de llorar. No sé cuánto tiempo estuve delante de aquel cuadro. Y sentí asco por las personas que roban semejantes cosas y se las llevan para el disfrute de uno solo...

Decidí, como siempre, escoger a un pintor y ver su obra. Viaje tras viaje, y ya rayaba en obsesión, me había decantado por Velázquez y el Bosco. De Velázquez me extasiaba La sibila... Pero ahora me decanté por Goya. Y otra vez la barbarie humana: los fusilamientos, el duelo a garrotazos, la carga de los mamelucos, y toda esa pintura negra de una España tan magníficamente retratada después por don Benito en sus Episodios nacionales... Y la imagen de aquel rey felón. ¿Cómo es posible que una persona o un grupo de personas sometan a todo un país y lo conviertan en un cementerio? ¿Dónde quedaba la alegría de aquel descanso tras el trabajo? Rememoré la placidez de La era. Jugar con los niños, bromear, dormir... Pasé toda la tarde viendo cuadros y más cuadros.

Al cabo de unas horas noté que no podía con mi alma. Estaba cansado, muy cansado. Ya no hacía tanto calor. Me fui a pie a la cercana estación de Atocha, y me senté a la espera de que anunciaran el tren que me había de lleva a casa. Me tomé un fuerte café, y me puse a leer para no dormirme. No so tan letrado como para leer en latino sin diccionario y gramática, así que me decanté por el Asno de oro. Estaba claro que entre don Francisco y Apuleyo no me iban a dejar en paz. Abrí el libro al azar, y me tropecé con esto. Y vuelta a la realidad:

¿Por qué os sorprende, vilísimos meollos, o mejor dicho, borregos forenses, o más exactamente, buitres con toga, por qué os sorprende que los jueces de hoy, todos sin excepción, vendan a precio de oro sus sentencias, cuando ya en los orígenes del mundo hubo corrupción por favoritismo en un litigio entre dioses y mortales?1

Apuleyo se extiende hablando sobre el juicio de Paris, sobornado por las tres diosas, y la condena a muerte de Sócrates. Son casos que nunca deberíamos olvidar. No obstante, yo no hacía sino recordar el cuadro de Goya, La era o el verano. ¿No es posible recuperar esa alegría? Tal vez si pudiéramos prescindir de los políticos... Se me apareció el gesto adusto de Góngora, visto también en el museo de Lázaro Galdiano, sobre el de Lope de Vega, su enemigo... y ya, en el tren, sabiendo que no me podía pasar de estación, pues iba al final, me dormí profundamente. Estaba cansado. Me ardían los pies. Pero me juré, antes de cerrar los ojos, que tenía que repetir la experiencia, y no dejar museo por visitar: quiero irme de este mundo contento y satisfecho. Y hay tanta gente digna de admiración.

1Apuleyo, El asno de oro, traducción de Lisardo Rubio Fernández, libro X, edi. Gredos, Madrid, 1995scribe aquí tu artículo

Etiquetas:   Corrupción   ·   Libros

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