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Poética de la añoranza


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21/02/2011


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Calle de piedras es un mosaico de experiencias que se extiende en la raigambre de un pueblo, de muchos pueblos que son traídos por el recuerdo que plasma César Gedler en estas páginas. La realidad de los personajes y su entorno está entreverada con el sueño, con la dimensión inefable de la nostalgia, y cohabita con el espíritu urbano que poco a poco va transformando la ciudad. Con una prosa exquisita, César Gedler nos entrega un retrato del espíritu mundano que desata el nudo donde permanecen los sueños del imaginario, ese espacio en el que convive la intensidad de un pueblo con sus costumbres.


Cuando se habla de tradición, tendemos a imaginarnos una serie de anécdotas pueblerinas, historias de próceres y un repertorio de supersticiones que se cuentan con voz monótona y cuya única finalidad es la de educar, pero esto no es así en el caso de César Gedler. Este cultor del espíritu ha sabido darle su verdadera dimensión a los gestos olvidados, a esas voces que atraviesan los tiempos para expresar su propia soledad, como lo hace Andrés Ramón. La riqueza del estilo de César Gedler radica en su enorme capacidad para insuflar una nueva belleza a ese camino empedrado, con lo tradicional. El autor deja rendijas por donde se cuela la incertidumbre que descubre la falta de fe en el mundo y su orden establecido, en las personas y en la propia palabra que brota para luego perecer inexorablemente.

La semblanza escritural presenta de forma recurrente la exploración del yo interior en relación con el mundo exterior. A mi juicio, estos cuentos constituyen un retrato en clave existencialista y, esa clave es precisamente el hilo conductor que siguen sus personajes. En El armenio, por ejemplo, se adivina a un ser que deambula por un laberinto fantasmal, en este caso Suramérica. Las noches de El armenio son anónimas, se van evaporando en el vagabundear por plazas y calles que se transforman en un mundo, el que le ha tocado en suerte vivir, ya sea llevado por sueños premonitorios o por el sino que se encarga de arrastrarlo por meandros de los que no puede escapar.

El viejo de El cruce y Kairos, son seres que se desplazan sin enmascararse con poses hipócritas, seres que no decoran la existencia con sonrisas artificiales y palabras floridas. Kairos, el viejo de El cruce, El armenio, el narrador de El velorio o ese hombre que nos habla desde El presentimiento, son vencedores de sus propios miedos, a pesar del aura pesimista que se advierte en una primera lectura. No obstante, ese lienzo de pesimismo aparente reviste el tuétano donde los elementos expresivos demuestran cómo esos personajes han logrado matar al dragón personal, conocen el Hades y se desenvuelven  existencialmente con la conciencia de estar sobre una conjetura, donde todo puede, o no, ocurrir. Quizá esa es la razón por la que ellos no temen otras cárceles que llamadas “mañana”, “futuro”, “hora”, o cualquiera de esas otras dimensiones que acatamos sin darnos cuenta. Los personajes que Gedler nos presenta en Calle de piedras, siguen librando batallas en escenarios que transitan tan sólo un momento para luego aparecer en otro.

En cada cuento nacido en una Calle de piedras, se percibe el forcejeo con las obsesiones, éstas aparecen separadas por una frágil línea que a veces se desdibuja ante la mirada estupefacta del lector. Las pasiones, los sueños, las añoranzas de los personajes entablan un diálogo con el narrador que, al igual que un alquimista, fragua esas palabras para ofrecernos una visión frondosa, y al mismo tiempo impecable, de esos recuerdos manoseados por el tiempo. Quince cuentos descansan en la memoria penumbrosa colmada de recovecos anónimos, pegada a seres que emplazan su aliento en un monte abandonado, o en un bar de mala muerte.

Los elementos expresivos en Calle de piedras, desencadenan la búsqueda del mundo interno, los personajes se lanzan tras él para, finalmente, contemplarlo como un Odiseo que ha regresado a su Ítaca después de una larga travesía. César Gedler nos deja este retablo lleno de figuras que hienden la fina cáscara de la rutina y miran sin miedo dentro de su propio abismo. Ellos buscan la respuesta esencial del individuo, esa que subyace dentro de cada uno de nosotros.

 

Lesbia Quintero




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Lesbia Quintero, Letras ¡Gracias Melina!


Melina Jaureguizahar Serra, Educación Muy buena columna Lesbia. Felicidades!




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