. La realidad de los personajes y su entorno está entreverada con el
sueño, con la dimensión inefable de la nostalgia, y cohabita con el espíritu
urbano que poco a poco va transformando la ciudad. Con una prosa exquisita,
César Gedler nos entrega un retrato del espíritu mundano que desata el nudo
donde permanecen los sueños del imaginario, ese espacio en el que convive la
intensidad de un pueblo con sus costumbres.
Cuando
se habla de tradición, tendemos a imaginarnos una serie de anécdotas
pueblerinas, historias de próceres y un repertorio de supersticiones que se
cuentan con voz monótona y cuya única finalidad es la de educar, pero esto no
es así en el caso de César Gedler. Este cultor del espíritu ha sabido darle su
verdadera dimensión a los gestos olvidados, a esas voces que atraviesan los
tiempos para expresar su propia soledad, como lo hace Andrés Ramón. La riqueza
del estilo de César Gedler radica en su enorme capacidad para insuflar una nueva
belleza a ese camino empedrado, con lo tradicional. El autor deja rendijas por
donde se cuela la incertidumbre que descubre la falta de fe en el mundo y su
orden establecido, en las personas y en la propia palabra que brota para luego perecer
inexorablemente.
La
semblanza escritural presenta de forma recurrente la exploración del yo
interior en relación con el mundo exterior. A mi juicio, estos cuentos
constituyen un retrato en clave existencialista y, esa clave es precisamente el
hilo conductor que siguen sus personajes. En El armenio, por ejemplo, se
adivina a un ser que deambula por un laberinto fantasmal, en este caso Suramérica.
Las noches de El armenio son anónimas, se van evaporando en el vagabundear por
plazas y calles que se transforman en un mundo, el que le ha tocado en suerte
vivir, ya sea llevado por sueños premonitorios o por el sino que se encarga de
arrastrarlo por meandros de los que no puede escapar.
El
viejo de El cruce y Kairos, son seres que se desplazan sin enmascararse con
poses hipócritas, seres que no decoran la existencia con sonrisas artificiales
y palabras floridas. Kairos, el viejo de El cruce, El armenio, el narrador de
El velorio o ese hombre que nos habla desde El presentimiento, son vencedores
de sus propios miedos, a pesar del aura pesimista que se advierte en una
primera lectura. No obstante, ese lienzo de pesimismo aparente reviste el
tuétano donde los elementos expresivos demuestran cómo esos personajes han
logrado matar al dragón personal, conocen el Hades y se desenvuelven existencialmente con la conciencia de estar
sobre una conjetura, donde todo puede, o no, ocurrir. Quizá esa es la razón por
la que ellos no temen otras cárceles que llamadas “mañana”, “futuro”, “hora”, o
cualquiera de esas otras dimensiones que acatamos sin darnos cuenta. Los
personajes que Gedler nos presenta en Calle
de piedras, siguen librando batallas en escenarios que transitan tan sólo un
momento para luego aparecer en otro.
En
cada cuento nacido en una Calle de piedras,
se percibe el forcejeo con las obsesiones, éstas aparecen separadas por una frágil
línea que a veces se desdibuja ante la mirada estupefacta del lector. Las
pasiones, los sueños, las añoranzas de los personajes entablan un diálogo con
el narrador que, al igual que un alquimista, fragua esas palabras para ofrecernos
una visión frondosa, y al mismo tiempo impecable, de esos recuerdos manoseados
por el tiempo. Quince cuentos descansan en la memoria penumbrosa colmada de recovecos
anónimos, pegada a seres que emplazan su aliento en un monte abandonado, o en
un bar de mala muerte.
Los
elementos expresivos en Calle de piedras,
desencadenan la búsqueda del mundo interno, los personajes se lanzan tras él para,
finalmente, contemplarlo como un Odiseo que ha regresado a su Ítaca después de
una larga travesía. César Gedler nos deja este retablo lleno de figuras que hienden
la fina cáscara de la rutina y miran sin miedo dentro de su propio abismo. Ellos
buscan la respuesta esencial del individuo, esa que subyace dentro de cada uno
de nosotros.
Lesbia Quintero