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Medea


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13/07/2013

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Acabas de aprender que cualquiera se ama más a sí mismo que al vecino; unos con motivo, otros por lucro, dado que a éstos no los ama su padre a causa de su matrimonio.


Eurípides, Medea.





No creo que en la soledad, como venía observando de un tiempo a esta parte, se piensen o se sueñen cosas más extrañas, inverosímiles o deprimentes que estando en compañía. Sucede, tal vez, que, solos, prestamos más atención a nuestros propios pensamientos, a los sueños y a las imágenes que nos presenta la mente. La soledad, a veces, actúa como una especie de amplificador de cosas, conversaciones, perfumes, sensaciones, etc, aparentemente olvidadas. El amplificador de vez en cuando, como una sonda, llega tan lejos que hasta permite que surjan voces que se creían olvidadas. Este pensamiento, como me venía ocurriendo últimamente, me despertó recuerdos de mi pasada y lejana juventud. Oí viejas voces con la nitidez de antaño. Aunque lleno, ahora, de melancolía.

-Siempre -le dije a doña Paquita paseando una vez más por el amplio parque- he tenido complejo de inferioridad. Siempre he creído que los demás eran mejores que yo, o que sabían más que yo.

-He conocido a varias personas con esos complejos. Y, desde luego, algunas eran terribles.

-¿Qué quiere decir?

-Que muchas veces esos complejos esconden tras de sí un fiero orgullo. En cuanto ustedes están seguros de algo, se convierten en todo lo contrario: en seres superiores que miran a los demás por encima del hombro. Tres cuartos de lo mismo sucede con los tímidos ¿Es así o no? -me preguntó sonriendo.

-Tal vez. Es posible. Digamos que a mí me irrita quien alardea de conocimientos, y no sabe ni donde tiene la mano derecha.

-Todos tenemos derecho a equivocarnos.

-Sí, pero no a hacer altares con nuestra ignorancia. Sí, ya lo sé -le dije adelantándome- en el fondo nadie sabe nada. Somos todos unos palurdos ignorantes.

-Tampoco conviene exagerar. O si quiere, si todos somos unos palurdos, podemos decir que, como siempre, unos lo son más que otros.

-No sé porqué, hace ya varias semanas -dije sin tener en cuenta sus observaciones-, quizás debido al encierro de estos últimos días, o a qué, clarísimamente me estoy haciendo muy mayor, no hago sino acordarme, día y noche, de cosas de mi lejana juventud.

-¡Ay! ¿Verdad que la memoria a veces es un verdadero tormento?

-Sí, parece que sí. Y no existe el país de los comedores de loto. Qué felicidad: tomarse un brebaje y olvidarse de todo, no sufrir, volver a reír con inocencia y candor... La memoria, sí, un castigo de los dioses. Y más en mi caso: no hago más que recordar las horas y horas de estudio que me costaba todo. Y las malas notas que sacaba luego en los exámenes.

-Vaya, es usted una caja de sorpresas.

-Últimamente, no sé a santo de qué, me he acordado de una traducción de latín que hice de joven... Me costó horrores encajar una veintena de palabras seguidas; pero lo poco que pude entender, a través de mi horrible traducción, me gustó tanto que recogí dinero para comprarme algún libro, algo, donde estuviera la historia de aquella terrible mujer. Me fascinó.

-¿Y quién era ella?, si se puede saber.

-Medea. Era Medea.

-¡Ah, el problema del mal! -exclamó doña Paquita con entusiasmo, como dando a entender que ya dominaba mis tópicos filosóficos.

-Sí, el problema del mal- asentí-. Entonces me fascinó. ¿Cree usted que existe el mal? A mí en aquella época me preocupó mucho hallar una respuesta a esta pregunta.

-Yo más bien creo que existe la necedad. Una enorme necedad. Sí, hay mucha necedad en el mundo. Muchísima.

-Por lo que yo sé la necedad no hace sangre... Creo recordar que el necio es aquel que hace daño a un tercero sin obtener ningún beneficio a cambio. Tal vez la maldad sea lo mismo, pero manchándose las manos de sangre.

-¿Usted cree que la maldad obtiene algún beneficio?

