Como siempre la justicia –considerando que por si misma, al menos en México, resulta sumamente hilarante su sola mención- se vio opacada por la burocracia, cosa triste en realidad pues, con lujo de detalle pudimos ser “testigos” de las condiciones bajo las que se sucedió la detención del capo mayor de los zetas, el afamado Z-40, a quien sus captores, sin demasiada faramalla, le brindaron todas las comodidades propias de los estatutos establecidos por la comisión nacional de derechos humanos.



