Borges y yo

No refiere el título de esta nota a la concisa prosa en la que Jorge Luis Borges toma distancia de sí mismo y se mira de lejos como para resguardarse y excusarse del siempre engorroso Yo: “…de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico” (“Borges y yo”. El Hacedor, 1960).

 

. El Hacedor, 1960).
Es este un presumible relato del único encuentro de cuerpo presente del humilde firmante de estas líneas (o sea, yo) y el gran maestro argentino, Borges. Fue aquí, en Caracas.

Cuento con un escueto racimo de amigos y conocidos que se han hecho de alguna improbable velada junto al Homero suramericano. Lo mío, más que un encuentro, fue un atisbo, arrinconado e invisible, que es condición preferida del testigo.

Rescato del marasmo memorioso una noche en el Hotel Caracas Hilton. Junto a mi amigo Karl Krispin, asistía a una ceremonia académica con ponentes de lujo, organizada por la Fundación Civitas y el Instituto Goethe. Corría uno de los años iniciales de la atolondrada década de los 80. Mi amigo y yo unos mozalbetes casi impresentables ansiosos de ver y oír al creador del Aleph.

Era la circunstancia en que el entonces rector de la Universidad Simón Bolívar Ernesto Mayz Vallenilla leía una ponencia sobre Leibniz , y tan respetable académico hubo de callar cuando cuerpos y aplausos de los presentes se levantaron irreprimiblemente al unísono: por el medio del salón, como sobre alfombra roja o bajo la bóveda de un templo pagano avanzaba la pareja: Borges y su inseparable María Kodama.

Con todo y la emoción que sentía de ver al grande en persona, me permití más bien voltear hacia el desairado conferencista, que humilde, si no caballeroso, ya recogía los papeles de su lectura.

Mayz Vallenilla no resistió a ceder el podio al ilustrísimo visitante, ese que el Yo de Borges tal vez habría impugnado, aquel o ese “…otro que comparte sus preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor”. El mismo Borges que su Yo o el Otro reprochara “su perversa costumbre de falsear o exagerar”

Subió el bien amado ciego al podio de la mano de su pertinaz compañera, tenaz y silencioso lazarillo japonés que no lo desamparaba.

Mi amigo y yo, lo vimos alelados. Lo escuchamos hablar consigo mismo, la mirada perdida en las ruinas circulares de su memoria, en la ceguera del recuerdo y la adivinanza.

Habló de lo que quiso y fue demasiado para los que lo oímos. Pidió cortésmente le hicieran preguntas que no respondió.

Lo vimos y no quisimos dar un paso adelante, un solo movimiento que infringiera la devoción, la admiración definitiva y sin reservas, la negación a ver en un grande hombre, uno exacto a nosotros, y además viejo e inválido.

En días recientes, Krispin y yo recordamos esa noche y él trajo a colación que habría una aprensión de Borges parecida a la nuestra.

Cierta vez, el creador de la colección editorial Biblioteca de Babilonia, invitó a Buenos Aires a su admiradísimo G.K. Chesterton. El inglés, luego de si pero no, fue definitivo al declinar la invitación y no honrar el viaje a la capital argentina.

Borges, al parecer, lo prefirió así. Pensó, quién sabe si Borges, Yo o el otro, que no habría sido propicio el encuentro con el que consideraba uno de sus mayores maestros. Que probablemente cambiaría de parecer, que lo habría visto como un hombre más, uno como él o desmejorado. Y prefirió Borges mantener la admiración por Chesterton intacta, al buen cuido de la distancia en el horizonte inalcanzable.

UNETE



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