-No lo sé. Sé que Medea, tal vez la mala por antonomasia, se salva tras cometer todos sus crímenes, en tanto que Jasón, su antiguo amante, muere aplastado por la nave Argos, aquella nave que lo había llevado al país de Medea.

-Está juzgando usted la muerte como un castigo, y la vida como un premio. ¿Y está seguro de que es así? Yo creo que la vida de Jasón estaba ceñida a la nave Argos, y terminada la misión que debía llevar a cabo con esta, ya no tiene nada que hacer en la vida. Su muerte es una muerte simbólica.

-No estoy de acuerdo con usted. Yo creo que la muerte de Jasón es una muerte bien cierta. Derivada de la traición a Medea, a quien abandona para casarse con otra. Y tampoco me parece correcto lo que dice. Igualmente podíamos decir que el destino de Medea era hacer daño por Jasón y a Jasón; y muerto este tampoco ella tenía nada que hacer. Debería haber muerto. Y sin embargo, se va a vivir a Atenas. ¡Nada menos que a Atenas! Y a engendrar hijos con un rey.

-Sí, ya lo sé, la salva su pariente el sol. Le brinda un carro tirado por dragones alados a fin de que huya de la ciudad que ha sembrado de cadáveres.

-Y ella lo acepta. Como aceptó Jasón, antes, que matara a su hermano para evitar caer en manos del rey Aeetes, el padre de ella... Siempre me ha puesto los pelos de punta el pasaje en el que Medea decide que maten a su hermano y que arrojen su troceado cuerpo al mar. De esta forma su padre, que los persigue para castigarla a ella, y para recuperar el Vellocino de Oro, se verá obligado a detenerse, y a recoger los esparcidos miembros de su hijo a fin de darles sepultura. Jasón y Medea podrán así escapar.

-Sí, hace falta tener valor para hacer semejante cosa, sacrificar a un inocente. Pero era la vida de él o la de ellos. ¿Qué hubiera hecho usted en un caso similar, dejarse coger?

-No lo sé. Es muy fácil ser bueno estando lejos de tan terribles situaciones. No lo sé. Medea sí que sabía, por el contrario, que aquella sociedad era una sociedad terrible, muy violenta; y que nada bueno le esperaba pese, o por ello mismo, a ser su padre el juez y tal vez el verdugo de su causa.

-Quién sabe cómo actúa uno en situaciones desesperadas, ¿verdad?

-Sí, podríamos justificar a Medea, si usted quiere, si ahí se terminara la historia; pero continua. Y con ella aumenta la maldad de esta mujer.

-No es por darle un toque feminista a la historia, nada más lejos de mi imaginación; pero no olvide al bueno de Jasón. Podía, por ejemplo, haber impedido la muerte del hermano de Medea. Y, desde luego, podía haber elegido serle fiel a ella, recordar sus favores, y no tratar de abandonarla por otra. ¡Y valientes justificaciones se busca! Siempre he considerado pura demagogia, o demagogía, como quería don Miguel de Unamuno, las palabras de Jasón para justificar su divorcio y su nuevo matrimonio.

-Es ese un tema que casi siempre se toca de soslayo en la mitología. Me refiero al olvido de las buenas obras. Sí, Jasón olvida los favores de su mujer, el ungüento, fabricado por Medea, que lo protege de los toros que tiran fuego por las narices, y con los que tiene que arar un campo; olvida el veneno con el que Medea mata al dragón para que él se haga con el Vellocino... pero recuerda, cuando le interesa, que ella asesinó a su hermano.

-Jasón, por lo tanto, y usted lo acaba de reconocer, no está libre de culpa. Si estuviera aquí Sancho Panza le diría que dos que se acuestan en el mismo colchón se vuelven de la misma condición. Al menos, a veces -añadió tras permanecer pensativa unas décimas de segundo.

-No obstante, no conviene olvidar que hay un crimen que, y lo siento mucho, siempre me produce risa, en el que no participa Jasón.

-Ya -me dijo doña Paquita sonriendo- me imagino que se refiere a cuando convence a las hijas del rey Pelias para que maten a su padre, y lo echen en un caldero de donde resurgirá joven y vigoroso.

