.01cm; font-size: 10pt;">Acabas de aprender que cualquiera
se ama más a sí mismo que al vecino; unos con motivo, otros por
lucro, dado que a éstos no los ama su padre a causa de su
matrimonio.
Eurípides,
Medea.
No
creo que en la soledad, como venía observando de un tiempo a esta
parte, se piensen o se sueñen cosas más extrañas, inverosímiles o
deprimentes que estando en compañía. Sucede, tal vez, que, solos,
prestamos más atención a nuestros propios pensamientos, a los
sueños y a las imágenes que nos presenta la mente. La soledad, a
veces, actúa como una especie de amplificador de cosas,
conversaciones, perfumes, sensaciones, etc, aparentemente olvidadas.
El amplificador de vez en cuando, como una sonda, llega tan lejos que
hasta permite que surjan voces que se creían olvidadas. Este
pensamiento, como me venía ocurriendo últimamente, me despertó
recuerdos de mi pasada y lejana juventud. Oí viejas voces con la
nitidez de antaño. Aunque lleno, ahora, de melancolía.
-Siempre -le dije a doña Paquita
paseando una vez más por el amplio parque- he tenido complejo de
inferioridad. Siempre he creído que los demás eran mejores que yo,
o que sabían más que yo.
-He conocido a varias personas con
esos complejos. Y, desde luego, algunas eran terribles.
-¿Qué quiere decir?
-Que muchas veces esos complejos
esconden tras de sí un fiero orgullo. En cuanto ustedes están
seguros de algo, se convierten en todo lo contrario: en seres
superiores que miran a los demás por encima del hombro. Tres cuartos
de lo mismo sucede con los tímidos ¿Es así o no? -me preguntó
sonriendo.
-Tal vez. Es posible. Digamos que a
mí me irrita quien alardea de conocimientos, y no sabe ni donde
tiene la mano derecha.
-Todos tenemos derecho a
equivocarnos.
-Sí, pero no a hacer altares con
nuestra ignorancia. Sí, ya lo sé -le dije adelantándome- en el
fondo nadie sabe nada. Somos todos unos palurdos ignorantes.
-Tampoco conviene exagerar. O si
quiere, si todos somos unos palurdos, podemos decir que, como
siempre, unos lo son más que otros.
-No sé porqué, hace ya varias
semanas -dije sin tener en cuenta sus observaciones-, quizás debido
al encierro de estos últimos días, o a qué, clarísimamente me
estoy haciendo muy mayor, no hago sino acordarme, día y noche, de
cosas de mi lejana juventud.
-¡Ay! ¿Verdad que la memoria a
veces es un verdadero tormento?
-Sí, parece que sí. Y no existe el
país de los comedores de loto. Qué felicidad: tomarse un brebaje y
olvidarse de todo, no sufrir, volver a reír con inocencia y
candor... La memoria, sí, un castigo de los dioses. Y más en mi
caso: no hago más que recordar las horas y horas de estudio que me
costaba todo. Y las malas notas que sacaba luego en los exámenes.
-Vaya, es usted una caja de
sorpresas.
-Últimamente, no sé a santo de
qué, me he acordado de una traducción de latín que hice de
joven... Me costó horrores encajar una veintena de palabras
seguidas; pero lo poco que pude entender, a través de mi horrible
traducción, me gustó tanto que recogí dinero para comprarme algún
libro, algo, donde estuviera la historia de aquella terrible mujer.
Me fascinó.
-¿Y quién era ella?, si se puede
saber.
-Medea. Era Medea.
-¡Ah, el problema del mal! -exclamó
doña Paquita con entusiasmo, como dando a entender que ya dominaba
mis tópicos filosóficos.
-Sí, el problema del mal- asentí-.
Entonces me fascinó. ¿Cree usted que existe el mal? A mí en
aquella época me preocupó mucho hallar una respuesta a esta
pregunta.
-Yo más bien creo que existe la
necedad. Una enorme necedad. Sí, hay mucha necedad en el mundo.
Muchísima.
-Por lo que yo sé la necedad no
hace sangre... Creo recordar que el necio es aquel que hace daño a
un tercero sin obtener ningún beneficio a cambio. Tal vez la maldad
sea lo mismo, pero manchándose las manos de sangre.
-¿Usted cree que la maldad obtiene
algún beneficio?