-Sí, a eso me refiero. Y ahí se plantea otro problema: existe la maldad porque existe la necedad... ¿A quién se le ocurre creer que matando a un hombre va a resurgir este como un jovenzuelo? ¿No piensan las necias hijas del rey que de ser así no hubiera muerto nunca nadie?

-Bueno, ese engaño funciona como todos los engaños: entre bobos anda el juego. Aunque las hijas del rey Pelias más bien pecan de bobaliconas. Ahora bien, no olvide que Medea ha hecho ese “milagro” con un cordero. Y las pobres infantas se lo han tragado...

-Sí, ese es el pasaje que siempre me ha producido risa. Además, el narrador no justifica nada de cuando sucede. Medea mata un carnero, lo echa en un trípode, lo cuece con unas hierbas que lleva consigo, y surge del caldero un corderillo retozón, casi acabado de nacer. El narrador cuenta las cosas como se le ocurren, y ya está. Tal vez porque no hay justificación ni para el bien ni para el mal. Tal vez Jasón y Medea, aceptemos también la culpabilidad de aquel, ya eran malos anteriormente; quiero decir antes de conocerse. Y eso nos lleva al verdadero problema: ¿existe el mal?, ¿se genera este de alguna forma determinada? Y por fin, ¿se puede evitar?

-Yo siempre he pensado que sí. Creía que a través de la escuela, de una buen educación, se podría acabar con ese problema. No se puede imaginar el gozo que me producía, por ejemplo, leer todas las esperanzas que don Benito Pérez Galdós tenía depositas en las escuelas... Le podría poner tantos ejemplos...

-Pese a don Benito, yo creo que la violencia no se puede evitar. Me parece recordar que en un libro de Ortega Gasset se dice que siempre habrá asesinos entre nosotros. Es cierto: por muchas escuelas que abramos, por muchas universidades que tengamos, siempre habrá maleantes y asesinos. ¿Sabe? -le pregunté deteniéndome frente a ella-. Esta historia de Jasón y Medea me recuerda a otra, real, que sucedió hace años en Estados Unidos: la contada por Truman Capote en A sangre fría... Creo recordar que en algún momento de la novela se dice que si los dos asesinos no hubieran coincidido, nada de cuanto sucedió hubiese pasado. Por separado hubiesen sido incapaces de asesinar a nadie. La maldad surgió al estar en contacto los dos.

-Es posible que sea así. Sí, Medea sin Jasón hubiese sido una princesa del montón. Y con respecto a lo otro, no le falta razón: en todas las épocas, desde que el mundo es mundo, ha habido, y hay, guerras, conflictos, corrupción, asesinatos, masacres...

-Eso es lo terrible, efectivamente. Al fin y al cabo una guerra es un asesinato a gran escala. Personas inocentes, y buenas en la mayoría de los casos, se ven obligadas a matar a otras personas con las que, probablemente, tengan muchas cosas en común. Y nadie se niega a disparar: prefieren antes convertirse en asesinos que en cadáveres.

-Al hombre no se le puede exigir mucho. Es un ser temeroso por naturaleza, aunque muchas veces temores y miedos son muy interesados. Y terminan, como decía antes de los tímidos, en explosiones de audacia, en matanzas... Y la escuela ya no sirve para nada. Por desgracia es así.

-Todo en esta vida es interesado, querida señora. Unos por omisión y otros por comisión, nadie es inocente en este valle de lágrimas.

-Es posible que no tengamos remedio.

-Somos así. Y ahí está la explicación de todo. No hay más explicación. Mire, hace muchos años, a mí las películas de terror me producían pánico. Sólo olvidaba el terror cuando llegaba la luz del día. Hasta que una vez fui a ver una película de miedo en la que todo sucedía a la luz del sol... Me puso los pelos de punta. Y el terror en este caso ya no venía motivado por un muerto viviente, irreal o metafórico, sino por un ser malvado. Y era malvado porque sí. Y no necesitaba la noche para actuar.

-Volviendo a la historia que a usted le causa risa, la de las hijas del rey Pelias ante las que Medea resucita un cordero, yo creo que es ahí donde reside gran parte de la grandeza del mito: cuenta pero no explica, no justifica... Hace años estuve hablando con un amigo sobre Satanás, Satán, el Demonio, o como quiera usted llamarlo. Le dije que no me creía esas patrañas. No trató de convencerme: sencillamente me dijo que la maldad, que el Mal, existía en el mundo. No supo explicarme porqué. Me pareció un poco absurdo todo.