-No lo sé. Sé que Medea, tal vez
la mala por antonomasia, se salva tras cometer todos sus crímenes,
en tanto que Jasón, su antiguo amante, muere aplastado por la nave
Argos, aquella nave que lo había llevado al país de Medea.
-Está juzgando usted la muerte como
un castigo, y la vida como un premio. ¿Y está seguro de que es así?
Yo creo que la vida de Jasón estaba ceñida a la nave Argos, y
terminada la misión que debía llevar a cabo con esta, ya no tiene
nada que hacer en la vida. Su muerte es una muerte simbólica.
-No estoy de acuerdo con usted. Yo
creo que la muerte de Jasón es una muerte bien cierta. Derivada de
la traición a Medea, a quien abandona para casarse con otra. Y
tampoco me parece correcto lo que dice. Igualmente podíamos decir
que el destino de Medea era hacer daño por Jasón y a Jasón; y
muerto este tampoco ella tenía nada que hacer. Debería haber
muerto. Y sin embargo, se va a vivir a Atenas. ¡Nada menos que a
Atenas! Y a engendrar hijos con un rey.
-Sí, ya lo sé, la salva su
pariente el sol. Le brinda un carro tirado por dragones alados a fin
de que huya de la ciudad que ha sembrado de cadáveres.
-Y ella lo acepta. Como aceptó
Jasón, antes, que matara a su hermano para evitar caer en manos del
rey Aeetes, el padre de ella... Siempre me ha puesto los pelos de
punta el pasaje en el que Medea decide que maten a su hermano y que
arrojen su troceado cuerpo al mar. De esta forma su padre, que los
persigue para castigarla a ella, y para recuperar el Vellocino de
Oro, se verá obligado a detenerse, y a recoger los esparcidos
miembros de su hijo a fin de darles sepultura. Jasón y Medea podrán
así escapar.
-Sí, hace falta tener valor para
hacer semejante cosa, sacrificar a un inocente. Pero era la vida de
él o la de ellos. ¿Qué hubiera hecho usted en un caso similar,
dejarse coger?
-No lo sé. Es muy fácil ser bueno
estando lejos de tan terribles situaciones. No lo sé. Medea sí que
sabía, por el contrario, que aquella sociedad era una sociedad
terrible, muy violenta; y que nada bueno le esperaba pese, o por ello
mismo, a ser su padre el juez y tal vez el verdugo de su causa.
-Quién sabe cómo actúa uno en
situaciones desesperadas, ¿verdad?
-Sí, podríamos justificar a Medea,
si usted quiere, si ahí se terminara la historia; pero continua. Y
con ella aumenta la maldad de esta mujer.
-No
es por darle un toque feminista a la historia, nada más lejos de mi
imaginación; pero no olvide al bueno de Jasón. Podía, por ejemplo,
haber impedido la muerte del hermano de Medea. Y, desde luego, podía
haber elegido serle fiel a ella, recordar sus favores, y no tratar de
abandonarla por otra. ¡Y valientes justificaciones se busca! Siempre
he considerado pura demagogia, o demagogía, como quería don Miguel
de Unamuno, las palabras de Jasón para justificar su divorcio y su
nuevo matrimonio.
-Es ese un tema que casi siempre se
toca de soslayo en la mitología. Me refiero al olvido de las buenas
obras. Sí, Jasón olvida los favores de su mujer, el ungüento,
fabricado por Medea, que lo protege de los toros que tiran fuego por
las narices, y con los que tiene que arar un campo; olvida el veneno
con el que Medea mata al dragón para que él se haga con el
Vellocino... pero recuerda, cuando le interesa, que ella asesinó a
su hermano.
-Jasón,
por lo tanto, y usted lo acaba de reconocer, no está libre de culpa.
Si estuviera aquí Sancho Panza le diría que dos
que se acuestan en el mismo colchón se vuelven de la misma
condición. Al
menos, a veces -añadió tras permanecer pensativa unas décimas de
segundo.
-No
obstante, no conviene olvidar que hay un crimen que, y lo siento
mucho, siempre me produce risa, en el que no participa Jasón.
-Ya -me dijo doña Paquita
sonriendo- me imagino que se refiere a cuando convence a las hijas
del rey Pelias para que maten a su padre, y lo echen en un caldero de
donde resurgirá joven y vigoroso.