-Quizás porque usted necesitaba racionalizarlo. Y ese ha sido el gran error: no hay nada que racionalizar. La última venganza de Medea es terrible: mata a sus propios hijos para herir, así, a Jasón... ¿Sabe usted cuántas veces se repite en la mitología griega eso del asesinato de los hijos?

-No me acuerdo; pero muchas, desde luego. Además, y por si el asesinato de un niño ya de por sí no fuera suficientemente terrible, encima se los sirven a sus padres como carne en un banquete. Procne es una de ellas, si no recuerdo mal... Es una historia que siempre me ha producido un agudo malestar. ¿Cómo puede hacer semejante cosa una madre?

-Esa misma historia la estamos reviviendo ahora. Me lo ha recordado usted al contar la conversación con su amigo sobre Satán. La otra tarde estuve viendo la televisión un ratito. Estaban hablando sobre el juicio a un padre por el asesinato de sus dos hijos, de seis y dos años. Y contaba el periodista que los psicólogos, los psiquiatras, y todo el mundo, coincidía en que dicho padre no estaba mal de la cabeza. Sencillamente, dijo el periodista, existe el Mal. Lo estamos viendo en el banquillo de los acusados. En estado puro. Al parecer ha matado a los niños para vengarse de la madre de ellos por haberse divorciado de él.

-Sí, me he enterado del caso. Es lamentable. Muy triste. Pero tiene razón usted. Parece que estamos en épocas pretéritas. Y lo malo es que no hay nada que explique esto. Sí, vale... la Maldad.

-Es posible que exista. Y además en estado puro. Hay una película que lo explica bastante bien, Asesinato en 16 milímetros se titula. Es una película sobre historias sórdidas, también con niños por el medio... Lo interesante es cuando el protagonista se enfrenta con el asesino, con el bestia. Este, si no me falla la memoria, se ríe un poco del otro preguntándole si esperaba encontrarse con un monstruo, con alguien a quien su madre no quería, o al que abandonó de pequeño. No, él no obedece a esos tópicos. Es, aparentemente, una persona normal y corriente; pero capaz de violar a una niña y de matarla...

-Es terrible que pasen estas cosas.

-Sí. Es terrible. Y es una pena que a usted no le interese mucho el cine. Hay una película, actual, que derriba todo el mito de las escuelas y de las universidades. Perdone mi acento, pero es que yo no sé inglés. Se titula Funny games, de Michael Haneke. Dos universitarios, jóvenes ricos e interesantes, se dedican a matar a familias enteras para divertirse. Es terrible la última escena: llevan a la madre atada con cinta autoadhesiva en una barca, por un lago. Los dos jóvenes van hablando entre ellos. El lunes, si no recuerdo mal, tienen que entregar un trabajo sobre Sócrates... y diciendo esto, y hablando de ética y de filosofía, la arrojan al agua dejando que se ahogue. Antes han matado a su marido y a su hijo. Y a otra familia...

-Me deja usted sin palabras.

-Sí, esto es lo terrible de estas situaciones: que lo dejan a uno sin palabras. O con ganas de ser creyente para dirigirse a alguien, que ese alguien nos escuche, y rogarle que nos mantenga lejos de los asesinos, de los políticos corruptos y de la guerra.

-Antes hemos hablado usted y yo del castigo de la memoria porque siempre nos presenta cosas negativas, o que nos duelen... ¿Se acuerda usted de cuando éramos niños y creíamos en los Reyes Magos?

-¡Cómo olvidar la niñez! A veces, hasta en medio de la miseria, es la mejor etapa de la vida.

-Pero todo es relativo en esta vida, señor mío.

-¿También la maldad?

-Eso de que se mate a los niños... Parece que llega un momento en que todo pierde la razón de ser...

Doña Paquita, como le gustaba hacer últimamente, se cogió de mi brazo y seguimos caminando en silencio.

-Todo pierde se razón de ser -repitió.

Etiquetas:   Libros   ·   Recuerdos   ·   Odio

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