-Sí, a eso me refiero. Y ahí se
plantea otro problema: existe la maldad porque existe la necedad...
¿A quién se le ocurre creer que matando a un hombre va a resurgir
este como un jovenzuelo? ¿No piensan las necias hijas del rey que de
ser así no hubiera muerto nunca nadie?
-Bueno, ese engaño funciona como
todos los engaños: entre bobos anda el juego. Aunque las hijas del
rey Pelias más bien pecan de bobaliconas. Ahora bien, no olvide que
Medea ha hecho ese “milagro” con un cordero. Y las pobres
infantas se lo han tragado...
-Sí,
ese es el pasaje que siempre me ha producido risa. Además, el
narrador no justifica nada de cuando sucede. Medea mata un carnero,
lo echa en un trípode, lo cuece con unas hierbas que lleva consigo,
y surge del caldero un corderillo retozón, casi acabado de nacer. El
narrador cuenta las cosas como se le ocurren, y ya está. Tal vez
porque no hay justificación ni para el bien ni para el mal. Tal vez
Jasón y Medea, aceptemos también la culpabilidad de aquel, ya eran
malos anteriormente; quiero decir antes de conocerse. Y eso nos lleva
al verdadero problema: ¿existe el mal?, ¿se genera este de alguna
forma determinada? Y por fin, ¿se puede evitar?
-Yo siempre he pensado que sí.
Creía que a través de la escuela, de una buen educación, se podría
acabar con ese problema. No se puede imaginar el gozo que me
producía, por ejemplo, leer todas las esperanzas que don Benito
Pérez Galdós tenía depositas en las escuelas... Le podría poner
tantos ejemplos...
-Pese
a don Benito, yo creo que la violencia no se puede evitar. Me parece
recordar que en un libro de Ortega Gasset se dice que siempre habrá
asesinos entre nosotros. Es cierto: por muchas escuelas que abramos,
por muchas universidades que tengamos, siempre habrá maleantes y
asesinos. ¿Sabe? -le pregunté deteniéndome frente a ella-. Esta
historia de Jasón y Medea me recuerda a otra, real, que sucedió
hace años en Estados Unidos: la contada por Truman Capote en A
sangre fría...
Creo recordar que en algún momento de la novela se dice que si los
dos asesinos no hubieran coincidido, nada de cuanto sucedió hubiese
pasado. Por separado hubiesen sido incapaces de asesinar a nadie. La
maldad surgió al estar en contacto los dos.
-Es posible que sea así. Sí, Medea
sin Jasón hubiese sido una princesa del montón. Y con respecto a lo
otro, no le falta razón: en todas las épocas, desde que el mundo es
mundo, ha habido, y hay, guerras, conflictos, corrupción,
asesinatos, masacres...
-Eso
es lo terrible, efectivamente. Al fin y al cabo una guerra es un
asesinato a gran escala. Personas inocentes, y buenas en la mayoría
de los casos, se ven obligadas a matar a otras personas con las que,
probablemente, tengan muchas cosas en común. Y nadie se niega a
disparar: prefieren antes convertirse en asesinos que en cadáveres.
-Al hombre no se le puede exigir
mucho. Es un ser temeroso por naturaleza, aunque muchas veces temores
y miedos son muy interesados. Y terminan, como decía antes de los
tímidos, en explosiones de audacia, en matanzas... Y la escuela ya
no sirve para nada. Por desgracia es así.
-Todo en esta vida es interesado,
querida señora. Unos por omisión y otros por comisión, nadie es
inocente en este valle de lágrimas.
-Es posible que no tengamos remedio.
-Somos así. Y ahí está la
explicación de todo. No hay más explicación. Mire, hace muchos
años, a mí las películas de terror me producían pánico. Sólo
olvidaba el terror cuando llegaba la luz del día. Hasta que una vez
fui a ver una película de miedo en la que todo sucedía a la luz del
sol... Me puso los pelos de punta. Y el terror en este caso ya no
venía motivado por un muerto viviente, irreal o metafórico, sino
por un ser malvado. Y era malvado porque sí. Y no necesitaba la
noche para actuar.
-Volviendo a la historia que a usted
le causa risa, la de las hijas del rey Pelias ante las que Medea
resucita un cordero, yo creo que es ahí donde reside gran parte de
la grandeza del mito: cuenta pero no explica, no justifica... Hace
años estuve hablando con un amigo sobre Satanás, Satán, el
Demonio, o como quiera usted llamarlo. Le dije que no me creía esas
patrañas. No trató de convencerme: sencillamente me dijo que la
maldad, que el Mal, existía en el mundo. No supo explicarme porqué.
Me pareció un poco absurdo todo.
-Quizás porque usted necesitaba
racionalizarlo. Y ese ha sido el gran error: no hay nada que
racionalizar. La última venganza de Medea es terrible: mata a sus
propios hijos para herir, así, a Jasón... ¿Sabe usted cuántas
veces se repite en la mitología griega eso del asesinato de los
hijos?
-No me acuerdo; pero muchas, desde
luego. Además, y por si el asesinato de un niño ya de por sí no
fuera suficientemente terrible, encima se los sirven a sus padres
como carne en un banquete. Procne es una de ellas, si no recuerdo
mal... Es una historia que siempre me ha producido un agudo malestar.
¿Cómo puede hacer semejante cosa una madre?
-Esa misma historia la estamos
reviviendo ahora. Me lo ha recordado usted al contar la conversación
con su amigo sobre Satán. La otra tarde estuve viendo la televisión
un ratito. Estaban hablando sobre el juicio a un padre por el
asesinato de sus dos hijos, de seis y dos años. Y contaba el
periodista que los psicólogos, los psiquiatras, y todo el mundo,
coincidía en que dicho padre no estaba mal de la cabeza.
Sencillamente, dijo el periodista, existe el Mal. Lo estamos viendo
en el banquillo de los acusados. En estado puro. Al parecer ha matado
a los niños para vengarse de la madre de ellos por haberse
divorciado de él.
-Sí, me he enterado del caso. Es
lamentable. Muy triste. Pero tiene razón usted. Parece que estamos
en épocas pretéritas. Y lo malo es que no hay nada que explique
esto. Sí, vale... la Maldad.
-Es
posible que exista. Y además en estado puro. Hay una película que
lo explica bastante bien, Asesinato
en 16 milímetros se
titula. Es una película sobre historias sórdidas, también con
niños por el medio... Lo interesante es cuando el protagonista se
enfrenta con el asesino, con el bestia. Este, si no me falla la
memoria, se ríe un poco del otro preguntándole si esperaba
encontrarse con un monstruo, con alguien a quien su madre no quería,
o al que abandonó de pequeño. No, él no obedece a esos tópicos.
Es, aparentemente, una persona normal y corriente; pero capaz de
violar a una niña y de matarla...
-Es terrible que pasen estas cosas.
-Sí.
Es terrible. Y es una pena que a usted no le interese mucho el cine.
Hay una película, actual, que derriba todo el mito de las escuelas y
de las universidades. Perdone mi acento, pero es que yo no sé
inglés. Se titula Funny
games, de
Michael Haneke.
Dos
universitarios, jóvenes ricos e interesantes, se dedican a matar a
familias enteras para divertirse. Es terrible la última escena:
llevan a la madre atada con cinta autoadhesiva en una barca, por un
lago. Los dos jóvenes van hablando entre ellos. El lunes, si no
recuerdo mal, tienen que entregar un trabajo sobre Sócrates... y
diciendo esto, y hablando de ética y de filosofía, la arrojan al
agua dejando que se ahogue. Antes han matado a su marido y a su hijo.
Y a otra familia...
-Me deja usted sin palabras.
-Sí, esto es lo terrible de estas
situaciones: que lo dejan a uno sin palabras. O con ganas de ser
creyente para dirigirse a alguien, que ese alguien nos escuche, y
rogarle que nos mantenga lejos de los asesinos, de los políticos
corruptos y de la guerra.
-Antes hemos hablado usted y yo del
castigo de la memoria porque siempre nos presenta cosas negativas, o
que nos duelen... ¿Se acuerda usted de cuando éramos niños y
creíamos en los Reyes Magos?
-¡Cómo olvidar la niñez! A veces,
hasta en medio de la miseria, es la mejor etapa de la vida.
-Pero todo es relativo en esta vida,
señor mío.
-¿También la maldad?
-Eso de que se mate a los niños...
Parece que llega un momento en que todo pierde la razón de ser...
Doña Paquita, como le gustaba hacer
últimamente, se cogió de mi brazo y seguimos caminando en silencio.
-Todo pierde se razón de ser
-repitió.